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Ayudar a ayudar: la confianza como punto de partida para la respuesta en Venezuela

Los terremotos que afectaron recientemente a Venezuela han despertado una enorme solidaridad. Basta ver cómo, en pocas horas, comenzaron a surgir campañas, iniciativas ciudadanas, ofrecimientos de apoyo y personas buscando la manera de contribuir desde distintos lugares del mundo. La velocidad con la que hoy circulan las imágenes, los testimonios y los llamados a la acción ha multiplicado la capacidad de movilización y, con ella, el deseo de que la ayuda llegue de la forma más directa posible a las personas afectadas.

Al mismo tiempo que las organizaciones humanitarias han puesto en marcha sus propios llamamientos, movilizando su experiencia y su capacidad operativa para atender las necesidades más urgentes, sin embargo, la desinformación, los antecedentes de respuestas que no siempre estuvieron a la altura de las expectativas, y el contexto venezolano, han contribuido a alimentar cierta desconfianza sobre la forma en que se gestionan los recursos, reforzando la percepción de que la ayuda solo será efectiva si llega de forma directa a las personas.

Esta intención, por sí sola, no garantiza que la ayuda llegue de la mejor manera posible. Requiere detenerse a pensar y tomar decisiones informadas sobre quiénes están en mejores condiciones para transformar esa solidaridad en una respuesta pertinente, coordinada y útil para las personas afectadas, porque ayudar también implica procurar que el remedio no termine siendo peor que la enfermedad.

Los terremotos ocurrieron en un país que ya enfrentaba una crisis humanitaria multidimensional, resultado de la interacción y superposición de factores políticos, económicos y sociales. En ese contexto, las organizaciones nacionales y locales fueron las primeras en responder al progresivo aumento de las necesidades humanitarias y, durante más de una década, enfrentaron el reto de hacerlo en un entorno marcado por limitaciones económicas, institucionales y operativas. Desarrollaron capacidades, construyeron relaciones de confianza con las comunidades  y con las organizaciones internacionales, aprendieron a adaptarse al contexto y consolidaron redes de colaboración que han sido activadas para responder, en medio de grandes limitaciones, apenas visibles y sujetas a esa desconfianza generalizada.   

Entonces, más allá de preguntarnos únicamente cómo ayudar, vale la pena preguntarnos cómo ayudar a ayudar y en quiénes confiar para hacerlo. Porque confiar en las organizaciones venezolanas es también reconocer el papel complementario que desempeñan las organizaciones humanitarias internacionales, desde sus propias capacidades y los aprendizajes de otras emergencias, para fortalecer una respuesta que parte del conocimiento, la experiencia y las relaciones que ya existen en el país. Esto aplica tanto para las iniciativas solidarias de personas particulares, gobiernos y empresas como, especialmente, para las organizaciones internacionales que hoy están llegando o ampliando su respuesta en el país, lo que también implica organizar la respuesta en coherencia con los compromisos que el propio sistema humanitario ha asumido en la última década.

En 2016, durante la Cumbre Humanitaria Mundial, las principales organizaciones humanitarias y donantes suscribieron el Gran Pacto (Grand Bargain), comprometiéndose, entre otras cosas, a fortalecer el papel de las organizaciones nacionales y locales, promover una participación más significativa en la toma de decisiones y avanzar hacia mecanismos de financiación más directos y equitativos. Ese compromiso dio lugar a la agenda de localización —paradójicamente, un calco del inglés localisation—, que desde entonces se ha consolidado como uno de los principales referentes para transformar la manera en que se concibe y organiza la acción humanitaria.

Hoy, en Venezuela, esos compromisos dejan de ser una aspiración para convertirse en una guía práctica sobre cómo organizar la respuesta. Sin embargo, con frecuencia, la conversación sobre localización termina reduciéndose al acceso directo a financiación. Sin duda, facilitar que las organizaciones nacionales y locales puedan gestionar fondos de manera más directa sigue siendo uno de los principales retos para avanzar en los compromisos del Gran Pacto. Las dificultades que enfrentan tanto los donantes como las organizaciones internacionales para hacerlo son reales, especialmente en el contexto venezolano, donde confluyen restricciones regulatorias, exigencias de cumplimiento, gestión del riesgo fiduciario y reputacional, y un entorno operativo complejo para las organizaciones venezolanas.

Pero la localización va mucho más allá de la financiación. Implica que las organizaciones nacionales y locales participen de manera significativa en las decisiones. Se trata de reconocerlas como socias estratégicas durante todas las fases de la respuesta, y no únicamente como ejecutoras de actividades previamente definidas o como receptoras de ayuda, aun cuando muchas de ellas y sus equipos formen parte también de las comunidades afectadas por la emergencia.

Por eso, la mejor forma de ayudar hoy a Venezuela pasa por confiar en quienes ya están respondiendo y construir la respuesta junto con quienes permanecerán en los territorios cuando la emergencia deje de ocupar los titulares. Significa llevar a la práctica los compromisos asumidos con las organizaciones nacionales y locales durante la última década y demostrar que pueden traducirse en una acción humanitaria de mayor calidad, más transparente y con mejores condiciones para acompañar la recuperación, contribuir a la gestión del riesgo y fortalecer la resiliencia de las comunidades.

En un momento en el que el sistema humanitario debate cómo responder con menos recursos frente a necesidades cada vez mayores, trabajar conjuntamente con las organizaciones venezolanas, representa una oportunidad y una responsabilidad para fortalecer la calidad de la respuesta en el país.

Ayudar a ayudar significa también confiar en quienes ya están respondiendo. Para las personas que desean solidarizarse con Venezuela, supone reconocer el trabajo de las organizaciones con experiencia y presencia en el país. Para las organizaciones humanitarias internacionales, supone actuar en coherencia con los compromisos asumidos, reconociendo a las organizaciones nacionales y locales como socias de la respuesta desde sus primeras etapas. Una de las formas más responsables de ayudar a las personas afectadas es confiar en quienes llevan años respondiendo junto a las comunidades, haciendo posible una respuesta más coordinada, pertinente y de mayor calidad.

Estudio | Análisis del rol de los actores locales en la respuesta humanitaria en Venezuela

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