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La violencia en la frontera de estos dos países asiáticos apenas son ya noticia. Para encontrar el origen de un problema que sigue afectando a la población circundante nos tenemos que remontar a 1893, cuando un diplomático de la India británica- Mortimer Durand- y el emir afgano Abdur Rahman Khan firmaron el acuerdo por el que se establecía la línea Durand. Dicha línea, que pasó a delimitar las respectivas áreas de influencia de la India y de Afganistán, atravesaba áreas habitadas por los pastunes, que quedaron a ambos lados de la frontera. Posteriormente, en 1947, con la creación de India y Pakistán, este último pasó a ser el obligado vecino de Afganistán. Sin embargo, aquel acuerdo fronterizo nunca fue ratificado formalmente ni tampoco se firmó ningún tratado a ese respecto entre Kabul e Islamabad. En definitiva, ningún gobierno afgano (ni los pastunes) ha reconocido la línea Durand, convertida históricamente en un foco constante de intensos conflictos.

La actual dinámica de violencia en la zona dio comienzo en mayo de 2007, cuando Afganistán comenzó a atacar bases militares paquistaníes tras acusar a fuerzas militares de este país de haber asesinado a civiles. Desde entonces han sido innumerables los choques directos entre fuerzas de ambos países, incluyendo las incursiones en fuerza y el lanzamiento de misiles y proyectiles de artillería, sin consideración alguna a la línea Durand como frontera. Eso incluye el creciente y muy polémico uso de drones estadounidenses para frenar la actividad de los taliban en territorio paquistaní. Como ejemplo de los efectos contraproducentes que el uso por parte de Washington de aviones no tripulados que violan la soberanía paquistaní, basta con recordar lo ocurrido en noviembre de 2011, cuando el ataque se saldó con la muerte de 24 soldados paquistaníes. Desde entonces las relaciones entre Washington e Islamabad se han deteriorado gravemente, no solo entre gobiernos sino también con una fuerte movilización popular antiestadounidense, y sin que por ello haya desaparecido la amenaza taliban.

Ahora, cuando ya está definida la fecha de retirada de las fuerzas de ISAF para finales del próximo año, todo hace temer que la violencia siga afectando a ambos países y que su frontera común sea el escenario de crecientes enfrentamientos. Queda por ver, en todo caso, cuál será el nivel de la presencia militar que Estados Unidos mantenga en Afganistán (actualmente en proceso de negociación); pero resulta muy aventurado suponer que las fuerzas armadas afganas tengan la capacidad necesaria para controlar su propio territorio y que Islamabad deje de intentar influir en los asuntos internos de su vecino.

Mientras tanto, como nos muestra el reciente ataque registrado en el puesto paquistaní de Gursal que se saldaron con cuatro heridos de esta nacionalidad, las disputas se suceden sin interrupción. La ocurrida en Gursal estuvo motivada por los intentos de las fuerzas paquistaníes de reconstruir una instalación militar en un territorio que los afganos consideran suyo (puesto que nunca han reconocido, como ya se ha aclarado, el acuerdo que establecía la línea Durand). Como tantas veces en el pasado, el cruce de declaraciones entre dirigentes de ambas naciones durante un par de semanas desembocó finalmente en un ataque, iniciado en esta ocasión por los afganos. Tras ello, los paquistaníes optaron por abrir fuego, y el enfrentamiento duró un par de horas hasta que, finalmente, optaron por abandonar el lugar. Menos de una semana antes se habían dado asimismo ataques en el mismo lugar, que en ese caso resultaron en la muerte de un soldado afgano.

De acuerdo con el presidente afgano, Hamid Karzai, todos estos enfrentamientos habituales en lugares fronterizos son dirigidos desde Islamabad con el objetivo de presionar a su país para que acepte la línea Durand. El ministro de Asuntos Exteriores de Pakistán, por su parte, volvió a negar esas intenciones e insistió en que existen otros asuntos de mayor importancia y que deberían requerir el interés de ambas naciones en la actualidad, como es la cooperación entre los dos países.

La situación parece de compleja resolución, puesto que ambas naciones se muestran reticentes al diálogo. Además, Pakistán, por su parte, corre el riesgo de que ese frente de inestabilidad, le haga aún más difícil gestionar el problema (de mayor calado) que lo enfrenta desde hace décadas a su tradicional enemigo: India.

Pakistán celebró elecciones generales el pasado 11 de mayo, ganadas por el partido conservador de la Liga Musulmana Paquistaní, liderada por Nawaz Sharif. Sus mayores retos de cara al futuro inmediato son mejorar la maltrecha economía, hacer frente a la fragmentación política interna (con derivas violentas cada vez más visibles), eliminar la amenaza de los taliban pakistaníes y subordinar decididamente a los servicios de inteligencia y a las fuerzas armadas al poder civil. Muchos problemas internos, cuando, al mismo tiempo, tiene que intentar recomponer las relaciones con Washington y buscar una salida a los contenciosos históricos que mantiene tanto con India como con Afganistán.

En este contexto, lo que parece quedar claro es que estas escaladas de violencia fronteriza que se producen casi a diario, así como las declaraciones incendiarias por parte de políticos a ambos lados de la frontera, lo único que hacen es seguir alimentando a los grupos violentos taliban, que ahora parecen esperar expectantes la retirada de tropas de la OTAN para poner en marcha nuevas operaciones de insurgencia. Para evitar que esta situación se llegue a producir, es indispensable que los dirigentes de ambas naciones dejen de lado sus diferencias y apuesten por una cooperación real y efectiva, un diálogo que ciertamente les acerque, en lugar de seguir utilizando pequeños incidentes con el objetivo de que se vaya acumulando aún más tensión.