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Para elperiódico.com

 

A la luz de los hechos registrados sobre el terreno resulta insostenible mantener la ficción del Israel del cada vez más cuestionado Benjamin Netanyahu como una democracia consolidada, amante de la paz y respetuosa del derecho internacional. Por un lado, además de mantener férreamente la discriminación contra el 20% de sus propios habitantes (la minoría árabe-israelí), en lo que va de año ya se contabilizan 650 órdenes de derribo de casas de palestinos en Jerusalén Este. Asimismo, desde mediados de agosto continúa diariamente el bombardeo de la Franja de Gaza, donde, desde ya 13 años, se perpetúa el encarcelamiento de los 1,8 millones de palestinos que allí malviven. Una Franja a la que Tel Aviv niega incluso el combustible para poder garantizar el suministro eléctrico (actualmente no supera las cuatro horas diarias) y, por si no fuera suficiente, en la que ahora impide la entrada de medicamentos y suministros sanitarios para luchar contra una pandemia que ya ha hecho acto de presencia.

Se acumulan así, sin que sirva de contrargumento que haya elementos palestinos que han optado por la violencia contra la ocupación, los castigos colectivos, los asesinatos selectivos y los bombardeos indiscriminados. Y, sin embargo, lo que en cualquier otro caso sería condenable y acarrearía un duro castigo al infractor, toma aquí un rumbo diferente bajo la batuta desestabilizadora del Estados Unidos liderado por Trump. Washington no solo avala todo lo que Netanyahu decide, sino que incluso se afana por convencer a otros (véase la fracasada gira de Mike Pompeo por varios países árabes) de que deben seguir el ejemplo de EAU, normalizando relaciones con Tel Aviv.

La decisión emiratí es, de hecho, el más claro indicio de hasta qué punto la causa palestina ha perdido importancia en la agenda árabe. A la espera de ver cuánto tiempo tardan otros países árabes es seguir la misma senda, conviene considerar que el acuerdo alcanzado entre Tel Aviv y Abu Dhabi, lejos de ser una apuesta por la paz, es el resultado de otros cálculos. En primer lugar, es un paso más en la reordenación geopolítica regional, asumiendo que Estados Unidos ya no depende energéticamente de la zona tras la decisión de Obama de apostar por el 'fracking' para acabar convirtiéndose en el primer productor mundial de hidrocarburos. Tanto los gobernantes emiratís como los de otros países vecinos son sobradamente conscientes de su propia debilidad estructural -incluyendo a la propia Arabia Saudí- y, por tanto, de la necesidad de contar con la cobertura de seguridad estadounidense para garantizar a corto plazo su poder. Por eso, en segundo lugar, aceptan la directriz emanada de Washington -como un regalo electoral a un Trump necesitado de algún éxito en política exterior para afianzar su campaña-, haciendo visible lo que ya era una relación conocida desde hace décadas. A eso se añade la necesidad de sumar fuerzas con Israel frente a Irán, visto hoy en día como el enemigo principal, y la intención de estrechar relaciones comerciales y tecnológicas con un socio tan atractivo.

Por su parte, la Unión Europea también parece dispuesta a aportar su grano de arena a la mejora de la imagen de Israel, dejándose convencer más por las palabras que por los hechos. Así, una simple declaración del ministro de exteriores israelí, Gaby Ashkenazi, en su reciente visita a Berlín, argumentando que Israel pasaba de la anexión a la normalización, puede bastar para que Bruselas decida reactivar el Consejo de Asociación UE-Israel, paralizado desde julio de 2012. Un paso que parece no querer entender que la anexión no se ha detenido en ningún caso (como el propio Netanyahu ha reiterado, admitiendo que solo es un simple retraso) y que la normalización significa el mantenimiento de un statu quo que impide radicalmente una solución pacífica del conflicto.

Visto así no puede extrañar que Netanyahu se permita volver a marcar una línea roja con su nuevo socio -demandando que Washington no apruebe la venta de los sofisticados cazas F-35 a Abu Dhabi- para garantizar la superioridad regional en el campo militar. Ni tampoco que el hombre fuerte de EAU, Mohamed bin Zayed, haya decidido finalmente suspender la reunión que iba a mantener en Washington con Netanyahu, tanto por mostrar un cierto orgullo herido como por cuidarse de la posible reacción en la calle árabe ante un gesto que puede costarle muy caro tanto a él como a cualquiera de los gobernantes árabes que se decidan abiertamente a normalizar sus relaciones con Israel.

 

FOTOGRAFÍA: CONTE

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