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El terrorismo islamista del Cáucaso ha vuelto a remover con saña las entrañas de Rusia regresando por la puerta grande y golpeando allá donde más duele, en el corazón de su enemigo más íntimo, el Servicio Federal de Seguridad (FSB, antiguo KGB). La primera bomba explotó justo bajo su sede, la Lubyanka, cuyos inquilinos han firmado durante años las órdenes de aniquilar, uno por uno, a todos los líderes caucáseos chechenos. La reaparición del terror en las calles de Moscú, tras varios años de silencio y ataques secundarios, desmiente a los que anunciaban la agonía y muerte de ese terrorismo endémico y metódico que les tiene en el punto de mira desde hace más de quince años.

La explosión de dos viudas negras en sendas estaciones de metro de Moscú pilló desprevenidos tanto a los responsables de seguridad del país como a una población desinformada y manipulada por esa omnipresente censura impuesta por el Kremlin; todo lo que no favorece al Gobierno desaparece de los medios, dibujando la Rusia que más les gusta. Los atentados se minimizan, pero la realidad se abre paso entre las grietas del sistema, demostrando que el terrorismo islamista del Cáucaso no está bajo control y que la rabia y el ansia de venganza de las viudas negras siguen intactas.

Los rostros de novias de Alá, cuya dulzura contrasta con la crueldad de sus actos, han reaparecido ensangrentados e inertes en las portadas, acompañados de sus historias de sufrimiento y humillación. Nos recuerdan de nuevo que son viudas, hijas o novias de guerrilleros chechenos fallecidos en las dos contiendas contra Rusia; o que fueron violadas y ultrajadas. Los medios rusos aseguran que hay dos escuelas de suicidas en el Cáucaso norte y que las recluta el batallón Ryad us Salihin, creado por el fallecido líder checheno Shamil Basáyev.

¿Qué empuja a esas mujeres a seguir muriendo por la causa? La razón más obvia es la venganza por la sangre derramada y un dolor no reparado. Pero ¿son radicales islámicas? ¿Tienen objetivos independentistas o son partidarias de la guerra santa? La diferencia entre separatismo y yihadismo en la región es permanente motivo de discusión, sobre todo desde el 11-S y la proclamación de la guerra contra el terror. En el 2001, Putin utilizó la estrategia de Bush para manipular el conflicto checheno y meter en el mismo saco a los terroristas de Al Qaeda y a los líderes de las guerrillas separatistas del Cáucaso de religión musulmana, haciéndose con excusas políticas para exterminar al enemigo con total impunidad.

El tiempo ha demostrado que, en efecto, en Chechenia, Daguestán e Ingusetia hay una nebulosa de grupos fundamentalistas terroristas, en ocasiones enfrentados entre sí, con un discurso político-nacionalista con influencias externas. Pero la realidad es que, por el momento, son minoritarios y no entran en la dinámica del choque de civilizaciones. Su función es agravar la inestabilidad política y alimentar las aspiraciones yihadistas, pero con acciones terroristas que buscan más de lo mismo, atacar al enemigo político de siempre, la Rusia que desde los tiempos de Hadji Murad busca dominar el Cáucaso, eterna tierra de diputa y de importancia estratégica esencial al ser zona de paso entre el mar Negro y el Caspio. Para los terroristas del Cáucaso norte, los atentados y el Islam son sólo instrumentos para alcanzar la independencia.

Aún así, no hay que menospreciar esa ayuda extranjera que aporta financiación, entrenamiento de jóvenes reclutas y armas. A principios de los 90, según Jason Burke, el sirio Enaam Arnaout ya aprovisionaba a las guerrillas chechenas con dinero saudí de la Fundación Internacional de Caridad (BIF), a través de cuentas suizas que distribuían ayuda a los militantes del activista Gulbuddin Hekmatyar en Khost (Afganistán), a los guerrilleros bosnios y a los próximos a Bin Laden. Coincidiendo con la caída de la URSS, los wahabitasfueron en masa a las repúblicas musulmanas ex soviéticas en el Cáucaso norte para aupar el pujante renacimiento del Islam, con la consiguiente construcción de mezquitas y madrasas y el regreso de las prácticas religiosas.

El resultado fue el fracaso estrepitoso de la instauración del Islam radical gracias a que en la mayoría de la región se sigue la corriente del Islam sufí, más tolerante y contraria al uso de la violencia. El problema del Cáucaso es de otro calado. Como en muchas otras partes del planeta, el terrorismo islamista minoritario está nutriéndose con nuevas hornadas de jóvenes traumatizados por años de guerra. Los captan entre los 10 y los 14 años para formar nuevas generaciones de militantes. Se trata de chicos y chicas desprovistos de futuro en una región pobre donde impera la crisis económica, la corrupción generalizada y el paro a gran escala. Así pues, la religión se convierte en un refugio, un valor estable y una buena fuente de ingresos.

Para solucionar por enésima vez el problema, el Kremlin anuncia la estrategia de siempre. Violencia, persecución y muerte de los responsables de los atentados. Según la ONG Memorial, esta política se acompaña, sobretodo en Chechenia, de torturas, desapariciones y ejecuciones extrajudiciales de sospechosos terroristas, además de la eliminación pura y dura de los periodistas molestos que intentan denunciar la situación, como Ana Politkósvkaya o Natalia Estemírova (y otros 310 desde 1991). La política represiva del tándem Putin-Medvedev perpetúa el conflicto y fracasará si no se acompaña de medidas económicas y sociales que eviten que esos adolescentes ingresen en grupos terroristas rejuvenecidos que cuentan con buenos padrinos externos, garantes de oxígeno económico a medio y largo plazo.