b2Saber lo que ocurre en las guerras actuales parece hoy tan fácil como ver treinta segundos del informativo o apretar el botón del ratón y trasladarnos a ese país remoto y extraño en el que, al final, lo único que nos queda claro es que los unos matan a los otros.  Creemos saber lo que pasa al otro lado del planeta porque vemos desfilar ante nuestros ojos un reguero de víctimas clónicas tocadas por esos artefactos que explotan en éste o aquel país, con una frase de “última hora” circulando en la pantalla y que acompaña con gran dramatismo el baile de imágenes sanguinolentas. En Internet y en la televisión ese espectáculo capta momentáneamente la atención, pero acto seguido se convierte en una información repetitiva y fugaz, inconexa e incomprensible. Es lo que Ignatieff describió como el caos narrativo que acaba llevándonos al pensamiento superficial y a la cultura de lo instantáneo, provocando en el espectador incomprensión y la más absoluta indiferencia.
 
La mayoría de los medios de comunicación, en especial los audiovisuales, llegan en tropel a un enfrentamiento bélico cuando cae la primera bomba y salen corriendo en cuanto cae la última. Hablan de muertos, políticos y solución final, sin contar cómo se ha llegado a esa situación ni cómo se ha resuelto, dos pasos básicos en el ciclo completo de los conflictos y que ayudan a transmitir los valores de la prevención y de la construcción de la paz que queremos que nuestros hijos aprendan y repitan. Los medios, con Internet a la cabeza por su inmediatez, contribuyen a crear estereotipos como el de talibán/terrorista, musulmán/violento, negro/vendedor ambulante, inmigrante/delincuente, rumano/marginado, fomentando comportamientos racistas e intolerantes en nuestra sociedad.
 
La crisis tiene parte de culpa en este desbarajuste mediático, aunque no es la única causa. La irrupción de la corriente del “pensamiento único” ha acabado formando dos solas formas de entender el mundo, neoconservador o progresista, cristiano o musulmán, blanco o negro, que no corresponden con la enorme complejidad de los conflictos que existen hoy en día. De igual modo, la división del mundo en “civilizaciones” contamina igualmente el discurso informativo, reconocible cuando prácticamente todas las cadenas americanas y europeas comparten una misma visión “occidental” en lo religioso, político y social sobre el conflicto de Afganistán o Palestina, muy distinta a la que presenta la cadena árabe Al Jazeera, entre otras.
 
La crisis también impide el envío de testigos de primera mano a esas tragedias, ya que muchos medios con dificultades económicas (casi todos) se tienen que contentar con la información que llega de las agencias norteamericanas, inglesas o francesas (Reuters, APTN o France Presse) que son las que pueden estar presentes en varios puntos del planeta al vender imágenes a granel. De este modo, las guerras empiezan a desaparecer de los informativos y por lo tanto dejan de “existir”, al tiempo que el corresponsal o enviado especial se convierte poco a poco en un ejemplar en vías de extinción y el Reporterismo de Guerra agoniza en un mundo saturado de información descontextualizada. En la mayoría de las cadenas de televisión europeas y en especial en las españolas, o bien no se tiene presupuesto para enviar a profesionales a cubrir esos conflictos, o bien prefieren destinar sus recursos a contenidos de entretenimiento, programas del corazón, entrevistas a imputados por corrupción o personajes de la farándula que cobran salarios escandalosos por contar chascarrillos intrascendentes.
 
Para llenar ese vacío informativo, cada vez son más los periodistas que trabajan por cuenta propia como colaboradores en zona de conflicto sin seguro médico ni de repatriación, sin recursos para llevar chaleco antibalas ni casco ni para alojarse en los lugares más seguros y sin dinero para pagar a guías que les informen de cómo evitar los riesgos en una zona de guerra. Son una nueva generación de “freelance” que se juega la vida para intentar seguir haciendo un periodismo responsable y sobre el terreno, tal y como aprendieron de sus antecesores y con una visión española y en primera persona, lo que añade credibilidad y ética a nuestro periodismo actual. Tanto los freelance como los corresponsales y enviados especiales asalariados que viajan a las guerras merecen más espacio, un trato más humano, más reconocimiento y recursos.
 
Los españoles vemos una media de cuatro horas de televisión al día y en su mayoría elegimos cadenas que apuestan por el entretenimiento y que marginan cada vez más la información y la educación. ¿Cómo puede la opinión pública española formarse un criterio acerca de las tropas en Afganistán si apenas hay información ni imágenes? ¿Sabe el espectador qué es un talibán y qué conexión real tiene con nuestro 11-M? ¿Podemos juzgar nuestras misiones de paz si no las conocemos? Es sólo un ejemplo para comprender que la muerte del reporterismo de guerra nos condenará a malinterpretar la historia, rendirnos a la manipulación política y juzgar a través de la visión de terceros países, pudiendo caer en errores de percepción de esos conflictos que pueden costar muy caros a las generaciones que han de venir.