EFE

 

Para elperiódico.com

 

Llueve sobre mojado. Pero Donald Trump, ensimismado en una deriva que no solo puede costarle el puesto sino un daño difícilmente reparable a su propio país, sigue tensionando las relaciones con la Unión Europea. A sus recurrentes desplantes e insultos acaba de añadir ahora el anuncio de que antes de finalizar el verano retirará 9.500 soldados del contingente que mantiene en Alemania (de un total de 34.500), incrementando aún más las dudas sobre el compromiso estadounidense en la defensa de sus aliados europeos de la OTAN frente a Rusia.

Aunque se dice que la decisión deriva de un estudio iniciado por el Pentágono en septiembre pasado, es inevitable ligarla al rechazo expresado por Berlín a la propuesta de Trump, en calidad de anfitrión, de invitar a la pospuesta cumbre del G-7 (prevista ahora para septiembre) a una Rusia que fue expulsada del G-8 tras su anexión de Crimea, en el 2014.

Se trata del mismo Trump que decidió salirse el pasado año del Tratado INF, sin consultar ni medir las implicaciones que eso tendría para la carrera nuclear en suelo europeo, y del mismo que se ha desmarcado del Acuerdo de París, de la UNESCO, de la UNRWA y ahora de la OMS y que aprovecha cualquier ocasión para demandar un mayor gasto de defensa a sus aliados europeos, al tiempo que contribuye directamente a fragmentarlos y a poner piedras en el camino de la construcción de una unión política entre sus 27 miembros.

 

Reformulación

Ante una dinámica de este tipo los miembros de la UE- conscientes de que, en última instancia, la defensa europea sigue descansando desde el final de la segunda guerra mundial en el paraguas de seguridad proporcionado por Washington- pueden optar por volver a bajar la cabeza y armarse de paciencia hasta que Trump desaparezca del horizonte. Pero también podrían entender de una vez que, junto al brexit, el creciente atrevimiento militarista de Rusia y el brutal efecto de la crisis económica, ahora multiplicado por la covid-19, es el momento de activar la voluntad común necesaria para lograr a medio plazo una verdadera autonomía estratégica que nos permita liberarnos de la subordinación estadounidense. Un camino que no tiene que llevar necesariamente a la ruptura del vínculo trasatlántico -dado que tanto los valores como los intereses compartidos son mayores de las desavenencias-, pero sí a una reformulación entre iguales.

Trump no entiende que en solitario ni siquiera EEUU puede superar los retos a los que se enfrenta en este mundo desigualmente globalizado y que, mirando alrededor, no hay ningún aliado tan valioso como la UE. Su apuesta ultranacionalista y antimultilateralista acelerará el declive del líder mundial. Pero en paralelo, queda por saber qué es lo que mueve a los miembros de una Unión Europea que se está jugando su credibilidad ante una ciudadanía cada vez más escéptica, camino de una irrelevancia derivada de posturas crecientemente divergentes entre europeístas (autonomía estratégica), atlantistas (basta con la OTAN) y hasta neutrales (gorrones en lenguaje llano).

 

FOTOGRAFÍA: EFE / OLIVER HOSLET