SIRIA

 

Para el El Diario.es.

 

Los datos más recientes de Siria no dejan lugar a ninguna duda. Diez años después del inicio del conflicto los fallecidos ya rondan los 600.000, los refugiados superan los 5,6 millones y los desplazados internos son al menos otros 6,7 millones. Todo ello contando con que, al comenzar la guerra, la población rondaba los 23 millones. A eso se suma la generalizada destrucción de infraestructuras de todo tipo y el desplome de la economía, con una libra que ha perdido el 98% de su valor en ese periodo.

En resumen, dos millones de sirios se encuentran en situación de pobreza extrema y 13,4 necesitan diariamente asistencia humanitaria. Y aunque este pasado año haya sido el que ha registrado el menor número de muertes violentas, ni en el campo militar ni en el político se atisba una solución a corto plazo.

 

En el terreno militar, la situación es, cuanto menos, paradójica, puesto que, aunque puede decirse que la guerra está ganada a favor del régimen, todavía queda violencia para rato, desgraciadamente. La entrada en acción de Moscú en septiembre de 2015, sumada al apoyo que ya venían prestando desde el principio tanto Irán como la milicia libanesa de Hezbolá, ha permitido al régimen genocida de Bashar al Asad mantener el control de la llamada "Siria útil" –la franja comprendida entre el Mediterráneo y el eje Alepo-Damasco–. También ha recuperado gran parte de las zonas controladas inicialmente por las milicias –como el Ejercito Libre de Siria– o por los diferentes grupos yihadistas activos en el país, con ISIS a la cabeza desde la proclamación de su pseudocalifato, en junio de 2014.

Pero, aun así, aunque las fuerzas opositoras nunca han conseguido crear una plataforma militar unitaria, queda claro que las fuerzas de Al Asad no controlan más del 15% de las fronteras con sus vecinos. Mientras, las milicias kurdas –encuadradas principalmente en las Unidades de Protección Popular, pieza fundamental de las Fuerzas Democráticas Sirias, y apoyadas por Washington, para desasosiego de Ankara– han logrado retener el control de algunas zonas del norte.

También, los yihadistas resurgen con fuerza –sobre todo en zonas próximas a la frontera con Irak– y grupos rebeldes de todo pelaje logran resistir en la provincia de Idlib. Eso significa que el régimen no tiene capacidad para garantizar sus intereses en todos los rincones del país y sigue dependiendo vitalmente de la asistencia que le prestan unos aliados extranjeros en los que no puede confiar plenamente.

En paralelo, en el terreno diplomático, la parálisis es la nota dominante en los procesos impulsados desde 2017 tanto por la ONU (Ginebra) como por Rusia, junto con Irán y Turquía (Astana). En el primero, centrado en la elaboración de una nueva Constitución, ha quedado claro, tras 16 meses y cinco rondas de encuentros, que el régimen se siente lo suficientemente fuerte como para no ceder a ninguna de las peticiones de una oposición –la Coalición Nacional Siria–, incapaz de presentar una imagen de unidad mínimamente sólida.

En el segundo, es cierto que se ha conseguido dar algún paso en términos de desescalada militar en algunas provincias, lo que ha servido a las fuerzas de Al Asad para seguir avanzando posiciones. Pero ya ha quedado claro que este no es el foro para la resolución del conflicto y, menos aún, para acordar una vía de salida consensuada entre los múltiples actores implicados en él. Por el contrario, incluso es evidente que Moscú está empleando este marco para dividir aún más a la oposición, dando cancha a actores que ya no reclaman la caída del dictador.

 

Un país en ruinas y al borde de la fragmentación definitiva

Entretanto, en el terreno político, Al Asad, ahora afectado por el coronavirus, se afana por completar su farsa electoral tras las elecciones municipales de septiembre de 2018 y las legislativas del pasado julio, contando con revalidar por cuarta vez su mandato presidencial esta próxima primavera. Simultáneamente, con el apoyo decidido de Emiratos Árabes Unidos –que fue el primero en reabrir su embajada en Damasco, en diciembre de 2018–, continúa avanzando el proceso para el reingreso de Siria en la Liga Árabe, de donde fue expulsada a finales de 2011.

Eso no quiere decir que el dictador pueda mostrase ufano, al frente de un país en ruinas, en riesgo de fragmentación definitiva, con presencia de tropas extranjeras en su suelo, con zonas que escapan a su control e incapaz de conjugar a su favor los intereses de tantos actores externos.

Esta situación es aprovechada por algunos, como Irán e Israel, a su favor, convirtiendo el territorio sirio en su propio campo de batalla, con Rusia como árbitro, y Turquía procurando impedir el sueño estatal kurdo. Una Rusia que ha ganado peso en la zona, aprovechando la falta de voluntad de Estados Unidos desde que Obama (en agosto de 2013) dejó claro que no iba a castigar a Al Asad por su uso de armas químicas contra civiles.

En estas circunstancias, cuando ya unos y otros han asumido la idea de que no hay alternativa viable, por temor al creciente peso del salafismo entre los llamados rebeldes y por la debilidad e incapacidad demostrada reiteradamente por los sucesivos líderes opositores. No parece que la reciente condena por crímenes contra la humanidad contra un agente del régimen por parte de un tribunal alemán baste para se cumpla el vaticinio de los niños que fueron torturados hace diez años por pintar: "Tu turno ha llegado, doctor".

 

FOTOGRAFÍA: Foto de archivo (14/12/2016) que muestra a varios habitantes mientras inspeccionan una calle cubierta de escombros en un barrio del este de Alepo (Siria). EFE/STR

 

 

INFORME

 

 

Para Fundación Friedrich Ebert

 

¿Es el mundo hoy más seguro que al final de la Segunda Guerra Mundial en 1945? Hay respuestas cuantitativas que indican que lo es, porque hay menos víctimas mor-tales en los conflictos armados, y respuestas cualitativas, que varían según el lugar del mundo y la situación social en que se vive. También hay diferencias según el concep-to de seguridad que se utilice. ¿Seguridad en el sentido de guerras entre Estados o seguridad ciudadana frente al crimen organizado? ¿Seguridad económica y medioam-biental que facilite una vida digna en el presente y para las generaciones futuras? ¿O sentirse seguro según la iden-tidad o el género? A su vez, el interrogante se relaciona con la mayor o menor fortaleza del orden internacional para regular el cumplimiento de normas colectivas, y las relaciones entre Estados.


La seguridad es un concepto vinculado con los riesgos que enfrenta un individuo, grupo social, Estado u orga-nización institucional. Esta diversidad de agentes otorga un alto grado de subjetividad a las manifestaciones de inseguridad. Así, la seguridad puede significar, según di-versas interpretaciones, preservar valores, estar libres del flagelo de la guerra y del temor a la misma, mantener la soberanía territorial y las estructuras del Estado o garan-tizar la emancipación de diversas formas de explotación (Collins, 2019, pp. 1-3).


Millones de ciudadanos viven en contextos de alta in-seguridad debido al impacto de los conflictos armados y la criminalidad organizada. Así lo indica el número de víctimas mortales y heridos, la pérdida de bienes básicos, los desplazamientos de población, las crisis humanita-rias, las violaciones de derechos humanos, la opresión a minorías, la coerción por parte de bandas armadas, el reclutamiento de menores y la violencia sexual, entre muchas manifestaciones. Del mismo modo, otros millo-nes de personas viven en situación de inseguridad no convencional (o no militar) como producto del cambio climático, la desigualdad y la pobreza, la informalidad laboral, y la falta de acceso a servicios básicos (alimen-tación, salud, vivienda, educación, trabajo, derechos ci-viles y humanos). Esta inseguridad, tanto en los países del norte como del sur, implica no tener una vida digna.


En una serie de Estados considerados frágiles o en crisis institucional estructural estas circunstancias confluyen y acentúan la vulnerabilidad y la inseguridad. Según la Or-ganización para la Cooperación y el Desarrollo Económi-cos (2020), un 23 % de la población mundial habita 57 Estados en contextos políticos, económicos, medioam-bientales y sociales frágiles, en los que se concentran, además, violencias de diferente tipo (urbana, criminal, familiar), conflictos armados y una fuerte presencia del crimen organizado.


En una dimensión global, el rearme y la debilidad de los acuerdos internacionales sobre control de armas de des-trucción masiva (nucleares, químicas y bacteriológicas), unidos a la fragilidad del sistema multilateral, generan mayor inseguridad, inclusive en sociedades no afecta-das por conflictos armados o por altos niveles de vio-lencia criminal. Un indicador clave es la proliferación de armas. Según el Small Arms Survey (Small Arms Survey Reveals: More than One Billion Firearms in the World, s. f.), basado en cifras oficiales, en 2017 había más de mil millones de armas de fuego en el mundo, de las cuales 857 millones (85 %) estaban en manos civiles —46 % de estas, concentradas en Estados Unidos—, 133 millones (13 %) formaban parte de arsenales militares y 23 millo-nes (2 %) eran propiedad de agencias estatales.


El presente texto presenta una síntesis de la inseguridad global, con especial atención a los conflictos armados, el crimen organizado y sus impactos (crisis humanitarias, refugiados, violencia sexual), y la relación entre las cri-sis del Estado, la desigualdad, la pobreza, el cambio cli-mático y la violencia, con énfasis en América Latina y el Caribe.


En primer lugar, se tratan las tensiones entre potencias globales, haciendo hincapié en la posesión de armas de destrucción masiva. A continuación, se explican los peli-gros de la guerra entre Estados, para luego detenerse en los conflictos armados internos (los más frecuentes en la actualidad) y sus características e impactos. Después se presenta una síntesis sobre el crimen internacional or-ganizado, antes de pasar al impacto de la violencia no convencional y finalizar con una serie de conclusiones.


Los argumentos centrales son, en primer lugar, que las políticas de seguridad basadas en el interés nacional (denominadas realistas en los estudios de relaciones in-ternacionales) aplicadas por los Estados no garantizan la seguridad, sino que, por el contrario, sostienen un régimen basado en equilibrios inestables y promueven el rearme. Al mantener globalmente este paradigma, los Estados no lograrán resolver los problemas de se-guridad multidimensional (Tickner, 2020). Al contrario, la creciente sofisticación de los armamentos y nuevas formas de guerra pueden generar nuevas competen-cias entre potencias globales y regionales, deteriorar los equilibrios de poder y aumentar las posibilidades de enfrentamientos.

En segundo lugar, el sistema multilateral (también de-nominado liberal), que se formó a finales de la Segunda Guerra Mundial, se encuentra debilitado para gestionar enfrentamientos o situaciones potencialmente violentas. Las razones de la debilidad son diversas, incluyendo la crisis de hegemonía global de Estados Unidos; el ascen-so de China; la complejidad de dinámicas regionales (por ejemplo, en Medio Oriente), que incluyen cuestiones de identidades excluyentes, autoritarismos políticos, radica-lismos religiosos violentos, y el resurgimiento del nacio-nalismo frente al multilateralismo.


En tercer lugar, los conflictos armados actuales no res-ponden al modelo tradicional de la guerra entre Estados con ejércitos profesionales, sino que ocurren, en su ma-yoría, entre Estados y organizaciones armadas no esta-tales (y grupos privados de seguridad) que no respetan el derecho internacional humanitario (DIH), cuentan con estructuras flexibles, jerarquías difusas que facilitan la impunidad, lealtades políticas variables e intereses eco-nómicos (generalmente ilícitos) fluidos.
En cuarto lugar, la militarización, con políticas de “mano dura” implementadas por diversos gobiernos (Diamint, 2020), tampoco provee seguridad, debilita el principio del monopolio legítimo del uso de la fuerza por parte del Estado, fortalece al poder militar sobre el civil, y crea dinámicas violentas de acción y reacción. Todo ello resta recursos y capacidad política para ocuparse de los pro-blemas que generan delincuencia y reformar las fuerzas de seguridad del Estado.

 

INFORME COMPLETO

 

 

 

 

IRA

 

Para elperiódico.com

 

El papa Francisco ha dejado claro desde el inicio de su pontificado que, a diferencia de sus predecesores, está decidido a visitar países donde los cristianos son minoría. Tras Tailandia y Japón, Marruecos, Emiratos Árabes Unidos, Bangladés y Myanmar, o Egipto, ahora le ha tocado al turno a Irak, donde esa confesión ha pasado de los 1,5 millones de miembros, en 2003, a los menos de 300.000 actuales, agrupados mayoritariamente en la región kurda del norte. Un descenso motivado principalmente por la persecución a la que han sido sometidos en estos últimos años, en claro contraste con la tolerancia que caracterizaba la época de Sadam Husein.

 

El viaje, medido al detalle, ha tenido una fuerte carga simbólica. Por un lado, respondía al empeño particular de una persona de 84 años, con visibles dificultades de locomoción, por devolver la atención a ese país. Por otro, ha servido para volver a los orígenes (visita a Ur, cuna de Abraham), para celebrar encuentros multitudinarios (misa en Erbil con unos 10.000 asistentes) y hasta para la reivindicación (encuentro público en Mosul, a escasos metros de dónde Abubaker al Bagdadí proclamó el pseudocalifato de Dáesh, en junio de 2014). Pero nada ha sido tan relevante como el encuentro, en Nayaf, con el gran ayatolá Ali al Sistani, en un gesto de agradecimiento por su defensa de las minorías y en un intento por reforzar el ecumenismo y sumar voces a la causa de la paz.

 

Por otro lado, en términos políticos, el balance es necesariamente menos brillante. En su doble condición de máximo jerarca de la cristiandad y de jefe de Estado cabe entender que procure tanto mejorar las condiciones de vida de sus seguidores como el bienestar y la seguridad del resto de los 38 millones de iraquíes. En el primer caso, nada apunta a que la suerte de ese colectivo -de mayoría asiria y, en general, conformado por clase media- vaya a cambiar a corto plazo. No solamente han sufrido duramente la violencia yihadista, tanto de Al Qaeda como de Dáesh, sino que también cabe preguntarse sobre la responsabilidad de quienes invadieron y ocuparon el país a partir de 2003. También ha brillado por su debilidad el apoyo recibido por otras comunidades cristianas del resto del mundo y su compromiso efectivo con su actual situación. Por último, aunque Al Sistani se haya mostrado en sintonía con el mensaje papal, no se ha llegado a firmar ni siquiera un documento similar al que, en febrero de 2019, Francisco y Ahmed al Tayeb, Gran Imán de al-Azhar y rector de la Universidad de al-Azhar, suscribieron en defensa de la coexistencia pacífica entre sus respectivas confesiones. Y, por supuesto, tampoco se ha decidido movilizar ningún apoyo económico ni jurídico para resarcirles de sus pérdidas. De ahí que solo quepa concluir que lo previsible es que continúe el éxodo de una comunidad asentada en ese territorio desde el siglo I.

 

En cuanto al segundo problema, lo único positivo ha sido el alivio por la falta de actividad violenta durante la visita. Por muy buena que sea su voluntad, no está en manos de Francisco poner fin a la notoria influencia iraní sobre Bagdad, al abandono de las 14 minorías que conforman el país y a la generalizada falta de bienestar y seguridad por mucho que el primer ministro, Mustafa Al-Kadhimi, se afane en afirmar lo contrario. En resumen, el pontífice ha podido volver satisfecho al Vaticano; pero los cristianos iraquíes y el resto de la población, una vez diluido el efecto mediático, seguirán sin ver la luz al final del túnel.

 

 

IMAGEN: El papa Francisco desciende del avión a su llegada a Bagdad, este viernes. / REUTERS TV

 

sau

 

Para Blog Elcano.

 

Joe Biden quiere “recalibrar” las relaciones con Arabia Saudí, uno de los más fieles aliados de Washington desde el final de la II Guerra Mundial, cuando el presidente Roosevelt se comprometió con el rey Abdulaziz bin Saud, a bordo de un buque de guerra estadounidense, a proteger al régimen a cambio de su papel moderador en los mercados internacionales del petróleo. Con las lógicas tensiones de una relación que ha pasado por episodios muy controvertidos, Biden, en línea con su apuesta por colocar los derechos humanos y la promoción de la democracia como elementos centrales de su presidencia, ya ha comenzado a dar pasos en esa dirección. Pero eso no significa que sus decisiones vayan a suponer un borrón y cuenta nueva, aunque solo sea porque a EEUU le sigue conviniendo mantener esa relación en defensa de sus intereses.

La deriva de un Donald Trump que en su primer viaje al exterior eligió Riad como destino reforzó la convicción del régimen saudí (y especialmente de su hombre fuerte, Mohamed bin Salman, MbS) de que contaba con un cheque en blanco, no solo para mantener internamente su dominio absolutista del poder, sino para ejercerlo también en su zona de influencia regional. Tanto el asesinato de Jamal Khashoggi como la nefasta implicación al frente de una coalición militar en el conflicto yemení pueden verse como los mejores ejemplos de ello. Y ahora Washington, en su intento de poner límites al desvarío, publica un informe de los servicios de inteligencia que asigna responsabilidad directa al propio MbS en dicho asesinato y, de paso, parece dejarlo en muy mal lugar como ministro de Defensa a la cabeza de la desastrosa operación Tormenta Decisiva en el territorio yemení.

En el primer caso, yendo más allá de las sanciones que Washington aprueba contra 76 personas supuestamente implicadas en la muerte del periodista, lo que se trasluce es el cuidado de la Casa Blanca para que esa medida no afecte personalmente a MbS. Es obvio que gestos como el que ha llevado a Biden a orillarlo momentáneamente, optando por establecer contacto personal directo con el monarca en lugar de hacerlo con su hijo, dañan a la imagen de un personaje que se afana por consolidar su condición de heredero frente a rivales interesados en aprovechar cualquier tropiezo para recuperar opciones sucesorias. Pero más bien parece que Biden se ha limitado a enviar un mensaje que le sirve, por un lado, para desactivar la creciente movilización de congresistas y senadores muy críticos con Riad, cuidando, por otro, de que no dañe irreparablemente la relación con el régimen saudí y que pueda generar más inquietud en otros vecinos del Golfo.

En cuanto a las decisiones con respecto a la campaña en Yemen, también es necesario ir más allá de los titulares. Frente a la idea de que Washington deja solo a Riad en esa desventura plagada de violaciones de la ley internacional y de los derechos humanos, es inmediato comprobar cómo EEUU se preocupa de reiterar claramente que sigue comprometido con la defensa de Arabia Saudí frente a cualquier amenaza a su seguridad (con Irán y sus aliados en lugar destacado). Además, matiza sibilinamente su decisión de dejar de apoyar las operaciones “ofensivas” y el suministro de armas “ofensivas”, cuando es sobradamente conocido que ese concepto es tan etéreo hoy en día en el campo de batalla que, en definitiva, deja el paso libre a cualquier apoyo o a cualquier suministro que, en su momento, Washington decida calificar como “defensivo”.

Lo que parece, por tanto, es que, en línea con el planteamiento pragmático y realista que parece caracterizar a la nueva administración estadounidense, no estamos ante un brusco giro en la relación bilateral. Lo que se busca no es hacer pagar las consecuencias de sus actos a los principales responsables de los desaguisados cometidos hasta ahora. Por el contrario, lo que parece más claro es el intento por marcar límites a la desmesura saudí, para evitar tener que tomar decisiones más duras en el futuro. Y es que, en esencia, Arabia Saudí sigue siendo importante para EEUU. Si antes lo fue como sustancial suministrador de petróleo, ahora lo es como relevante inversor en la economía estadounidense (13.200 millones de dólares en 2019), y como cliente (lo que supone que unos 165.000 empleos estadounidenses dependen directamente de las exportaciones a Riad). A eso se une, aunque sea imposible de cuantificar, su significativo papel como líder del islam suní, y su necesario activismo para sumar a otros países de la zona con el propósito de frenar a Irán.

Estamos pues ante un buen ejemplo que muestra cómo, afortunadamente, los derechos humanos ya forman parte de la agenda. Pero también de cómo los intereses geopolíticos y geoeconómicos siguen siendo la verdadera vara de medir. Queda por entender que la coherencia en la defensa y promoción de los valores y principios que decimos que nos definen como sociedades abiertas y avanzadas son, en sí mismos, la mejor vía para defender esos intereses. Mientras llega ese momento, unos seguirán aprovechando para mantener su poder a costa de sus propios conciudadanos y otros, como EEUU y muchos más, rezarán para que el actual monarca saudí dure unos años más, antes de encontrarse a MbS en el trono.

 

IMAGEN: Edificios en Riad, capital de Arabia Saudí. Foto: Mishaal Zahed (@mishaalzahed)

Seminario web

 

 

En el siguiente enlace puedes ver el vídeo completo del Seminario Web: Representación de Las Migraciones Forzadas en los Medios de Comunicación que fue impartido el pasado jueves 25 de febrero por nuestra compañera Encarni Pindado.

Esta actividad tiene como fin profundizar en un aspecto de primera importancia en las migraciones forzadas. Se analizará la representación mediática de estos fenómenos y el papel de los medios en las políticas migratorias. Tras una presentación por parte de la experta invitada, animamos un pequeño período de debate con los participantes.

Encarni Pindado, es fotoperiodista y documentalista. Trabaja la fotografía desde un aspecto de género, centrada principalmente en temas de migración, Derechos Humanos y contextos sociales en México y Centroamérica. Ha sido finalista del prestigioso premio de fotografía humanitaria W. Eugene Smith Humanistic Photography Award” en 2014 además de haber obtenido numerosos premios por su participación en diversos proyectos. Pindado publica en una amplia gama de medios de comunicación en Europa y EE.UU. como: The Guardian, Al Jazeera, El País, The New York Times, NPR, The Times, BBC, Reuters, EFE, así como alguna ONG como Amnistía Internacional, ACNUR, PNUD, Cruz Roja Internacional, entre otros.