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La idea de crear un instituto de reflexión, análisis e incidencia sobre conflictos y acción humanitaria surgió en un momento social y político que invitaba a la acción. El cambio de siglo significó para los fundadores del IECAH Mariano Aguirre, Francisco Rey y Jesús Núñez– el referéndum contra la OTAN, los temas de seguridad en el Mediterráneo, los nuevos tipos de crisis humanitaria y el cómo crear un enfoque paralelo de la construcción de la paz y la prevención de conflictos violentos con la acción humanitaria.

Desde sus inicios el IECAH tuvo buenos compañeros de travesía que en algunos casos siguen vinculados, como el Centro de Investigación para la Paz, la Universidad de Deusto o Médicos Sin Fronteras, y en otros han mantenido un contacto a través de colaboraciones y alianzas que han permitido el desarrollo del instituto. Personas como Mabel González, Teresa Filesi, Julián Carranza, Ana Urgoiti en esos primeros años, o ahora Enrique Eguren o Alfredo Langa.

Al revisar estos 20 años, marcados por la supervivencia y la adaptación incluso durante algunos períodos al trabajo virtual basado en una sólida red de expertos colaboradores, uno de los principales hitos del IECAH fue unir la construcción de la paz con la acción humanitaria. Un vínculo que 20 años después se comprende y aplica por parte de instituciones y administraciones, pero que el IECAH ya decidió en su lanzamiento como línea de trabajo.

Si en el año 2000 el IECAH analizaba la Agenda para la Paz, las lecciones de Yugoslavia y Ruanda, el Dividendo de Paz, las oportunidades que se abrieron tras la Guerra Fría, y menos de un año después los cambios en seguridad y paz que significaron los atentados del 11-S; en la actualidad el IECAH es más necesario que nunca para generar debate y posicionarse ante la crisis multilateral que ha generado en 2020 la pandemia del COVID-19.

El principal signo de identidad del IECAH es la independencia, por eso se ha trabajado a menudo a contracorriente, asumiendo los costes de evitar la instrumentalización de la acción humanitaria al servicio de otros intereses. El reconocimiento de empresas privadas como la Obra Social de La Caixa, de la Unión Europea a través de consorcios, de La Casa Encendida (Madrid), de numerosas ONG y de administraciones autonómicas y nacionales abalan el trabajo hecho durante estos 20 años.

Hay otros dos ámbitos en los que el IECAH también ha logrado destacar: el educativo, siendo pioneros en la formación online y apostando por la calidad de los contenidos frente a los títulos oficiales; y la presencia activa en medios de comunicación para analizar cuestiones claves de la actualidad y aportar reflexiones en profundidad. 

El IECAH no es un instituto académico ni una organización activista, está en medio. Y durante los últimos 20 años, colaborando en estrategias de cooperación y de seguridad estatales, en iniciativas de calidad en el ámbito humanitario, en la inclusión de temas de género… ha logrado tener un impacto en políticas públicas y privadas. 

Cuando el IECAH mira al futuro observa con claridad desafíos como el uso de la guerra y las nuevas violencias, las consecuencias del cambio climático en conflictos y en la ayuda humanitaria, y la evolución del crimen organizado.

 

Por eso, queremos seguir analizando, formando e incidiendo.

 

 

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Para AIPAZ

 

EL IECAH participará en las Jornadas 2020 de La Asociación Española de Investigación para la Paz (AIPAZ) "LA INVESTIGACIÓN PARA LA PAZ EN EL ESTADO ESPAÑOL: DEL PRESENTE AL FUTURO. TEORÍAS Y PRÁCTICAS", que se celebrarán los días 26 y 27 de noviembre de 2020.

 

Jesús A. Núñez Villaverde, codirector del IECAH, pariticipará durante la segunda mesa "LOS RETOS DE LA INVESTIGACIÓN PARA LA PAZ EN EL SIGLO XXI. CÓMO TRABAJAR LA PAZ EN SOCIEDADES COMPLEJAS, PLURALES Y EN CONSTANTE CAMBIO", el jueves 26 de noviembre, en la ponencia titulada "Reordenación geoestratégica mundial: ¿Dónde queda la construcción de la paz?".

 

Accede al programa completo para más información sobre las jornadas, horarios y cómo inscribirse.

 

PROGRAMA COMPLETO

 

 

EEUU

 

Para elperiódico.com

 

Que los saharauis han sido abandonados a su suerte es tan cierto como que el derecho internacional ampara sus reclamaciones. Y los recientes sucesos en El Guerguerat –desde el 21 de octubre, con el bloqueo del tráfico terrestre por parte de civiles saharauis, hasta el pasado día 13, cuando Rabat llevó a cabo el desalojo por vía militar, y la declaración saharaui de “guerra total”, al día siguiente– sirven nuevamente de ejemplo.

A estas alturas está claro que ni la ONU ni los países del Grupo de Amigos (EEUU, Rusia, Reino Unido, Francia y España) van a poner en peligro sus vínculos con Rabat, jugándosela por los saharauis. Eso supone que el tiempo corre a favor del plan marroquí de ampliar su soberanía a lo que denomina “provincias del sur”. Como resultado de un cálculo interesado, Rabat aparece (también para España) como un socio relevante tanto en la lucha contra el terrorismo yihadista como en la represión del narcotráfico y los flujos de población. Por el contrario, los saharauis han ido quedándose sin apoyos internacionales (incluyendo a Argelia), con apenas una treintena de países que aún reconocen la RASD y con su causa básicamente limitada a una cuestión humanitaria, más que política. Eso ha permitido a Marruecos imponer que la MINURSO no tenga competencias en materia de derechos humanos, y que ya no se hable de referéndum sino de “arreglo entre las partes”.

 

Material obsoleto

A eso se une que, en términos militares, la relación de fuerzas es abrumadoramente favorable a Marruecos –con más de 100.000 efectivos militares desplegados a lo largo de los 2.700 kilómetros de unos muros que le permiten controlar el llamado “Sáhara útil”–. Los saharauis, en cambio, apenas cuentan hoy con un material obsoleto y no tienen ningún apoyo sustancial que les permita desarrollar un esfuerzo bélico que afecte a los intereses vitales de Marruecos.

En esas condiciones, aunque se pueda entender su intento de llamar la atención internacional, el llamamiento a la guerra por parte del Frente Polisario suena más a un esfuerzo por evitar el desbordamiento de su limitada autoridad frente a una población enormemente frustrada por el deterioro de sus condiciones de vida y que se muestra crecientemente crítica con su gestión, que a un verdadero convencimiento sobre su posibilidad de victoria. De ahí que su pomposa declaración de guerra total resulte no solo anacrónica sino condenada al fracaso, con el añadido de que puede suponer más vidas humanas perdidas sin sentido.

 

España, de perfil

Que, como tantas veces antes, España vuelva a ponerse de perfil y que todo se reduzca a una repetición de llamadas a la contención, es no solo una clara señal de la ventaja que disfruta Marruecos, sino también de que las relaciones internacionales no se guían por la defensa del derecho internacional y de los derechos humanos. Desgraciadamente, solo queda por ver cuánto tiempo más es capaz de aguantar en la ‘hamada’ argelina un pueblo de muy probada resiliencia hasta que entiendan que su sueño de contar con un Estado propio no tiene cabida.

 

FOTOGRAFÍA: EVAN SCHNEIDER (MINURSO)

Tormenta

 

Para Blog Elcano.

 

Si ya durante buena parte de la Guerra Fría el conflicto del Sahara Occidental era apenas un foco residual de tensión, su importancia en la agenda internacional desde el final de la confrontación bipolar ha ido reduciéndose prácticamente a la nada, insensibles a la tragedia diaria de una población ocupada en su propio territorio y de los refugiados atrapados en la hamada argelina, abandonados prácticamente por todos. Sin voluntad política de la comunidad internacional para estar a la altura de sus propios planteamientos –celebración de un referéndum de autodeterminación, pendiente desde 1991–, hace ya mucho que el tiempo viene corriendo inexorablemente a favor de Rabat, empeñado en quebrar la resistencia saharaui para ampliar su soberanía a lo que eufemísticamente denomina “provincias del Sur”. Los recientes acontecimientos en el paso fronterizo de El Guerguerat –desde el inicio del bloqueo del tráfico terrestre por parte de varios cientos de civiles saharauis, el pasado 21 de octubre, hasta la operación militar marroquí de desalojo, el 13 de noviembre, y la consiguiente declaración saharaui de “guerra total”, al día siguiente– no van, desgraciadamente, a modificar ese rumbo.

Más allá del altisonante y un tanto anacrónico lenguaje empleado por el Frente Polisario, como actor de referencia de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), tras su denuncia de la violación por parte marroquí del alto el fuego acordado en 1991 –guerra total, partes de guerra, ataques masivos…– se esconde una realidad más prosaica. Una realidad que, en términos militares, muestra que la relación de fuerzas es abrumadoramente superior a Marruecos –con no menos de 100.000 efectivos militares desplegados a lo largo de los 2.700km de un sistema de muros que le permiten controlar el llamado “Sáhara útil”. Frente a ellos el Ejército Popular de Liberación Saharaui apenas cuenta con un equipo y armamento totalmente desfasado –perdido hace mucho el apoyo que Libia, Siria y algún otro le prestaron en su día– ya no solo para enfrentarse frontalmente a las Fuerzas Armadas Reales (FAR), sino tan siquiera para representar una amenaza creíble que lleve a Rabat a cambiar de estrategia.

Lo mismo cabe decir en el terreno político y diplomático. A estas alturas ya es imposible disimular que hasta la ONU –que no ha logrado nombrar un nuevo enviado especial desde que, en mayo de 2019, Horst Köhler reconoció su impotencia para reconducir el proceso– ha terminado por aceptar el marco definido por Marruecos. De hecho, como ha ocurrido el pasado 30 de octubre al renovar el mandato de la MINURSO (Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum en el Sáhara Occidental), ya se ha ido perdiendo cualquier referencia explícita a la celebración del referéndum de autodeterminación, sustituyéndolo por un “arreglo entre las partes”. A eso se suma que ninguno de los miembros del Grupo de Amigos del Secretario General de la ONU para este tema –Estados Unidos, Reino Unido, Rusia, Francia y España– se ha mostrado dispuesto a replicar a lo que Rabat plantea (incluyendo la renuncia a que la MINURSO tenga competencias para vigilar el respeto de los derechos humanos). Tampoco cabe mencionar un solo caso en el que, como resultado de tensiones o controversias sobre el terreno –sean los intentos marroquíes en 2016 de asfaltar la pista de tierra que atravesaba el mismo paso de Guerguerat o tantas otras violaciones del acuerdo de 1991–, se haya tomado ninguna decisión que permita corregir ese pronunciado sesgo marroquí.

Por el camino han quedado sucesivos esfuerzos diplomáticos, incluyendo el iniciado en diciembre de 2018 en Ginebra, que no han acercado a las partes a ningún punto de acuerdo, con la RASD exigiendo la celebración el eternamente retrasado referéndum y con Marruecos sumando apoyos más o menos explícitos a su propuesta de 2008, de conceder algún tipo de competencias limitadas a esos territorios saharauis dentro de la soberanía marroquí. Una mención particular a España –que sigue figurando como potencia administradora– lleva asimismo al convencimiento de que, más allá de la simpatía prosaharaui de buena parte de la opinión pública, hace ya tiempo que un cálculo meramente posibilista –interés por la estabilidad de nuestro vecino del sur en búsqueda de su colaboración en el terreno de la lucha contra el terrorismo y el control de los flujos de población desde su suelo– ha acabado por imponer el alineamiento con la postura marroquí.

Es ese trasfondo –con el añadido del pronunciado deterioro de las condiciones de vida en los campamentos de Tinduf, el creciente cuestionamiento sobre el liderazgo saharaui y el temor de que muchos jóvenes se vean tentados a apuntarse a las filas yihadistas– el que puede explicar que, como último recurso –aunque solo sea para llamar la atención de la comunidad internacional cuando ya se cumplen 39 años del cese de hostilidades sin ningún avance significativo–, los dirigentes de la RASD llamen a su gente a la guerra. Pero a nadie se le puede escapar que es una llamada desesperada condenada al fracaso.

Que, como tantas veces antes, todo se reduzca a una repetición de llamadas a la contención y de expresiones de preocupación, tanto por parte de la ONU como de diversas capitales, es no solo una clara señal de que hoy nadie se la va a jugar por los saharauis, sino de que la comunidad internacional está dispuesta a aceptar el actual statu quo, netamente favorable a Rabat, a la espera de que la probada resiliencia de quienes malviven en los campamentos acepten que su sueño de contar con un Estado soberano no tiene cabida alguna. Y nada bueno puede esperarse de ahí.

 

IMAGEN: Paisaje del Sahara Occidental. Foto: bob rayner from UK (Wikimedia Commons / CC BY 2.0)