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Sudáfrica y los derechos civiles como horizonte de una nueva estrategia palestina

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Desde 1991, hemos sido testigos, con luz y taquígrafos, del Proceso de Oslo, la Hoja de Ruta y el actual Annapolis. Casi dos décadas de negociación, a todos lo niveles y con la participación de todos los actores implicados. Tres intentos -tan sucesivos e imbricados el uno con el otro, como fallidos- para llegar a la creación negociada de un Estado palestino viable y aceptado por sus ciudadanos. Dos décadas perdidas para la paz y la justicia.

Por Alberto Arce

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Desde 1991, hemos sido testigos, con luz y taquígrafos, del Proceso de Oslo, la Hoja de Ruta y el actual Annapolis. Casi dos décadas de negociación, a todos lo niveles y con la participación de todos los actores implicados. Tres intentos -tan sucesivos e imbricados el uno con el otro, como fallidos- para llegar a la creación negociada de un Estado palestino viable y aceptado por sus ciudadanos. Dos décadas perdidas para la paz y la justicia. Dos Intifadas. Miles de muertos. La securitización mundial acusando a los palestinos de terroristas y defendiendo el Muro como el mejor instrumento para la seguridad de Israel. La economía palestina, destrozada. La Franja de Gaza convertida en un campo de concentración al aire libre. En Cisjordania, ciudades como Qalquilya, encerradas totalmente por el Muro y con su alcalde preso en una cárcel israelí (al igual que la mitad de los ministros del gobierno palestino y varias decenas de diputados). Más de 500 puntos de control militar (y aumentando) que imposibilitan el movimiento de personas y bienes incluso dentro del territorio declarado “bajo control palestino”. Un ritmo de construcción de asentamientos en territorio ocupado que, según la organización pacifista israelí Peace Now, se ha multiplicado por 38 durante el año 2008 hasta devenir en una perversa “matriz de control” en palabras del también israelí Jeff Halper (1), que describe el hipotético Estado palestino como una serie de cantones, “bantustanes”, sin conexión física entre sí.

Ese negativo balance está llevando a los palestinos a plantearse una modificación de su estrategia. Si bien en el pasado la lucha armada permitió a algunos alcanzar sus objetivos (Argelia, por ejemplo), a medida que pasa el tiempo, y en el marco dominante de la “guerra contra el terror”, seguir empeñados en esa vía no sólo genera alienación de los apoyos extranjeros, por muy justa que pueda ser la causa que se defiende, sino que ni es útil ni ética. Durante los últimos 40 años, los palestinos han obtenido una serie de victorias que sólo han sido morales. Desde la objetividad, cualquier observador con una mínima perspectiva puede calificar la situación generada como el fracaso de la Autoridad Palestina, prácticamente inoperante en la actualidad, y la caída del mito de la estatalidad interina. Desde el punto de vista de la creación de un Estado y una estructura administrativa y de provisión de servicios, el incremento constante de la ayuda económica- más humanitaria y menos de desarrollo, necesidad obliga- que provee básicamente la UE y otros donantes, se califica cada vez más en Palestina como la mera “externalización económica de la ocupación”. Lo que se percibe es que se está gestionando la ocupación sin permitir avances políticos que le pongan fin, perpetuando un proceso eterno sin resultados provechosos para un pueblo cada vez más alejado del desarrollo y la gestión de sus instituciones democráticas.

Mientras se mantiene este impasse político, se ha ido reforzando el debate sobre la necesidad de adoptar estrategias alternativas a la de la lucha por la liberación nacional en las fronteras de 1967, aparentemente ya fallida. Si es Israel quien impide las legítimas ansias de libertad del pueblo palestino, nada más útil que recoger aquello que los líderes israelíes considerarían como un auténtico desastre para tratar de dilucidar el camino que parecen tomar los nuevos planteamientos estratégicos palestinos. El recién dimitido Ehud Olmert aseguraba, ya en 2003, que «cada vez hay menos palestinos interesados en una solución negociada con dos Estados. Están interesados en cambiar la lógica del conflicto, de un paradigma argelino a un paradigma sudafricano. De una lucha contra la ocupación -utilizando sus propios términos- a una lucha por la igualdad. Se trata, obviamente, de una lucha mucho más limpia, mucho más popular y, finalmente, mucho más poderosa. Para nosotros significaría el final del Estado judío…”(2). En noviembre de 2007, siendo ya Primer Ministro, reiteró sus declaraciones incidiendo en que “enfrentarnos a un movimiento de derechos civiles como el sudafricano terminaría con el Estado de Israel. Nuestros amigos en el exterior, nos darían inmediatamente la espalda, especialmente en Europa” (3).

Abraham Burg, ex presidente de la Knesset y de la Agencia Judía, se expresaba en mayo de este mismo año en la misma dirección cuando recordaba que “a lo largo de los años hemos mantenido la esperanza respecto a esa solución (dos Estados). Hace 30 años me consideraban un caballo de Troya e incluso un traidor (por defenderla). A día de hoy, esa es incluso la posición del Primer Ministro. Desgraciadamente, creo que las horas de la solución de los dos Estados ya son contadas. Avanzamos hacia un Estado único, de “señores” y “esclavos”, si Israel no es capaz de liberarse de los colonos que le mantienen prisionero” (4).

Por su parte, Ahmed Qureia, negociador principal de la Autoridad Palestina ha comenzado a utilizar también este argumento en público recientemente, ante el principio del fin de Annapolis, al sostener que «el liderazgo palestino ha trabajado para establecer un Estado palestino dentro de las fronteras de 1967. Si Israel continúa oponiéndose a esta realidad, la exigencia de los palestinos y su liderazgo será la de un Estado, un estado binacional”(5).

La nueva postura palestina viene marcada por la publicación del informe final del Palestine Strategy Group (6), grupo formado por intelectuales y activistas políticos que han contado con financiación de la Unión Europea y el apoyo del Grupo de investigación de Oxford. En la reciente presentación del mismo, uno de sus miembros, Sam Bahour, definió con claridad que “el proceso de paz sin fin, que ha creado una industria de la paz en Palestina, financiada por los contribuyentes de todo el planeta, no tiene la intención de alcanzar la paz con justicia, sino que parece dirigirse a fragmentar las aspiraciones palestinas en unidades con forma estatal, la antítesis de cualquier concepto de soberanía”(7).Según el mismo informe, la base de esta afirmación radica en que “exigiendo un Estado sobre el 22% de la Palestina histórica, lo que supone menos del 50% otorgado por el Plan de Partición de las Naciones Unidas en 1947, los palestinos ya han hecho una concesión sin precedentes. Si Israel no está dispuesto a aceptarlo, no hay nada más de lo que se pueda hablar”.

En esa misma línea el New York Times entiende que “incluso entre los palestinos más moderados, la creencia en una opción de dos Estados comienza a erosionarse.[…].comienzan a avisar de que apostarán por una solución basada en un único Estado con una lucha a largo plazo por la igualdad de derechos dentro del Estado de Israel. Una lucha comparable a la que se desarrolló en Sudáfrica” (8).

1 Jeff Halper es el director del Comité Israelí contra la Demolición de Hogares Palestinos (ICAHD). Fue nominado al Premio Nobel de la Paz en 2006.
2 Ehud Olmert en entrevista al diario Haaretz el 13 de noviembre de 2003.
3 The Guardian, 30 de noviembre de 2007.
4 Entrevista de Regis Debray a Abraham Burg. Le Nouvel Observateur. Mayo de 2008.
5 Haaretz. 11 de agosto de 2008.
6www.palestinestrategygroup.ps
7 “La coexistencia bajo ocupación no es una alternativa”: Sam Bahour, electronic intifada, 5 de septiembre de 2008.
8 New York Times, 3 de septiembre de 2008, “Disminuye el apoyo a la solución de los dos Estados”.

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