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“Local capacity in humanitarian response: Vision or mirage?”

Casi todas las evaluaciones que se han hecho a grandes respuestas humanitarias, desde el conflicto de los Grandes Lagos Africanos en los años 90 hasta el terremoto de Haiti 2010, destacan como debilidad el poco espacio que se deja para tomar decisiones a las comunidades que sufren el desastre. Una tras otra, las evaluaciones nos repiten lo mismo, insistiendo en que la comunidad y las autoridades locales no han participado suficientemente en la dirección de las actividades que se realizan para su propia ayuda. En algunas ocasiones se alude que el desastre ha superado las capacidades locales, en otras simplemente se afirma que esas capacidades locales no han existido nunca. El caso, es que casi medio siglo después de la explosión global de las respuestas humanitarias propugnadas por Occidente en países del Sur, seguimos viviendo ese círculo vicioso donde las respuestas humanitarias no crean capacidades en los países receptores de ayuda para que puedan tener un rol de dirección en la siguiente emergencia.

El presente artículo hace un repaso al proceso histórico e ideológico que ha generado este «circulo vicioso» de incapacidad humanitaria. El problema está identificado y reconocido desde hace tiempo tal y como observamos en las evaluaciones, desde los años 90. Incluso se ha incluido en los códigos éticos y los manuales prácticos como el Código Ético de la Cruz Roja y el Manual Esfera. Incluso se han creado iniciativas de transparencia y de rendición de cuentas hacia los receptores de la ayuda como el proyecto HAPI. A pesar todo, poco ha cambiado y las respuestas humanitarias siguen siendo dirigidas por los salvadores extranjeros que llegan tras el desastre.

Michael Delaney y Jacobo Ocharan proponen dos grandes causas que perpetuán esta situación. Por un lado, la propia constitución de todo el sistema de financiación humanitario donde el efecto CNN sigue siendo el principal elemento para tomar decisiones de qué emergencias se financias y cuáles no. Bajo este contexto, es muy difícil y poco «sexy» financiar la capacitación de actores en el Sur antes de que se produzca la respuesta. El segundo factor se centra en la visión occidental que sigue predominando en la «industria» humanitaria. Una visión a veces de mentalidad colonialista y, cuanto menos, paternalista que sigue poniendo a las personas del Sur como seres desamparados a la espera de un desastre.

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