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Del mesianismo al pragmatismo

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Barack Obama. Foto: radioskipe photography

(Para El País)

La sucesión de fastos internacionales celebrados entre el 31 de marzo y el 7 de abril ofrece una ocasión inmejorable para calibrar qué hay de nuevo en la agenda de seguridad mundial. El advenimiento de Barack H. Obama es, con diferencia, el factor que más decisivamente ha dinamizado un panorama tan obsesiva como infructuosamente centrado en Afganistán y en Irán (con Corea del Norte empeñada en atraer la atención a última hora), lastrado por estrategias que ya han mostrado sobradamente sus limitaciones. A la espera de que el tiempo permita conocer con más detalle el alcance y, sobre todo, las consecuencias de lo que ahora solo son indicios de cambio, ya es posible determinar con cierta precisión cuáles son sus perfiles principales.

No parece que los nuevos aires en la Casa Blanca auguren un renovado entusiasmo por convertir a la ONU en el principal gestor de la seguridad mundial. Nada indica que se vaya a realizar un esfuerzo real por reformar su Consejo de Seguridad ni por aumentar sus capacidades de alerta temprana y, más improbable aún, de acción temprana (con medios propios o asignados por los Estados miembros). Antes bien, lo más probable es que, además de su tradicional cometido como foro diplomático, sus funciones se limiten a labores asistenciales, como instancia humanitaria que, en el mejor de los casos, coordine a actores civiles dedicados a la reconstrucción postbélica. Si esto se confirma deberemos interpretarlo como un rotundo fracaso, por falta de suficiente voluntad política de sus miembros para materializar la aspiración del nuevo orden internacional que Kofi Annan identificaba, en 2005, con “desarrollo, seguridad y derechos humanos para todos”, con la ONU como protagonista central en un marco de multilateralismo eficaz.
A partir de esa constatación, y en mitad de una crisis económica global que estimula los resabios nacionalistas (también en el terreno de la seguridad y defensa), lo que se haga a escala nacional o regional será, por definición, incompleto, aunque siempre se pueda decir que la realidad se impone a la utopía. Así ocurre, en primer lugar con Estados Unidos. Reconocida, como mínimo, como la nación imprescindible (“EE UU no puede arreglar todos los problemas mundiales, pero el mundo tampoco puede hacerlo sin EE UU”), conviene no olvidar que Obama se mueve, sobre todo, en defensa de sus intereses nacionales.

Aunque a los europeos nos cueste reconocerlo, Washington ya no se preocupa de esconder sus preferencias por otros actores. Por una parte, siempre podrá aducirse que esto se debe a que sigue contando con que, en lo esencial, aún estamos de acuerdo y compartimos el mismo barco. Pero también responde a nuestra propia inoperancia como Unión Europea y a una mezcla de preocupación (Rusia, Irán…) y oportunidad (China, India, Brasil, Turquía…), que le lleva a atender otros frentes. En clave geoestratégica las reuniones bilaterales que Obama ha mantenido estos días durante su gira europea con sus homólogos chino y ruso- más su visita a Ankara- son más determinantes que las celebradas con los dirigentes comunitarios. Esto no indica todavía un giro radical en las preferencias estadounidenses a la hora de buscar aliados sólidos para hacer frente a las amenazas globales que nos afectan a todos; pero sí debe verse como un aviso para navegantes que no pueden despistarse sobre el riesgo de irrelevancia al que se enfrentan si no consiguen hacer operativos sus sueños de grandeza (“la UE es un actor de envergadura mundial”, proclama con escasa convicción la vigente Estrategia Europea de Seguridad).

Al margen de la aprobación o rechazo suscitados por los recientes mensajes de Washington- desde la posible reconsideración del escudo antimisiles en suelo europeo a la invitación a Irán, pasando por la nueva estrategia para Afganistán/Paquistán o la oferta de “resetear” las relaciones con Moscú-, conviene recordar que todo ello responde a decisiones estrictamente nacionales. Washington es consciente de que Rusia vuelve a plantar cara y necesita prestarle más atención. Para ello tiene que desembarazarse de algunas hipotecas (Iraq, primero, pero también el resto de las trampas en las que se ha metido en Oriente Medio) y aliviar la tensión en áreas no esenciales (reanudando así las conversaciones de desarme nuclear o dejando ver que Georgia y Ucrania no valen un disgusto mayor). Frente al mesianismo neocon de estos últimos años, parece abrirse paso un innegable pragmatismo que rebaja, por ejemplo, las pretensiones de “vender” la democracia occidental a escala planetaria (de ahí el cambio en Afganistán, para concentrarse en la estabilización y la reducción de la amenaza terrorista).

Por lo que respecta a la OTAN- forzosamente encantada de celebrar sus sesenta años de existencia en mitad de una crisis en la que se ha metido huyendo hacia adelante, en su desesperada búsqueda de una nueva razón de ser-, las perspectivas tampoco son muy halagüeñas. La Cumbre de la Alianza ha terminado sin un nuevo concepto estratégico (ahora se anuncia para 2010) y las incorporaciones de Albania y Croacia no ocultan su insuficiente nivel de compromiso para cumplir con sus planes de capacidades militares, ni las divergencias internas sobre su orientación futura. La mayoría de los miembros del Este europeo siguen demandando una organización centrada en la defensa colectiva (territorial, por más señas). Otros apuestan por reconvertir a la OTAN en un omnipotente instrumento, encargado de tareas que vayan mucho más allá de la defensa, para abarcar- con evidente riesgo de que se diluya su valor añadido histórico- la ayuda económica, la acción humanitaria y hasta la construcción nacional. Y todavía algunos (¿EE UU?) parecen preferir que sea un mero cajón de sastre, del que echar mano si no hay más remedio. Para desgracia de unos y otros, Afganistán tiene gran parte de la respuesta sobre el futuro inmediato de una OTAN que se ha metido sola en un callejón de improbable salida exitosa.

Mientras tanto, la UE no logra consolidar un espacio y un papel significativo en este nuevo escenario. ¿Qué gobernante comunitario se atreve hoy a hacer de la PESC/PESD una prioridad de su agenda política? Incluso quien se ha animado a mover ficha, Francia, lo ha hecho, una vez más, por puros intereses nacionales. ¿Cree realmente la diplomacia francesa que convence a algún europeísta cuando insiste en que “si Francia asume todas sus responsabilidades [reentrada en la estructura militar de la OTAN], Europa será más influyente en una Alianza más equilibrada”. No deja de resultar chocante que se acepte con tanta parsimonia la iniciativa francesa, en contraste con la acritud con la que se acusaba a checos y polacos de negociar su seguridad directamente con Washington (escudo antimisiles), al margen de las instancias comunitarias. Una vez más, aceptamos nuestra incapacidad para construir una verdadera política exterior, de seguridad y defensa común, aún siendo conscientes de que por separado no tenemos opción alguna y de que la OTAN no puede ser nuestro futuro, en tanto que nos convierte en subordinados eternos. Ese futuro de mayor seguridad propia solo llegará con un sistema de seguridad paneuropeo, que integre a Moscú y que establezca un vínculo multidimensional con Washington, al margen de la OTAN.

¿Y España? Atascada. Ni en plano nacional se impulsa definitivamente la elaboración de la tan necesaria Estrategia Nacional de Seguridad; ni el internacional se logra poner sobre la mesa ninguna iniciativa de carácter estratégico (¿capacidades civiles al servicio de prevención y gestión de crisis?). En lugar de eso, nos dedicamos a pedir disculpas por los errores (Kosovo) y a seguir parcheando ante la falta de un modelo claro (más implicación en Afganistán). Así no es.

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