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La doctrina “Donroe” sacude a Venezuela y continúa erosionando el orden internacional vigente 

Military Material

Tras meses de tensiones y el avance militar de Estados Unidos en el Caribe, el 3 de enero se ejecutó finalmente una acción militar ilegal que incluyó el bombardeo de objetivos militares y la extracción de Nicolás Maduro hacia Estados Unidos. Maduro será juzgado ante la justicia estadounidense por cargos vinculados al narcoterrorismo y delitos contra los intereses de Estados Unidos, sin que exista intención de que responda por los crímenes de lesa humanidad investigados por la Corte Penal Internacional. Esta acción abre múltiples escenarios para el futuro de Venezuela y plantea implicaciones significativas para la estabilidad regional, la geopolítica global y el orden internacional vigente. 

Escenarios para Venezuela 

Las declaraciones tanto de Donald Trump como de Marco Rubio tras el ataque dejan más preguntas que respuestas. Trump ha dejado claro que su intención es dirigir Venezuela directamente, con el fin de neutralizar las supuestas amenazas a la seguridad de Estados Unidos y controlar y reestructurar la industria petrolera con la participación directa de las empresas estadounidenses. No ha hecho mención, hasta el momento, a planes para una transición democrática, sino que, por el contrario, apuesta por trabajar de la mano de Delcy Rodríguez (actual presidenta encargada) para sacar adelante sus planes. 

Esta postura pragmática golpea de manera directa las expectativas de quienes veían en este escenario una oportunidad para una pronta transición democrática, al reconocer que la defensa de los intereses estadounidenses requiere el control del aparato estatal venezolano permeado por el chavismo en todas las esferas del poder. En ese sentido, Trump ha encontrado inviable trabajar con la oposición liderada por María Corina Machado y Edmundo González. 

Por ende, el escenario ideal que plantea el gobierno de Trump es el de permitir que la estructura del chavismo siga operando bajo una fuerte influencia de Marco Rubio y Pete Hegseth y bajo la amenaza de nuevos ataques en caso de desobediencia. La idea es que las empresas estadounidenses puedan retomar el control de la industria petrolera venezolana, que perdieron con la llegada del chavismo, al tiempo que Washington busca erradicar la influencia que hasta la fecha han tenido China, Rusia, Irán y Cuba en la política y economía de este país. Con respecto al cambio de régimen, republicanos como el senador Tom Cotton han dejado ver que se baraja la posibilidad de buscar una transición negociada con Delcy Rodríguez y la oposición, especialmente porque Estados Unidos no reconoce la legitimidad del gobierno chavista, pero Marco Rubio ha insistido en que aún es muy temprano para hablar de esta posibilidad. 

En todo caso, la viabilidad de este esbozo de plan puede verse severamente afectada por una multitud de factores que pueden llevar a otros escenarios más problemáticos para el futuro próximo de Venezuela. Por un lado, incluso considerando que Delcy Rodríguez ya se ha pronunciado a favor de establecer relaciones armónicas con Estados Unidos, esto no es garantía de que se apegue completamente al ritmo que Trump quiera marcar. Ante una posible desobediencia, es difícil creer que un nuevo ataque estadounidense tendría la misma efectividad que el del 3 de enero, lo que implicaría que el nivel de los choques podría ser mayor, más prolongado y con consecuencias más severas sobre la población civil. 

Por otro, aunque tradicionalmente se ha asumido una fuerte unidad de mando dentro del chavismo, la caída de Maduro puede sacudir la estructura de poder del régimen y generar conflictos o rebeliones internas de gran envergadura. De no alinearse adecuadamente los incentivos para mantener la unidad ante este nuevo escenario, actores como Diosdado Cabello, gobernadores o altos y medios mandos de las Fuerzas Armadas podrían sublevarse para salvaguardar su poder político y los beneficios adquiridos luego de décadas de saqueo al Estado. Esto aumentaría el riesgo de una guerra civil cuyas consecuencias son difíciles de prever, pero, cuanto menos, llevarían a un alto grado de violencia con un impacto humanitario catastrófico para una población cuyas condiciones se han deteriorado alarmantemente en la última década. Sería previsible, asimismo, un aumento exacerbado del desplazamiento forzado hacia las fronteras con Colombia y Brasil, justo en un momento en el que las capacidades de la respuesta humanitaria regional se encuentran más limitadas. 

A esto se suma el hecho de que existen cientos de “colectivos”, bandas altamente armadas (se estima que hay más de seis millones de armas en manos de civiles), que han actuado como un brazo paramilitar del chavismo y que controlan tanto los mercados ilícitos como la vida diaria en los barrios de la mayoría de los estados del país. La escasa capacidad de inteligencia sobre estos colectivos y su integración orgánica en los barrios haría aún más probable una intervención intensiva y prolongada en el terreno, un tipo de despliegue para el que Estados Unidos carece tanto de preparación como de voluntad política, abriendo la puerta a una escalada de violencia de difícil control y con impactos severos sobre la población civil. 

Por último, es imposible ignorar el rol que pueden jugar las guerrillas colombianas con presencia en Venezuela. Actores como el ELN y la Segunda Marquetalia han establecido y aumentado su presencia en Venezuela en los últimos años, controlando economías ilícitas como la explotación ilegal de oro, el tráfico de armas y de drogas, entre otros. Hasta ahora, lo ha hecho con cierto grado de complacencia y permisividad del régimen en la medida en que han logrado alinear sus intereses, pero es de esperar una fuerte resistencia armada a cualquier cambio que amenace el control de estas guerrillas sobre sus negocios en territorio venezolano. La porosidad de la frontera colombo-venezolana podría llevar a que las confrontaciones tuviesen repercusiones en el lado colombiano, lo cual aumentaría el riesgo de un conflicto de carácter internacional. 

Por todo ello, aunque la caída de Maduro despierta ilusión en una población que ha sido víctima de la violación sistemática de sus derechos y que se ha desplazado fuera del país (en muchos casos en necesidad de protección internacional) es probable que la anhelada paz, o incluso la bonanza prometida por Trump a sus empresarios, aún no esté a la vuelta de la esquina.

La doctrina “Donroe” y el orden internacional 

Quedan pocas dudas sobre la forma en la que Donald Trump plantea su relación con América Latina, recreando patrones propios de hace dos siglos, cuando se formuló la Doctrina Monroe, hoy reinterpretada irónicamente como “Donroe” para aludir a su nombre. Su llegada al poder ha supuesto una ruptura con el enfoque de diálogo y colaboración que había orientado las relaciones con la región durante las últimas dos décadas, desembocando en una acción sin precedentes desde 1989, cuando Estados Unidos invadió Panamá para capturar al dictador Manuel Noriega. La ausencia de un esfuerzo por articular una mediación conjunta con socios regionales, desconociendo el rol que México, Brasil y Colombia habían intentado asumir recientemente, confirma que no aspira a establecer una relación cooperativa, sino de sumisión, orientada a contener el progresivo acercamiento de América Latina a China y a reinstalar una lógica de áreas de influencia claramente definidas.  

Venezuela es hasta ahora el ejemplo más severo del regreso de esta doctrina, pero se suma a la lista de ejemplos cada vez más preocupantes de interferencia en la política interna de los países de la región, incluyendo las elecciones recientes en Argentina. Trump incluso ha dejado abierta la posibilidad de llevar a cabo acciones similares contra los regímenes autoritarios en Nicaragua y en Cuba y, más alarmante aún, en México y Colombia, bajo la poco creíble justificación de la lucha contra el narcotráfico. Todo ello, en un año con elecciones presidenciales en Costa Rica, Perú, Colombia, Haití y Brasil, anuncia una mayor agresividad de la Casa Blanca para impulsar el giro a la derecha que la región está viviendo. Una apuesta que aumentará las tensiones en democracias que en la mayoría de los casos ya se encuentran en estado frágil, en momentos de alta polarización y con graves brechas de desigualdad y pobreza. 

Más allá de la región, esta pauta de comportamiento contribuye a acelerar la descomposición del ya frágil orden internacional, con un abierto desprecio por el sistema internacional basado en reglas. La ausencia de un esfuerzo serio por construir una narrativa internacionalmente creíble o por generar consensos con aliados estratégicos confirma, una vez más, el rechazo de esta administración al multilateralismo. Es así como no solo el destino de una nación soberana, sino también el andamiaje internacional vigente, han pasado al último plano con tal de satisfacer la agenda interna de Trump. No puede extrañar, en consecuencia, que China y Rusia se sientan aún más libres para actuar de modo similar. Al mismo tiempo, contribuye a rebajar los estándares para la asociación con Estados Unidos, al evidenciar que los compromisos con la democracia y los derechos humanos pierden peso frente a consideraciones estratégicas y a la búsqueda pragmática de nuevas formas de colaboración. En ese sentido, el mundo sigue yendo hacia la ley de la selva, en el que los débiles, ya sean los Estados o las poblaciones más desfavorecidas, son los que llevan las de perder. 

Las preguntas incómodas 

La reacción de la mayoría de los actores europeos ha sido similar a la observada frente a Israel: declaraciones centradas en el monitoreo de la situación y llamados genéricos al respeto del derecho internacional, sin señalar de forma explícita a la parte responsable de su vulneración. Una vez más, la excepción ha sido España, cuyo presidente ha condenado la intervención estadounidense y se ha coordinado con los gobiernos de Colombia, México, Chile, Brasil y Uruguay para rechazar las acciones militares de Estados Unidos y reiterar el llamado a una resolución pacífica de la crisis, condicionada al respeto de la soberanía nacional. 

La Unión Europea queda así atrapada en una posición incómoda: dependiente de Estados Unidos para su seguridad en el flanco oriental, pero plenamente consciente de que la conducta errática y poco confiable del gobierno de Trump erosiona el orden internacional del que el continente ha sido uno de los principales beneficiarios. Por ahora, la respuesta predominante ha sido intentar limitar los daños mediante concesiones estratégicas. Sin embargo, a medida que Trump continúa quebrantando normas y persiguiendo de forma cada vez más agresiva sus intereses nacionales, cabe preguntarse hasta qué punto esta estrategia resulta sostenible. 

¿Está la UE en condiciones de lidiar con esta nueva realidad de su aliado más estratégico en caso de que Trump permaneciera o su reemplazo mantuviese su misma línea? ¿Es necesario revisar el aparataje de alianzas construido durante el siglo XX, cuando la amenaza mayor puede que ya no venga del este sino del oeste? 

En lo que concierne a Venezuela, el momento actual exige una atención renovada sobre su futuro inmediato, en particular sobre las posibilidades de fortalecer el diálogo y la participación de una sociedad civil que, tanto dentro del país como en el exilio, ha resistido y tratado de ampliar el espacio cívico en condiciones de extrema vulnerabilidad y ante reiterados fallos de la comunidad internacional. Al mismo tiempo, la mirada tampoco podrá apartarse de un escenario global cada vez más inestable, en el que Venezuela puede no ser una excepción, sino un indicio más de un orden internacional emergente marcado por mayores niveles de violencia e incertidumbre. 

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