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Entre la estabilización y el colapso: el futuro del conflicto en Mali

Introducción

En los últimos días, hemos asistido a una campaña de bombardeos por parte de las FAMa –Fuerzas Armadas de Mali – y los mercenarios rusos del Africa Corps –antiguo Grupo Wagner, ahora dependiente del Gobierno ruso– con el objetivo de estabilizar la línea de frente dibujada tras la ofensiva coordinada del JNIM y el FLA, iniciada el pasado 25 de abril.
La situación interna de Mali es crítica. La serie de ofensivas militares ha reconfigurado la dinámica de fuerzas en el país y ha debilitado la posición de la junta militar en el poder. Este panorama hace que sea necesario comprender cómo esta nueva dinámica militar está redefiniendo la correlación de fuerzas y el futuro inmediato de la estabilidad en Mali.

La situación sobre el terreno

Los ataques coordinados del FLA y el JNIM hacia las fuerzas estatales del pasado 25 de abril han fragmentado el país en diversas áreas de influencia. El norte del Estado se encuentra mayoritariamente bajo la influencia del FLA –Frente de Liberación del Azawad–, cuyos combatientes avanzaron hacia la simbólica ciudad de Kidal, tomándola sin gran resistencia.
Por su parte, el Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM), afiliado a Al-Qaeda, mantiene influencia en zonas del norte y centro –con presencia mayoritaria en áreas rurales– y avanza hacia el sur, agudizando el estrangulamiento de suministros sobre Bamako mediante checkpoints en las afueras y enfrentamientos esporádicos que aumentan la presión sobre la capital.
En el este, el Estado Islámico en el Gran Sáhara (ISGS) actúa como tapón entre Mali y sus aliados del AES –Alianza de Estados del Sahel– en la región de Ménaka. La junta militar en el gobierno de Assimi Goïta mantiene presencia en el sur y centro del país, pero, tras la desbandada producida por los ataques coordinados y el asesinato del ministro de Defensa, Sadio Camara, las áreas de influencia de cada actor son cambiantes y altamente permeables, con bolsas de influencia aisladas en zonas rurales y ciudades rodeadas por fuerzas enemigas.
Las consecuencias humanitarias son aún difíciles de cuantificar, dado lo reciente de los hechos. Según OCHA, antes de la ofensiva, cinco millones de personas se encontraban ya en situación de vulnerabilidad y 415.000 eran desplazadas internas, de las cuales el 58 % eran menores de edad. La escalada actual no hará sino agravar una crisis que ya era estructural.

Tres escenarios posibles

Estabilización precaria del conflicto
El escenario más probable es una estabilización precaria del territorio bajo predominio militar de las fuerzas estatales malienses, apoyadas por Africa Corps. Este equilibrio no implicaría una resolución estructural del conflicto, sino una reconfiguración del control territorial en la que FAMa lograría recuperar ejes urbanos estratégicos, reabrir conexiones logísticas entre centros urbanos y forzar el repliegue de los grupos insurgentes hacia zonas periféricas, sin llegar a su desarticulación.
Sin embargo, esta estabilización estaría limitada por factores estructurales. La vía híbrida de avance militar combinado con negociaciones puntuales resulta improbable debido a la profunda desconfianza entre actores, especialmente los tuaregs del FLA, tras la ruptura formal de los acuerdos de Argel de 2015 por parte de Bamako. En este contexto, la junta militar no tendría capacidad operativa para eliminar a los grupos insurgentes, sino únicamente para contenerlos, mientras el JNIM mantiene ventaja en guerra asimétrica gracias a su arraigo rural en el norte y demostrada adaptabilidad.
En términos de consecuencias, una victoria parcial del gobierno reforzaría la narrativa soberanista de Goïta y consolidaría el proyecto del AES, pero también profundizaría la concentración de poder en el aparato militar. Al mismo tiempo, se evidenciaría el fracaso del modelo securitario apoyado por mercenarios rusos, incapaz de evitar ofensivas como la del 25 de abril o de resolver una insurgencia de naturaleza estructural. La crisis humanitaria persistiría, mientras la violencia se mantendría en forma de guerra asimétrica, con efectos prolongados sobre la estabilidad del país.


Fragmentación y estabilización débil del conflicto
Un segundo escenario, menos probable pero plausible, es una fragmentación del conflicto con una estabilización débil del territorio. En este caso, la junta militar consolidaría una línea de contención en el centro del país mediante repliegues tácticos y campañas de bombardeo, mientras intentaría recuperar focos insurgentes y estabilizar recursos estratégicos como las minas de oro del sur. Paralelamente, el FLA podría aprovechar este equilibrio inestable para proclamar unilateralmente el Estado del Azawad en el norte, con posibles efectos de contagio político sobre comunidades tuareg en territorios colindantes.
No obstante, este escenario estaría marcado por profundas tensiones internas entre actores. La cooperación entre FLA y grupos yihadistas como el JNIM sería esencialmente táctica y difícilmente sostenible, dado que estos últimos no comparten el objetivo independentista, sino un proyecto islamista regional que abarca el Sahel central. Esta incompatibilidad estructural también se extendería a la rivalidad histórica entre JNIM e ISGS, lo que generaría un espacio de fragmentación donde las alianzas serían fluidas y los equilibrios inestables, sin fronteras claras ni control territorial consolidado.
Las consecuencias serían regionales y acumulativas. La persistencia de un conflicto de baja intensidad favorecería la expansión transfronteriza de grupos yihadistas hacia Níger y Burkina Faso, así como una creciente presión sobre el norte de Benín y Togo, aunque con capacidad operativa aún limitada en estas zonas. Además, el deterioro de la seguridad intensificaría la circulación de armas, la competencia por recursos y la inestabilidad de corredores logísticos, consolidando la crisis maliense como un factor estructural de desestabilización del Sahel central.

Colapso del Estado Maliense
El escenario más pesimista contempla el colapso del Estado maliense, entendido como la pérdida efectiva del monopolio de la violencia por parte del gobierno central y la desaparición de su capacidad administrativa y coercitiva. Este proceso daría lugar a una fragmentación del territorio en múltiples espacios de control armados, sin autoridad central efectiva y con una gobernanza de facto ejercida por actores insurgentes y locales.
En este contexto, las alianzas entre actores armados serían altamente inestables. Aunque FLA y JNIM han cooperado tácticamente en ofensivas recientes, sus proyectos políticos son incompatibles: los independentistas del FLA buscan la creación de un Estado tuareg en el Azawad, mientras que el JNIM persigue la implantación de un orden político basado en la sharía en el Sahel central. Esta divergencia estructural también alimentaría la reactivación del conflicto entre JNIM e ISGS por el control de territorios y rutas de influencia, generando una dinámica de guerra múltiple entre actores con objetivos irreconciliables. A ello se suma la amenaza que un Azawad independiente representaría para Argelia, que podría ver reactivadas las aspiraciones autonomistas de sus propias comunidades tuareg, convirtiéndose en víctima involuntaria de un conflicto que no ha sabido ni prevenir ni mediar.
Las implicaciones geopolíticas serían significativas para los actores externos implicados en el conflicto. Un colapso del Estado maliense debilitaría la posición de Rusia en el Sahel al comprometer su acceso a recursos estratégicos y reducir su capacidad de proyección en Burkina Faso y Níger, donde su influencia depende de la estabilidad del modelo AES. Este debilitamiento podría traducirse en una menor capacidad de apoyo militar y logístico a las juntas aliadas, aumentando su vulnerabilidad interna en contextos ya inestables. Al mismo tiempo, la fragmentación del territorio facilitaría la expansión de redes yihadistas y economías ilícitas hacia corredores transfronterizos ya activos en el Sahel central, afectando directamente a las dinámicas de seguridad de Níger y Burkina Faso.

Lo que no se puede ignorar

La conclusión principal que se desprende de la reciente ofensiva insurgente en Mali es el carácter regional e internacional que ha adquirido el conflicto. Aunque la violencia se desarrolle actualmente sobre territorio maliense, tanto los proyectos de los actores implicados como las consecuencias derivadas del conflicto transcienden las fronteras nacionales.
Una de las razones por las cuales el Sahel es capital a nivel geopolítico es su carácter de zona de transición, el cual le otorga la capacidad de condicionar la estabilidad tanto del sur del Sahara como del norte de África y el Mediterráneo. Este factor explica el interés sostenido de la Unión Europea en el Sahel durante décadas, consciente de su capacidad como espacio de conexión entre dos regiones estratégicas como el norte de África y el sur del Sahara, así como de su impacto en la estabilidad del Mediterráneo occidental y el Atlántico en su entrada al continente europeo.
En este contexto, el interés europeo en la región no es reducible únicamente a los flujos migratorios hacia el Mediterráneo. También es necesario comprender la consolidación de redes de contrabando transnacional vinculadas al tráfico de armas y estupefacientes, las cuales contribuyen a cronificar y sistematizar la violencia en la región.
Por otro lado, la expansión insurgente es otro elemento clave. En caso de producirse un colapso del Estado maliense, tanto JNIM como ISGS tienen potencial para aumentar la presión sobre países del norte de África o del sur del Sahara. Estos últimos han adquirido una importancia estratégica creciente para Bruselas, debido a que fueron el refugio de la influencia del viejo continente en África tras la pérdida del Sahel central a manos de las juntas militares, convirtiéndose en uno de los principales focos de cooperación europea en el continente.
Otra idea clave es la constatación del fracaso del modelo securitario aplicado por la mayoría de los actores internacionales presentes en la región y actualmente reproducido por los países del AES con el apoyo de Rusia. Este modelo, anteriormente llevado a cabo por Francia y la UE, lleva desarrollándose en el área durante décadas, en las que ni siquiera se han logrado solventar las cuestiones de fondo que dieron origen a las sucesivas rebeliones tuareg desde 1963.
La narrativa de seguridad, basada en la derrota militar de la insurgencia sin ningún tipo de negociación como principal vía de estabilización, ha sido históricamente rentable para los dirigentes del Sahel, otorgándoles legitimidad política interna y el papel de socios estratégicos para la estabilidad regional a nivel internacional. Sin embargo, problemas estructurales como la marginalización territorial, la inseguridad, la precariedad económica o la ausencia de servicios básicos difícilmente pueden resolverse exclusivamente mediante respuestas militares.
Con todo, el principal riesgo estratégico en Mali no reside en el desenlace estrictamente militar del conflicto, sino en el hecho de que ninguno de los escenarios proyectables a futuro parece capaz de resolver las causas estructurales que lo alimentan. En ausencia de una respuesta que aborde dichas dinámicas de fondo, el conflicto tenderá a reproducirse bajo distintas configuraciones de intensidad y territorialidad, independientemente de su evolución inmediata.

Bibliografía




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