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San Juan de Acre: ¿disturbios callejeros o algo más?

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En un contexto palestino-israelí de continuo bloqueo político- siempre a la espera de nuevas rondas de negociación en el más largo e infructuoso “proceso de paz” de la historia- se ha producido un nuevo episodio de violencia, esta vez en San Juan de Acre. Una revisión de los hechos nos permitirá reconsiderar las narrativas dominantes en la mayoría de los medios de comunicación, respecto a la situación en la que viven los árabes…

Por Alberto Arce

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En un contexto palestino-israelí de continuo bloqueo político- siempre a la espera de nuevas rondas de negociación en el más largo e infructuoso “proceso de paz” de la historia- se ha producido un nuevo episodio de violencia, esta vez en San Juan de Acre. Una revisión de los hechos nos permitirá reconsiderar las narrativas dominantes en la mayoría de los medios de comunicación, respecto a la situación en la que viven los árabes (en torno al 25% del total) dentro del Estado de Israel o, siguiendo la denominación palestina, “los palestinos del 48”.

En primera instancia, podríamos deducir que lo que ha sucedido entre el 8 y el 13 de octubre pasado en Acre no han sido más que disturbios callejeros entre radicales judíos y jóvenes palestinos, en un contexto evidente de diferencias culturales y religiosas. El desencadenante habría sido la violación del obligado respeto por la festividad religiosa judía del Yom Kippur, por parte de un ciudadano palestino que decidió conducir su coche mientras los judíos exigían silencio e inactividad total. Para quienes quieren creer que el conflicto palestino-israelí tiene un fundamento religioso, se cerraría así el círculo explicativo simplificador de la noticia, que prolonga la filosofía de la irreversibilidad del conflicto y su abandono como objeto de estudio y comprensión.

Más inteligente parece, en cambio, profundizar en la raíz del conflicto y en los hechos de esos días, para tratar de arrojar alguna luz sobre la naturaleza real del régimen israelí. Los acontecimientos vividos en San Juan de Acre no son los primeros de esta naturaleza ni serán, con toda probabilidad, los últimos. De su análisis se extrae como conclusión evidente que existe una discriminación racial efectiva que viene prolongando desde hace seis décadas (y que para muchos resulta demasiado similar a aquella que el régimen de apartheid sudafricano imponía contra su población negra y mestiza).

El 7 de octubre, el diputado árabe de la Knesset, Abbas Zakour, residente en Acre, envío una carta al Ministro de Interior, Avi Ditcher, solicitándole que situase patrullas de policía en todas las zonas de posible fricción entre árabes y judíos dentro de la ciudad. Le prevenía que, de no actuar con prontitud, se avecinaba un enfrentamiento. Pero su petición cayó en saco roto.

El 8 de octubre, Tawfik Jamal, palestino de 48 años, circulaba por el este de la ciudad en su vehículo, despacio y sin música. Se dirigía a recoger a su hija, que estaba cocinando para una boda que tendría lugar en un par de días. Su hijo de 18 años y un amigo de 20 le acompañaban en el trayecto, cuando comenzaron a ser apedreados por un grupo de jóvenes judíos. Inmediatamente llamaron a la policía y lograron refugiarse en la casa en la que se encontraba su hija. Allí, y durante varias horas, fueron atacados a pedradas y amenazados por cientos de jóvenes judíos, mientras la policía se limitaba simplemente a observar la escena hasta que vieron acercarse a la casa un grupo de árabes, alertados por teléfono de la situación. Fue entonces cuando la policía intervino y rescató a la familia atacada.

El día 9 de octubre, unos 1.500 jóvenes judíos se concentraron frente a la estación de tren, tras finalizar la oración de Yom Kippur, y comenzaron a atacar a los viandantes árabes, dirigiéndose hacia la casa de la familia Abu-Ataba mientras gritaban “muerte a los árabes”.

La policía volvió a intervenir y detuvo a diez de ellos. Mientras tanto, los líderes de la comunidad árabe de la ciudad se reunían con las autoridades policiales y miembros del gobierno israelí, para pedirles que hiciesen lo necesario para que la situación retornase a la calma. No consiguieron que ningún líder religioso judío, ni las autoridades, condenaran la violencia contra los árabes.

Por su parte, a lo largo de los días 10 y 11, cientos de jóvenes judíos radicales reiteraron los ataques con piedras contra cuanto árabe se encontraban, llegando incluso a prender fuego al menos a cinco casas. Según testigos presenciales, la policía israelí se limitaba a hacer acto de presencia, dejándoles hacer, hasta que terminaba en el mejor de los casos deteniendo a alguno ellos en el momento en que la situación escalaba. Interesa destacar que en ningún caso impidió los ataques o protegió a las familias atacadas.

El sábado 11 de octubre, los representantes locales de la comunidad árabe pidieron disculpas ante los medios de comunicación por el hecho de que un árabe hubiera conducido su coche durante la festividad de Yom Kippur. Ni el alcalde de Acre ni los rabinos las aceptaron, aunque el propio conductor llegó a comparecer en el parlamento israelí para disculparse personalmente. Mientras tanto, en Acre continuaban los ataques contra la población árabe- incluyendo los efectuados contra una delegación de representantes árabes que pretendían reunirse con el alcalde en el ayuntamiento- y se repartían octavillas pidiendo el boicot contra los comercios árabes de la ciudad y se incendiaron varias casas más.

En esos cuatro días la policía llegó a detener a 54 jóvenes, la mitad árabes y la otra mitad judíos. Estos últimos fueron liberados inmediatamente, mientras que los árabes aún permanecen bajo arresto. Por su parte, la quema de casas no ha producido ninguna detención.

Shimon Lankri, el alcalde de Acre, canceló el festival de teatro alternativo de la ciudad, sustento importante para muchos de los comerciantes árabes, afirmando que «en función de la rabia provocada por la violación de las normas religiosas de nuestros residentes, sería de mal gusto permitir que el festival se celebrase”. Se reforzaba así la pretensión de boicotear a los comercios árabes, tal como demandan cada vez con mayor intensidad colonos provenientes de la zona de Hebrón en la Cisjordania ocupada, grupos nacional-religiosos como “Ometz” (Coraje), el Partido de la Unidad Nacional (con representación parlamentaria) y organizaciones como Amichai o Komemut, establecidas por los colonos evacuados de Gaza en 2005.

El objetivo de estos grupos no se oculta, según las declaraciones del director de la escuela rabínica de Acre, Yosi Stern: “La coexistencia no es más que un slogan. Acre es el lugar donde ponemos a prueba nuestra lucha para definir el carácter del Estado de Israel. Todo el mundo debería reconocer que Acre es la capital de Galilea, con miles de años de historia judía. Estamos aquí para preservar esta identidad y reforzar su espíritu”.El procedimiento, apoyado abiertamente por el gobierno a través de subvenciones directas a estos grupos, es la judaización de las ciudades mixtas. Así, se impide a los árabes comprar y alquilar en zonas cada vez más amplias de dichas ciudades, se subvenciona a las organizaciones religiosas y se facilita que ocupen cualquier espacio e instalen allí sus comunidades, mientras se derriban los hogares árabes ante la más mínima obra de remodelación, nunca autorizada por el gobierno, a partir de eternos silencios administrativos.

Finalmente, el 13 de octubre, la policía arrestó al conductor y a su hijo, bajo la acusación de “ofender sentimientos religiosos por conducir en Yom Kippur”, delito que no aparece recogido en ninguna ley israelí. Por el contrario, nunca ningún judío ha sido arrestado o amonestado por realizar cualquier actividad durante festividades religiosas musulmanas.

Por otro lado, la decena de residentes árabes que han sido forzosamente desplazados por los disturbios no solo han perdido sus casas sino que, además, no han recibido ninguna indemnización.

En definitiva, aunque la calma volvió a Acre desde ese mismo día, solo cabe calificarla como una situación momentánea. Mañana -o dentro de dos meses- los judíos radicales, arengados por sus líderes, volverán a atacar a los residentes árabes que, en búsqueda de una cierta seguridad, tienden a agruparse, abandonando los barrios mixtos en los que se saben totalmente desprotegidos y encerrándose en suburbios donde la prestación de servicios públicos brilla por su ausencia. Y entonces todo volverá a empezar de nuevo, ¿hasta cuándo?

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