Fuente de la fotografía: medicusmundi.org

Hace un par de décadas la Agenda de Desarrollo quedó fijada con los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), los cuales se fueron forjando a lo largo de los años noventa y quedaron establecidos en el año 2000. Su objetivo principal de reducir a la mitad la pobreza absoluta y el hambre, mediante una serie de ocho propósitos más específicos que debían conseguirse para 2015. La fijación de los ODM generó un clima de gran optimismo e ilusión a nivel global. Ahora que nos hallamos próximos a alcanzar esa fecha, llega el momento de establecer una nueva agenda para el desarrollo. Es ahora, por tanto, el momento de evaluar su efectividad, sus fallos y el proceso de aprendizaje que nos han brindado, que nos permita establecer nuevos objetivos hacia los que seguir avanzando. El abanico de posibilidades y de opiniones ante el que nos encontramos es amplio y diverso, por ello conviene analizar con qué propuestas concretas contamos encima de la mesa y analizar el debate que existe en la actualidad respecto a qué opciones seguir para conformar la agenda los años venideros.

Qué hemos aprendido de los ODM

Diversos autores han analizado las fallas y los problemas derivados de los ODM. Una de las mayores críticas contras los ODM fue la falta de inclusión de la sociedad civil. De acuerdo con dichas críticas, la sociedad civil quedó ignorada a la hora de redactar y establecer los objetivos, y por tanto no se ha fomentado su participación. En términos generales se tildó el proceso de demasiado tecnocrático y poco transparente. Ahora, inmersos en el proceso de elaboración de la nueva agenda, parece que ha habido un cambio a este respecto: se han realizado once consultas temáticas a nivel internacional, así como otras domésticas y regionales, todas ellas coordinadas por el Grupo de Desarrollo de las Naciones Unidas (UNDG por sus siglas en inglés).

Otro fallo ha sido el de ignorar la desigualdad existente, principalmente centrada en desigualdad de distribución de la renta, tanto a nivel doméstico como entre diferentes países. En este sentido, cabría esperar que los ODM hubiesen prestado una mayor atención al objetivo de lograr trabajo digno, especialmente entre los sectores de la población más excluidos, quienes son a su vez más vulnerables. Conseguir una distribución de rentas más justa es una responsabilidad que recae de manera directa sobre los estados y sus gobiernos, y los instrumentos con los que cuentan para ello son las políticas económicas y fiscales. El problema con el que nos topamos en este punto es que la idea de desigualdad genera controversias, pues realmente se trata de una cuestión política. El tipo de medidas que se tomen en relación con la desigualdad de distribución de rentas atiende a cuestiones ideológicas. Se hace muy complejo, por tanto, que se dé una convergencia clara a nivel mundial. Sin embargo, resultaría necesario que la comunidad internacional estableciera acuerdos que sirvieran de marco de referencia para unos mínimos en cuanto a acciones comunes en áreas como el comercio, las finanzas, inversiones, impuestos y rendición de cuentas. Ésta fue una de las conclusiones a las que se llegó en Copenhague en un evento organizado por ONU Mujeres y UNICEF en colaboración con los gobiernos de Dinamarca y Ghana.

Qué opciones se abren ante nosotros: una convergencia de agendas

Muchos autores se muestran, en términos generales, satisfechos con la idea y la actuación derivada de los ODM y es por ello que abogan por una revisión de éstos que permita añadir cambios posteriores en concordancia a cómo ha evolucionado la situación desde que se establecieron por vez primera. La diferencia viene marcada por qué tipo de cambios se implementarían. Algunos autores estiman que lo que precisamos ahora es un nuevo paradigma del desarrollo. Esta extensión con ampliaciones de los ODM debería centrarse, como ya se ha mencionado, en aspectos como la exclusión social y la discriminación, esfuerzos para movilizar a la sociedad civil y, también de vital importancia, el marco de los derechos humanos como un mínimo para el desarrollo de políticas transnacionales, tesis sostenida por Heather Grady, directora de Policy & Partnership for Realizing Rights: The Ethical Globalization Initiative [directora de políticas en la Iniciativa Ética Global]. Dicha autora insiste además en que al mirar los datos agregados sobre la consecución de los ODM, éstos muestran una mejora general, pero obvian los sectores más desfavorecidos, los cuales han experimentado un leve progreso o en algunos casos ni siquiera progreso alguno. Es por ello que resulta imprescindible lograr un enfoque que incluya discriminación e igualdad.

Bien es cierto que otros autores no se muestran tan optimistas e insisten en que los ODM, a pesar de llevar la etiqueta de estar diseñados para los pobres, siguen con líneas de pensamiento antiguas, provenientes de los países occidentales y avanzados, que lastran el desarrollo de aquellos países que tanto lo necesitan mientras siguen beneficiando a los más ricos. En este contexto, David Sogge, investigador independiente y miembro de la Junta Secretaría del Transnational Institute, se muestra especialmente crítico con las políticas diseñadas desde Washington, que a su modo de ver impiden la redistribución efectiva de las rentas y perpetúan a los ricos de siempre, frente a los pobres de siempre, quienes se ven abocados a permanecer en ese mismo lugar.

Otros autores han señalado la escasa eficacia de los ODM en países o regiones afectados por conflictos violentos. Para poder disponer de unos ODM verdaderamente efectivos, en este ámbito se apostaría por cambios y reestructuraciones en las instituciones internacionales (Dan Smith y Phil Vernon). Todos somos conscientes de que más de la mitad de los conflictos de la actualidad son conflictos mal cerrados del pasado y de que sin voluntad política no se logrará la paz en ciertos países o regiones. Así, apostando por un mayor peso y poder de actuación de los organismos internacionales, tras la consecución y mantenimiento de la paz en regiones especialmente castigadas por la violencia y la inestabilidad política, pasaríamos a centrarnos en la lucha por unos nuevos ODM en línea con los primeramente establecidos.

Por otro lado, en los últimos años ha venido cobrando una gran importancia el concepto de Reducción del Riesgo de Desastres (RRD), así como el de la resiliencia. Dentro de este bloque, muchos insisten en la inclusión de la Gestión del Riesgo de Desastres (GRD) en el núcleo de la agenda de desarrollo post 2015. Un mes después del tsunami de diciembre de 2004, 168 países firmaron el Marco de Acción de Hyogo (MAH), con el objetivo de hacer un mundo más seguro frente a catástrofes naturales. Fue el primer tratado internacional centrado específicamente en Reducción del Riesgo de Desastres. Dicho marco abarcaba un plan de diez años de duración, hasta 2015, muy centrado en "qué hacer en caso de catástrofe, pero no en cómo prevenirlas". Precisamente del 19 al 23 de mayo de este año se ha celebrado un evento en Ginebra, la Global Platform for Risk Disaster Reduction, para la conformación del HFA2, la segunda versión del Marco de Acción de Hyogo.

Respecto a la resiliencia, se trata de un concepto muy novedoso desarrollado a lo largo de los últimos años y que va cobrando protagonismo en los debates sobre marcos de desarrollo. En situaciones de desastre natural o post conflicto bélico o armado, se trata de ir un paso más allá del enfoque meramente asistencial, para en su lugar fomentar la participación y otorgar el protagonismo a las comunidades locales, de manera que sean éstas quienes manejen su propio rumbo. La resiliencia es un tema de moda en la actualidad, y diversas voces apuestan por la inclusión de ésta en la nueva agenda, entre otros, el último Informe Europeo sobre el Desarrollo 2013 centrado precisamente en la agenda post 2015.

Existen otras iniciativas, englobadas dentro de las acciones para luchar contra el cambio climático, como los Objetivos de Consumo del Milenio (OCM) y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Los OCM nacen con la idea de que los países ricos comiencen a tener otras pautas de consumo que resulten menos agresivas sobre los recursos de la Tierra, en vistas de que el 20% de ricos del mundo consume el 85% del consumo total mundial. Los ODS aspiran a convertirse en una serie de objetivos concretos con el fin de identificar las brechas y necesidades existentes en las sociedades y entre las sociedades y poder así lograr una implementación claramente definida de las metas relativas al desarrollo sostenible acordadas hace más de 20 años. Ambas iniciativas pretenden ser en apoyo y refuerzo de los Objetivos de Desarrollo del Milenio y fueron concretadas durante la Cumbre de la Tierra de 2012, Rio+20.

Otra idea es la de mantener los ODM creando un modelo plus, en el que se incluyan nuevos elementos como las condiciones geopolíticas, la desigualdad creciente, las dinámicas demográficas y los retos derivados de todos estos factores cambiantes de la situación actual.

No debemos dejar de prestarle atención, por otro lado, a la parte política de la nueva agenda de desarrollo, en especial en lo referente a la negociación de los objetivos de la misma. De acuerdo con algunos autores, hay quienes sostienen que los acuerdos deberían verse dotados del poder de influir a gobiernos, ya que en los ODM, su mayor objetivo de influencia era el sistema de ayuda. Ahora que la ayuda va perdiendo terreno progresivamente, hay quienes apuestan por un viraje en la influencia de los ODM, para lograr que éste recaiga directamente sobre estados o gobiernos y cuente así con un mayor respaldo. De acuerdo con esta tesis, cabría apostar por un debate centrado en "¿Cómo pueden influir los tratados internacionales en el comportamiento nacional y en concreto en el de gobiernos nacionales?". Parece, no obstante, que por el momento no contamos con una investigación suficiente que ayude a responder a dicha pregunta en el eje de las discusiones sobre la nueva agenda post 2015. Con todo, en este contexto parece que las medidas más adecuadas para lograr este objetivo serían la inclusión de normas centradas en los derechos de las mujeres; una influencia directa sobre la toma de decisiones de gobiernos, vía contratos previos o posibles sanciones; y, por supuesto, mediante la colaboración de la sociedad civil representada en forma de organizaciones u otro tipo de actores cuyas herramientas incluyan el lobby, campañas de concienciación y acciones similares.

El pasado 5 de abril se presentó oficialmente por vez primer el Informe Europeo sobre el Desarrollo 2013, que lleva por título "Post-2015: Acción Mundial para un Futuro Incluyente y Sostenible". En él, tres organizaciones independientes europeas han realizado un análisis conforme a qué aspectos deberían incluirse en la futura agenda de desarrollo. Las principales conclusiones versan sobre la financiación al desarrollo, el comercio e inversiones y las migraciones internacionales. En lo referente a la financiación al desarrollo, abogan por una mayor movilización de recursos internos en los países pobres que les permita una redistribución efectiva de las rentas; así como una mayor cooperación Sur-Sur o la fijación de regímenes internacionales que contribuyan de manera efectiva a la estabilidad financiera. Respecto al comercio e inversiones, apuestan entre otras por que los países menos desarrollados promocionen exportaciones del sector moderno o que logran una menor vulnerabilidad frente a los shocks externos. Finalmente en términos de migraciones, aspiran a que se logre una regulación a nivel global que facilite dichas migraciones pero que a su vez asegure la protección total de los derechos de los migrantes.

Algunos donantes como el Reino Unido apuestan por la continuidad de las líneas que han estado siguiendo en los últimos tiempos, donde el crecimiento es la clara prioridad y la mitigación de la pobreza se apoya en países en desarrollo mediante la ayuda de los donantes. El énfasis debe ponerse en el crecimiento económico porque es mediante éste como se puede lograr a largo plazo la erradicación de la pobreza; en algunos países, la ayuda sigue resultando imprescindible puesto que desempeña un papel vital. Hay dos objeciones, sin embargo, que cabría reseñar: en primer lugar, convendría cuestionarse qué sentido tendría esta agenda para los países emergentes, no muy proclives a recibir ayuda con los brazos abiertos. En segundo lugar, no podemos obviar las señales alarmantes que nos están llegando desde dentro de algunos países de la OCDE, en especial los que más afectados se ven por la crisis financiera, donde la brecha de desigualdad social está aumentando de manera nada desdeñable; también dentro del seno de los países industrializados habría que plantearse la situación en relación al cambio climático y al desarrollo sostenible: ¿dónde queda la responsabilidad a este respecto?

Así pues, cabe esperar que la comunidad internacional aborde todas estas cuestiones y decida comenzar con el establecimiento de la nueva agenda. La situación de crisis financiera que asola a muchos de los países más avanzados de la OCDE, especialmente en el seno de la Unión Europea, estandarte del desarrollo, el crecimiento y la ayuda a la cooperación, no debería convertirse en una excusa para paralizar medidas que apoyen dicho desarrollo en otros países menos avanzados y que se habían implementado a lo largo de décadas. El desarrollo y la contribución a éste deben ser una cuestión clave en relaciones internacionales y no un aspecto subsidiario; deben ser uno de los objetivos principales y cuestión de debate constante de la comunidad internacional: aún nos queda mucho camino por recorrer.

Fuentes:

- Thebrokeronline.eu

- Disaster Risk Management in Post-2015 Development Goals, Overseas Development Institute 2013