Día Internacional para la Reducción del Riesgo de Desastres: la resiliencia empieza en casa, pero es una responsabilidad colectiva

A apenas unos días de cumplirse dos años de la devastadora DANA que afectó a Valencia y otras localidades de la Comunidad Valenciana, hoy, 13 de octubre de 2026, se conmemora el Día Internacional para la Reducción del Riesgo de Desastres con el lema «La resiliencia empieza en casa». Este año, Naciones Unidas pone el foco en un derecho que ocupa un lugar central en el debate público: la vivienda.
Nuestros hogares, vistos desde la perspectiva de la gestión del riesgo de desastres, pueden ser espacios que garanticen nuestra protección o, por el contrario, como se puso de manifiesto en Valencia, convertirse en una trampa. Son múltiples en todo el mundo los ejemplos de estas situaciones que, aunque responden a factores diferentes, comparten una misma consecuencia: el riesgo para las personas que los habitan.
En Valencia, las edificaciones situadas en zonas inundables pusieron en grave riesgo a muchas personas, una situación de exposición que sigue planteando importantes desafíos. En Italia, el terremoto de 2016 en la región de Amatrice puso en evidencia la debilidad estructural de numerosas viviendas, en parte debido a la antigüedad de las edificaciones, el uso de técnicas constructivas poco resistentes a los movimientos sísmicos y la corrupción. Dos ejemplos, todavía más devastadores, fueron los terremotos de Turquía y Siria de 2023, que causaron más de 60.000 muertes y donde, además de otros factores, la calidad de las construcciones desempeñó un papel muy relevante. Y en todos estos casos hay responsabilidades en las políticas públicas que no legislaron, exigieron ni controlaron las normas urbanísticas o constructivas.
Estas son solo algunas muestras que nos ayudan a ser conscientes de que, aunque las amenazas sean diferentes, sus consecuencias están estrechamente relacionadas con decisiones adoptadas previamente: dónde se construye, cómo se construye, qué inversiones se realizan para mantener los edificios, cómo se controlan y qué capacidades tienen las instituciones y las comunidades para anticiparse y actuar.
Para ello, también debemos tener en cuenta que el riesgo no se distribuye de forma homogénea entre las personas que habitan un mismo territorio o incluso una misma vivienda. Las desigualdades económicas, sociales y de género condicionan tanto la exposición a las amenazas como las posibilidades de protegerse y recuperarse. Las mujeres suelen afrontar mayores dificultades para acceder a recursos económicos, disponer de una vivienda segura o participar en las decisiones sobre su ubicación y mantenimiento. Las responsabilidades de cuidados, que siguen recayendo de forma desproporcionada sobre ellas, pueden limitar sus posibilidades de evacuación durante una emergencia, especialmente cuando tienen a su cargo a niños y niñas, personas mayores o personas dependientes. Por lo tanto, al igual que ocurre en otros ámbitos, las desigualdades preexistentes incrementan los riesgos a los que se enfrentan las mujeres, pero al mismo tiempo, sus conocimientos del entorno, sus redes de apoyo y su participación en la organización comunitaria representan capacidades fundamentales para la prevención y preparación ante los desastres, tal y como ha quedado constatado en múltiples ocasiones.
Una relación de doble sentido
Los desastres asociados a amenazas naturales constituyen también una de las principales causas de desplazamiento interno en el mundo. A finales de 2025, 13,6 millones de personas se encontraban desplazadas internamente como consecuencia de desastres (IDMC, 2026). El abandono de los hogares suele ir acompañado de la pérdida de medios de vida y de la interrupción del acceso a servicios básicos. Pero esta relación es bidireccional. Las personas que ya se encuentran en situación de desplazamiento por lo general enfrentan una mayor vulnerabilidad ante futuros desastres. Con frecuencia, estas poblaciones residen en asentamientos informales, alojamientos temporales o zonas expuestas a amenazas naturales, con infraestructuras precarias y un acceso limitado a servicios básicos, información, sistemas de alerta temprana y mecanismos de protección. Un círculo vicioso del que es difícil escapar.
La resiliencia empieza en casa, pero no puede depender únicamente de los hogares
El lema de este año invita a reflexionar sobre la importancia de la preparación individual y comunitaria. Conocer las amenazas del entorno, contar con planes familiares de emergencia que se inserten en los planes locales, saber cómo actuar ante una alerta o identificar rutas de evacuación son medidas que pueden contribuir a salvar vidas. Sin embargo, no debemos caer en la trampa de trasladar la responsabilidad de la resiliencia exclusivamente a las personas que integran el hogar. El énfasis creciente en la denominada «autoprotección», a menudo reducida a recomendaciones individuales como disponer de un kit de emergencia, corre el riesgo de ofrecer una visión excesivamente simplificada de la reducción del riesgo de desastres y dejar en segundo plano las responsabilidades públicas.
Por tanto, la reducción del riesgo de desastres debe abordarse también como una cuestión de derechos y de desigualdad. Las posibilidades de protegerse no son iguales para todas las personas, familias, ni grupos sociales. Muchas personas no pueden elegir dónde vivir, financiar el refuerzo estructural de su vivienda o trasladarse a una zona más segura. Garantizar su seguridad requiere políticas de prevención, planificación territorial, infraestructuras resilientes y sistemas de alerta y respuesta eficaces.
Este 13 de octubre, el lema «La resiliencia empieza en casa» nos recuerda que la protección comienza en los lugares donde vivimos. Pero conseguir que cada hogar sea verdaderamente seguro requiere no solo preparación individual, sino que exige voluntad política, inversión pública, responsabilidad del sector privado y participación efectiva de las comunidades. La resiliencia no consiste únicamente en resistir el próximo desastre, sino en construir sociedades más seguras, inclusivas y preparadas para afrontarlo, porque recordemos que ni todas las personas disponen de un alojamiento seguro desde el que afrontar una emergencia, ni cuentan con los mismos recursos o capacidad de decisión para protegerse.
Desde nuestro Instituto llevamos años enfatizando desde las diferentes áreas trabajo la importancia de la RRD, tratando de impulsar esta agenda, tanto en el plano nacional como en el internacional, y aunque en muchas ocasiones la acogida sea menor de la que consideramos necesaria, seguiremos apostando por ello.
Compartimos algunos de los recursos e iniciativas que hemos llevado a cabo en este ámbito.
Formación
Informes
- La integración de la reducción del riesgo de desastres en la Agenda 2030
- La planificación basada en el riesgo en la cooperación española. Propuestas para el futuro
- La acción humanitaria en 2022-2023: la emergencia climática agudiza otras crisis
Artículos
- El riesgo de no tomar en serio los desastres
- ¿Por qué debemos hablar de riesgo y no solo de vulnerabilidad?
Jornadas y seminarios
