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(Para el Mundo.es y para Radio Nederland)
Han transcurrido dieciséis años desde que el denominado destacamento Colina, que fue un órgano del ejército peruano y no un grupo paramilitar como se pensó inicialmente, asesinara e intentara hacer desaparecer los restos de su hermano junto a ocho estudiantes y un profesor de la Universidad “La Cantuta” en 1992. Gisela Ortiz junto a otros familiares han podido enterrar, por fin, los restos óseos de sus seres queridos, y con ello quizá dieciséis años de momentos aciagos y dolorosos, pero a la vez,  años de lucha tenaz por alcanzar justicia para que este crimen no quede impune. Gisela representa a las madres y demás familiares que sacaron fuerzas de donde no las había, en un contexto de dictadura y cruenta violación a los derechos humanos en Perú, sin más armas que su voz y valentía. Este es el testimonio de una mujer que apostó por una lucha no violenta.
 
¿Cómo ha sido este proceso desde el momento del asesinato de vuestros familiares hasta hoy, que el propio ex presidente Fujimori está siendo juzgado por este caso?

Ha sido parte de un aprendizaje, al inicio fue una reacción natural como familiar por querer saber que sucedió con nuestros seres queridos, luego fuimos conociendo y comprendiendo nuestros derechos, y ese conocimiento es el que nos ha dado valor y firmeza para no doblegarnos. Existen derechos fundamentales como la justicia, la reparación y la dignidad; y hemos ido comprendiendo que tenemos un rol de vigilancia como ciudadanas y ciudadanos hacia las esferas del poder e instituciones de nuestro país, ello responde a una cuestión de principios, al respeto por la otra persona. No se puede aceptar la idea de un Estado criminal.

Hay quienes sostienen que esta lucha busca una venganza, que se debería entender que estas muertes se produjeron en un contexto de conflicto armado interno, ¿qué piensas al respecto?

No se dan cuenta que es el ejercicio pleno del derecho a la justicia. Si hubiésemos querido vengarnos, habríamos actuado de la misma forma sanguinaria que ellos, buscando atentar contra la vida de los fujimoristas o de los militares implicados en este caso o sus familias. Pero desde 1992, en plena dictadura, apostamos por la justicia y por ello seguimos procesos judiciales; procesos que en ese entonces no llegaron a ningún lado, pero en su día intentamos ser respetuosas con las instituciones de nuestro país y es ahora cuando nos están dando la razón.

De cara a  un proceso de paz  y reconciliación post-conflicto, hay quienes sostienen que siempre debe existir sanción a los responsables de los crímenes, pero hay otras personas que cuestionan este planteamiento y dicen que no necesariamente debe ser así. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Debemos preguntarnos qué tipo de paz queremos: aquella que permanezca sólida y duradera, o una paz momentánea que sólo sirve para complacer a ciertas voces que se levantan. La paz por la que apostamos debe permanecer más allá de nuestras propias vidas y eso se logra a través de la verdad y la justicia. Desde mi posición de familiar de un asesinado, la verdad es una necesidad. No puedo concebir el hecho de seguir con mi propia vida sin tener respuestas a lo que nos ha tocado vivir; y la justicia se expresa en la exigencia natural de que estos hechos horrorosos sean castigados. Si hablamos de una reconciliación que pase por el perdón, esta se puede dar en algún momento, pero siempre que se sancione previamente a quienes tienen responsabilidad.

Algunos de los asesinos de sus familiares os han pedido perdón ¿Qué sentimientos te  produce?

Esta bien que lo digan, que reconozcan que hicieron daño y pidan perdón, pero ello no significa que el perdón pase por dejarlos en libertad, al igual que con Fujimori. Desde luego, cuando le veo entrando en la ancianidad y debiendo asumir un proceso judicial puede causarme hasta pena, pero eso no significa que voy a olvidar todo lo que hemos vivido y la responsabilidad que él tiene en la muerte de mi hermano; entonces debo exigir que haya un proceso judicial, transparente, como el que está siendo llevado. La historia está ahora de nuestro lado y hacia ese rumbo estamos caminando todos… no hay forma de dar vuelta atrás.       

En lo que va del actual Gobierno, más de quince personas han muerto por represiones violentas a las protestas sociales. ¿Crees que no estamos aprendiendo del pasado?

Lamentablemente los políticos utilizan este tema como parte de un discurso, pero no de un compromiso. Ahí tenemos a Alan García reprimiendo a las organizaciones sociales y su protesta, nuevamente con balazos, y luego intentando justificar las muertes que se producen. Ciertamente, cuesta aprender del pasado y asumir un compromiso de no volver a actuar como se actuó desde el Estado; eso es algo que nos falta como país. El afán de seguir estigmatizando a la protesta como actos de terrorismo genera una suerte de justificación a la represión violenta y eso es algo que preocupa. Lo que esperamos es que de la historia lamentable y dolorosa que nos ha tocado vivir, se saque una lección y que la muerte de mi hermano no haya sido inútil. Con todo lo que le ha costado a mi familia, espero que al menos haya servido para entender que esas no son las formas de actuar desde el Estado.

¿Qué rol ha jugado la comunidad internacional en este proceso?

Gran parte de lo que se ha avanzado ha sido gracias a la solidaridad internacional que se ha reactivado en los últimos tiempos y que ha logrado ejercer presión sobre los Estados respecto a la necesidad de sancionar a quienes violan derechos humanos. Se ha visto en el caso de Guatemala, Chile o Argentina, e imagino que en algún momento se verá en el caso de los Estados Unidos de América y en cada Gobierno que cometa este tipo de actos. Hay una valoración e incorporación del tema de los derechos humanos a nuestra condición de ciudadanía mundial. 

¿En algún momento sentías que la justicia no llegaría? ¿Cuál ha sido la clave de tu resistencia?

Hubo momentos de mucha desazón y desconfianza, de sentirnos casi aplastados. Recuerdo cuando dieron la “ley de amnistía” (por la cual liberaron a los asesinos en 1995)… en aquel momento convocamos una conferencia de prensa y no podía dejar de llorar, pues me sentía burlada y pisoteada. Habíamos hecho un enorme esfuerzo por lograr algo de justicia en ese entonces como para que alguien viniese y desbaratase todo lo avanzado. Pero más allá de aquellos momentos en los cuales nos intentaron arrinconar, nuestra fuerza radicó y radica en la solidaridad. Recuerdo a gente con la cual me cruzo por la calle, que me identifica y que hace que sientas una fuerza. Siempre tienen palabras alentadoras, pues es gente a la que le importa lo que hacemos, que entiende que defendemos un derecho y la necesidad de justicia, y nos alientan a seguir y a no desfallecer. Tengo fe y esperanza en que tiene que haber justicia. Hoy, las evidencias demuestran que no ha sido inútil el esfuerzo que hemos hecho y aunque lamentablemente son largos años de lucha y de espera que desgastan terriblemente en lo emocional, creo que ahora puedo pedir a todos que mantengan la esperanza en que la justicia llegará.

Entrevista a Gustavo Oré

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