A diez años del Acuerdo: lecciones de paz desde un encuentro de firmantes en Bogotá

Andrés Felipe Gómez González
Coordinador de Investigación
A las puertas del décimo aniversario de la firma del Acuerdo Final entre el Gobierno colombiano y las FARC-EP, hablar de paz en Colombia exige hacerlo desde una cierta paradoja. Por un lado, persisten violencias, disputas territoriales y dificultades para avanzar en algunos de los compromisos adquiridos. Por otro, el país ha acumulado una década de transformaciones que quedan ocultas entre las noticias del día a día. En un mundo atravesado por cada vez más guerras, desplazamientos forzados y una creciente fragilidad de los consensos internacionales que sostienen la paz, poner el foco sobre estas transformaciones es más relevante que nunca.
Una de ellas ha permanecido especialmente desatendida/en los márgenes. Mientras en los pasillos del Congreso de Colombia se debate el futuro de la JEP y en las Cortes se define el regreso de la aspersión aérea sobre los cultivos de coca, se suele ignorar un hecho fundamental: miles de personas que dejaron las armas hace casi una década continúan hoy vinculadas a su proceso de reincorporación. Naciones Unidas sitúa actualmente en más de 11.000 las personas que siguen participando en este proceso. Esto es un éxito a nivel internacional.
Pero reincorporarse nunca significó simplemente dejar las armas. Significa reconstruir proyectos de vida, recuperar o transformar vínculos, aprender otras formas de relacionarse con las comunidades y afrontar, en muchos casos, las huellas que la guerra dejó en las propias familias. Son procesos lentos, profundamente humanos y difíciles de capturar mediante los indicadores habituales. Sus efectos, además, no terminan en quienes participaron directamente en el conflicto: alcanzan también a sus hijos e hijas y, con ellos, a las siguientes generaciones.
Desde esa perspectiva nace el proyecto que desarrollamos conjuntamente el Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH) y la Universidad de los Andes, centrado en explorar la circulación del trauma intergeneracional entre excombatientes —o firmantes, como prefieren denominarse— y sus familias. El proyecto cuenta con financiación de la AECID, en el marco de su Programa DEMOCRACIA, orientado a impulsar acciones de cooperación al desarrollo en materia de memoria, construcción de paz y resolución de conflictos. Una parte fundamental de este trabajo tuvo lugar recientemente en Bogotá, donde más de 40 firmantes se reunieron durante tres días para compartir sus experiencias de reincorporación: qué ha funcionado, qué continúa siendo difícil y qué han aprendido durante estos años sobre la reconstrucción de los vínculos familiares y comunitarios.
Las conversaciones permitieron un acercamiento a la reincorporación como una transformación que atraviesa no solo las trayectorias individuales, sino también las relaciones y las formas de participar en la vida colectiva. Para muchas de las personas participantes, por ejemplo, la propia idea de familia se ha ampliado. Los vínculos construidos con compañeros y compañeras durante los años de pertenencia a las FARC continúan formando parte de sus redes de cuidado, apoyo y solidaridad en la vida civil.
También apareció una reflexión especialmente significativa. Algunas de las personas participantes explicaron que su voluntad de cambio social no ha desaparecido, pero que las herramientas para llevarla adelante han cambiado. Hoy puede expresarse en el cuidado de otras personas, en la solidaridad comunitaria, en la participación social y en una forma consciente de ejercer la maternidad o la paternidad. Desde esta perspectiva, criar de otra manera adquiere también una dimensión de construcción de paz, ya que implica intentar que determinadas experiencias de violencia no se reproduzcan en las nuevas generaciones.
Pero las conversaciones mostraron igualmente que estas transformaciones no dependen únicamente de las decisiones individuales. Las posibilidades de construir proyectos de vida distintos están condicionadas por el contexto en el que las personas viven. Comprender, por ejemplo, las trayectorias de quienes entraron siendo niños, niñas o adolescentes en el conflicto armado exige observar las condiciones sociales, económicas, familiares, territoriales y políticas que rodearon esas decisiones. Del mismo modo, sostener hoy la reincorporación requiere que existan condiciones materiales, institucionales y de seguridad que permitan convertir en realidad esos nuevos proyectos de vida.
En ese contexto, uno de los mensajes más relevantes del encuentro fue la persistencia del compromiso con la paz. Casi diez años después, los y las firmantes continúan hablando de reincorporación, de convivencia y de cómo transmitir a las siguientes generaciones aprendizajes distintos de aquellos que dejó la guerra. Las dificultades del contexto y los compromisos todavía pendientes del Acuerdo no han eliminado esa voluntad de seguir avanzando y de compartir lo aprendido durante estos años. Escuchar estas experiencias permite comprender mejor qué significa sostener un proceso de paz más allá del momento de la firma y cómo sus efectos se construyen a lo largo del tiempo.
El encuentro en Bogotá ratificó que la sostenibilidad de la reincorporación también depende de una red más amplia de actores: instituciones públicas capaces de adaptar sus respuestas a necesidades que cambian con el tiempo, universidades y centros de pensamiento que investigan y producen conocimiento, organizaciones de la sociedad civil que acompañan procesos en los territorios, y una comunidad internacional que puede contribuir a preservar los recursos, la atención y el respaldo necesarios para sostener el proceso.
A medida que se acerca el décimo aniversario del Acuerdo, hacer un balance exige, por tanto, preguntarse dónde se buscan sus resultados. Una parte puede medirse en indicadores, compromisos cumplidos o pendientes. Pero otra parte se encuentra en lugares mucho menos visibles: en vínculos que se reconstruyen, en redes de cuidado que se mantienen, en nuevas formas de relacionarse con las comunidades y en padres y madres que intentan que sus hijos e hijas crezcan en circunstancias distintas de aquellas que marcaron sus propias vidas.
Por ende, responder a la paradoja de una violencia que persiste mientras transformaciones profundas permanecen fuera del foco exige también reconocer y construir sobre lo construido. Incluso si la seguridad desde un enfoque militarista vuelve a ocupar el centro de la agenda pública nacional, no se puede descuidar aquello que, a pesar de los distintos obstáculos, sí está funcionando. Sostener la reincorporación y las transformaciones que ha hecho posibles es también una forma de evitar que la violencia se reproduzca. Casi diez años después de la firma del Acuerdo, la experiencia de las personas firmantes y de sus familias nos recuerda que una parte de la paz se construye precisamente ahí: en la vida cotidiana, en los vínculos y dentro de las propias familias.
