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Es el riesgo, estúpido

Los avisos son cada vez más frecuentes y dramáticos. Podríamos decir que estamos recibiendo señales de alerta desde hace décadas: pandemias, crisis climática, aumento de ciertos desastres, nuevas formas de conflictividad violenta, flujos migratorios más complejos… Y, sin embargo, seguimos sin comprender adecuadamente lo que nos dicen o las enfrentamos de modo parcial y limitado centrándonos en la respuesta de emergencia. Parafraseando a Jaime Gil de Biedma “que la vida (el riesgo en este caso) iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde”. Tal vez el toque de atención generado en torno a los riesgos de la inteligencia artificial (IA) sirva para que empecemos a cambiar el enfoque y entendamos que hay que abordar el riesgo, los riesgos, de otro modo.

Un lamentable mantra que suelen repetir los políticos de todas las tendencias es el de que gobernar consiste, en buena medida, en reaccionar ante los problemas cuando estos ya se han convertido en problema: “hay que resolver los problemas de la gente”. Como no. Se inaugura un hospital después de una pandemia ¿les suena?, se reconstruye un puente después de una inundación, se envían alimentos después de una sequía, se refuerzan las fronteras después de una crisis migratoria ¿les suena también?, se aumenta el gasto militar después de una guerra ¡No faltaba más! El problema es que, en un mundo sometido a amenazas complejas que desembocan en riesgos crecientes y cada vez más interconectados, llegar después y, en el mejor de los casos, a una única variable, ya no es suficiente.

Por eso, quizá haya llegado el momento de cambiar la pregunta. No deberíamos preguntarnos solamente qué crisis tenemos que gestionar hoy, sino qué riesgos estamos generando, acumulando y dejando crecer hoy que pueden convertirse en situaciones de desastre para mañana. El debate abierto en este sentido en el caso de la IA es fundamental, pero debe hacernos conscientes de otras amenazas, vulnerabilidades, capacidades y riesgos que nos afectan. El pensamiento construido en torno a la reducción del riesgo de desastres (RRD) puede ser de utilidad. Una amenaza es una fuente potencial de daño: un terremoto, un virus, un huracán, una tecnología disruptiva. El riesgo aparece cuando esa amenaza interactúa con una sociedad concreta, con un determinado grado de exposición, con mayor o menor vulnerabilidad frente a ese fenómeno y con capacidad -o incapacidad-para anticipar, predecir, prevenir y responder. Si la sociedad gestiona el riesgo se puede evitar o al menos mitigar el desastre. En caso contrario, el desastre es inevitable.

Por eso no existe algo parecido a un “desastre natural” en sentido estricto. Una lluvia extrema puede ser un fenómeno meteorológico más o menos habitual. Pero si esas lluvias se han aumentado como consecuencia del cambio climático y, además se ha convertido una llanura inundable en una enorme superficie urbanizada, se han eliminado humedales, ocupado cauces, impermeabilizado el suelo y no se han elaborado planes de contingencia y evacuación ni se ha dotado adecuadamente a los mecanismos de respuesta, las consecuencias no son “culpa” de la naturaleza: son la suma de decisiones humanas erróneas acumuladas. Decisiones políticas en su mayor parte. Todo menos “natural”. El riesgo, por tanto, no depende solamente de un fenómeno más o menos extremo. Está en la relación entre el fenómeno y la sociedad. Es una construcción social.

Vivir con el riesgo… los riesgos

Desde hace décadas, la comunidad internacional está prestando atención creciente a estos temas y resulta significativo que es el ámbito económico uno de los más atentos a esto. El Informe de Riesgos Globales 2026 del Foro Económico Mundial, que se presenta cada año en el Foro de Davos, basado en encuestas a más de 1.300 expertos de todo el mundo, ofrece un panorama inquietante: la mitad de los consultados anticipa un estado de “turbulencia” o “tormenta” en los próximos dos años, y en una proyección a diez años ese pesimismo asciende al 57%. Solo el 1% espera una situación de calma. No es alarmismo: es un diagnóstico colectivo de académicos, empresarios, gobiernos y organizaciones internacionales.

En el último informe, la confrontación geoeconómica encabeza la lista, seguida de la desinformación y la información errónea, la polarización social, los eventos climáticos extremos y los conflictos armados entre Estados. Pero si se extiende la mirada a una década, los riesgos ambientales dominan por completo. Eventos climáticos extremos, pérdida de biodiversidad y colapso de ecosistemas, y cambios críticos en los sistemas terrestres conforman las tres amenazas más graves del próximo decenio. Las consecuencias adversas de la inteligencia artificial son el riesgo que más rápido asciende: del puesto 30 en el corto plazo al 5 en el largo. Y eso que cuando se publicó el último informe, en enero de 2026, aun no se habían producido las declaraciones de los oligarcas de Sillicon Valley.

Otra de las ideas fundamental es que estos riesgos no están aislados, sino que interactúan, están entrelazados entre sí. S. M. Amadae, directora del Centro de Estudios de Riesgo Existencial de la Universidad de Cambridge, lo señala con precisión: “Los impactos y las implicaciones de distintos riesgos se derraman e imbrican entre sí”. Erupciones volcánicas, eventos climáticos y un invierno nuclear pueden conducir todos a la inseguridad alimentaria, ejemplifica. Daniel Holz, físico del Laboratorio de Riesgo Existencial de la Universidad de Chicago, lo decía ya hace un tiempo: “Cuando te preocupa el riesgo de la IA, generalmente es la IA más otra cosa: IA más control nuclear, IA más infraestructura, IA más ciberataques, IA más desinformación”.

El asunto, por tanto, no es nuevo. Vivimos rodeados de amenazas que hasta hace poco analizábamos por separado. Crisis climática, inundaciones, incendios, pandemias, crisis migratorias, desplazamientos forzados, guerras, nuevas formas de violencia, ciberataques, crisis alimentarias, inseguridad energética o, ahora nos empezamos a dar cuenta, inteligencia artificial. Todas estas realidades tienen algo en común: todas pueden convertirse en riesgos para nuestras sociedades y, sobre todo, pueden interactuar entre ellas.

Prevención y gobernanza, no pánico

Ulrich Beck lo planteó junto a otros autores, hace ya cuarenta años en La sociedad del riesgo. La modernidad no solo produce riqueza, bienestar y tecnología. Produce también nuevos riesgos, muchos de ellos difíciles de prever y cuyas consecuencias pueden superar las fronteras nacionales. Y eso se da en un contexto en el que hemos construido instituciones razonablemente eficaces para reaccionar ante las crisis, pero que no están pensadas ni preparadas para anticiparlas, prevenirlas o, tan siquiera, mitigarlas. La gobernanza del riesgo se convierte, por tanto, en algo fundamental. Su respuesta fue una “política realista cosmopolita”: una nueva lógica de gobernanza que trasciende el marco del Estado-nación y se articula en torno a la anticipación del riesgo. De alguna forma, la aprobación del Marco de Acción de Hyogo en el año 2005 del Marco de Sendai en 2015 y la creación de la Agencia de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) se sitúan en esa corriente. Lamentablemente en tiempos de ataque al sistema multilateral, ideas e instituciones de este tipo encuentran muchas limitaciones para su desarrollo.

“Es el riesgo, estúpido”. Esa parodia del eslogan de campaña de Clinton en 1992 “Es la economía, estúpido” no pretende culpar a nadie de “estúpido”. Apunta a un dilema más profundo: vivimos en una era en la que las decisiones empresariales o políticas producen riesgos, pero aún no hemos desarrollado una capacidad de decisión ni de gobernanza a la altura de esos riesgos. Por ello, el paralelismo no es una mera ocurrencia retórica o una broma. Durante décadas, la economía fue presentada como la variable capaz de explicar buena parte de las decisiones políticas. Hoy necesitamos una mirada diferente: la del riesgo como una dimensión transversal de la seguridad, el desarrollo, la salud, el medio ambiente y la política internacional.

Como anticipó Beck, el riesgo ya no es una desgracia que cae por azar, sino un producto de la propia modernidad. La cuestión no es si habrá riesgos -ya están aquí-. La cuestión es si seremos capaces de verlos en su conjunto antes de que se conviertan en catástrofes. Esta semana, Silicon Valley parece haber encontrado su propia versión de esa máxima, aunque con un signo mucho más sombrío: “es el riesgo de la IA, estúpido”. Y esta vez, quienes lo gritan no son activistas ni académicos, sino ingenieros e investigadores que hasta hace poco construían los sistemas que ahora parecen temer y de los que, por cierto, se siguen lucrando. Razones para la desconfianza, pero también para situar la cuestión en el ámbito de la gobernanza y de la necesidad de sistemas de control externo. Hoy son los riesgos derivados de la IA los que nos inquietan. Pero debemos ser conscientes de que el riesgo forma parte de todas nuestras sociedades y debemos incorporar su análisis de modo más relevante en las políticas públicas.

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