¿Son inevitables los desastres?

Alicia Daza
Responsable de formación
Veranos marcados por múltiples desastres parecen estar convirtiéndose en la nueva cotidianidad. Incendios forestales en España, Francia, Grecia o Estados Unidos; inundaciones y lluvias torrenciales en India, Filipinas, Pakistán, Afganistán o China; terremotos en Venezuela o Colombia; deslizamientos de tierra en Bangladesh o Corea del Sur son solo algunos ejemplos de los desastres que se han producido durante los últimos meses.
La ocurrencia de estos desastres, y lo que es más importantes, sus impactos, no son hechos aislados. Cada año, los desastres asociados a amenazas de origen natural generan importantes impactos negativos en la población, sus medios de vida y los ecosistemas. En 2025 se produjeron 358 desastres asociados a amenazas de origen natural (CRED, 2026), que provocaron 16.607 muertes, afectaron a 110,2 millones de personas y ocasionaron unas pérdidas económicas directas de alrededor de 170.000 millones de dólares, cifra que de manera anual asciende a alrededor de 2.300 miles de millones de dólares si tenemos en cuenta los efectos indirectos, en cascada y sobre los ecosistemas (UNDRR, 2025). Más allá de las tan visibles pérdidas inmediatas, los desastres tienen graves consecuencias a medio y largo plazo a nivel económico y social, que limitan en gran medida la capacidad de recuperación y dinamitan procesos de desarrollo.
Sin hacer una enumeración exhaustiva de los factores que explican estos impactos, creemos que es importante destacar algunos que se han puesto de manifiesto durante los últimos meses. Por una parte, el cambio climático está generando condiciones más propicias para que se produzcan eventos extremos más frecuentes e intensos, sirva como ejemplo el reciente colapso de un glacial en Nepal o las múltiples olas de calor que han recorrido Europa los últimos veranos. A ello se suman determinadas políticas implementadas que llevan al abandono rural y a modelos de ganadería y agricultura que contribuyen a la degradación de los suelos aumentando la vulnerabilidad frente a sequias o incendios. Del mismo modo, el crecimiento urbano que no tiene en cuenta las condiciones de riesgo específicas incrementa las condiciones de vulnerabilidad de millones de personas.
Por ello, es fundamental abandonar la idea de que los desastres son naturales. En esa afirmación habría un error conceptual con importantes implicaciones prácticas. Aunque algunos fenómenos tengan un origen natural, sirva de ejemplo un terremoto o unas fuertes lluvias, el impacto que generan, depende de factores humanos como son la planificación territorial, la calidad de las construcciones o la preparación de la población. Es decir, el impacto guarda una relación directa con la incorporación de un enfoque informado del riesgo en las diferentes políticas públicas. Siguiendo con otro ejemplo que este verano hemos vivido en España muy de cerca, los incendios forestales, más allá de que puedan ser provocados, de manera voluntaria o no, por una acción humana, la virulencia con la que se propagan tiene un importante factor humano. En muchas ocasiones se pone el foco en los medios que se tienen para su control y extinción, pero si bien esto es importante, el problema debe abordarse desde antes. El impacto que tenga un incendio forestal, al igual que un terremoto, una inundación o una sequía, tiene una vinculación directa con cómo se ha integrado el riesgo en las políticas relacionadas que se hayan desarrollado previamente.
Durante décadas se ha venido trabajando con un enfoque reactivo, la gestión de desastres, centrándose principalmente en la respuesta una vez ocurrido el evento y en la reducción de sus consecuencias inmediatas. Sin embargo, la experiencia acumulada ha mostrado la necesidad de avanzar hacia un cambio de paradigma: pasar de gestionar el desastre a gestionar el riesgo, entendiendo que la protección del desarrollo requiere actuar antes de que la amenaza se materialice. Este es el enfoque promovido desde la Agencia de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR).
Evitar por completo los impactos de los desastres es imposible y siempre será necesario contar con capacidades de respuesta, pero trabajar sobre los factores que configuran el riesgo, las amenazas, las vulnerabilidades y las capacidades existentes, permite reducir significativamente la probabilidad de que un evento genere consecuencias devastadoras. Que dos sociedades expuestas a un fenómeno similar sufran consecuencias radicalmente diferentes no es fruto del azar, sino del resultado de sus políticas de reducción del riesgo de desastres implementadas.
Este cambio de enfoque ha sido recogido en la agenda internacional de reducción del riesgo de desastres, aunque su aplicación práctica todavía avanza a un ritmo inferior al necesario. El Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015-2030, adoptado por 187 Estados miembros de Naciones Unidas, establece precisamente la necesidad de pasar de una lógica reactiva a una gestión integral del riesgo. Su objetivo es prevenir la aparición de nuevos riesgos y reducir los existentes mediante medidas económicas, estructurales, jurídicas, sociales, sanitarias, culturales, educativas, ambientales, tecnológicas, políticas e institucionales que reduzcan la exposición y la vulnerabilidad, mejoren la preparación para la respuesta y la recuperación, y fortalezcan la resiliencia.
Los avances son evidentes en algunos ámbitos. El GAR 2025 señala que la mortalidad asociada a los desastres se ha reducido en las últimas décadas, en parte gracias a una mejora de los sistemas de alerta temprana, la preparación y la planificación basada en riesgos. Sin embargo, estos progresos conviven con una realidad preocupante: seguimos generando nuevos riesgos mediante modelos de urbanización inadecuados, degradación ambiental, inversiones que no incorporan suficientemente la dimensión del riesgo y desigualdades que incrementan la vulnerabilidad de millones de personas. El reto no es únicamente responder mejor cuando ocurre un desastre, sino evitar que las decisiones que tomamos hoy sigan generando riesgos para el futuro.
Cada día las noticias de los medios de comunicación evidencian que el riesgo forma parte de nuestras sociedades. Seguir apostando por enfoques reactivos, no es suficiente. Reducir sus consecuencias requiere incorporar medidas de reducción del riesgo a todos los niveles. Políticas públicas informadas por el riesgo, inversiones adecuadas y una mejor comprensión de los riesgos existentes y futuros son fundamentales para avanzar hacia sociedades más preparadas. La experiencia demuestra que la prevención funciona: allí donde se invierte en reducción del riesgo, sistemas de alerta temprana, planificación responsable y comunidades preparadas, las pérdidas humanas y económicas disminuyen.
