Netanyahu se reunirá en Brasilia con presidentes de Chile y Honduras

Para eldiario.es


El progresivo corrimiento hacia la extrema derecha del electorado israelí queda reflejado en el hecho de que Gantz y los suyos sean vistos como representantes del centroizquierda.


 Los regalos de Donald Trump y sus promesas de última hora (anexión de todos los asentamientos ilegales) han permitido a Netanyahu lograr una exigua ventaja sobre su principal oponente.


Aunque sus protagonistas siempre tienden a exagerar su significación, las elecciones celebradas en Israel el pasado día 9 no van a pasar a la historia por su especial relevancia. De hecho, si hay que mencionar algo realmente sobresaliente en la agenda israelí de estos días habría que referirse al alunizaje de la sonda Bereshit (Génesis), que convierte a Israel en el cuarto país que logra tal proeza tras Estados Unidos, Rusia y China.

Por lo que respecta a las elecciones casi todo ha respondido a lo esperado, incluyendo la victoria de Benjamin Netanyahu, ya a punto de sobrepasar a Ben Gurion como el primer ministro más longevo de Israel. Para empezar, los votantes no se han sentido especialmente llamados a las urnas y de ahí que la participación haya caído del 72% en 2015 al actual 68%.

Especialmente significativa ha sido la escasa movilización del electorado árabe israelí, a buen seguro desmotivado por la Ley del Estado-nación, que desde julio pasado define a Israel como el Estado del pueblo judío y que, por tanto, convierte definitivamente a una comunidad de 1,8 millones de personas en ciudadanos de segunda categoría.

Otra de las razones de esta escasa movilización árabe se debe a la fragmentación de la Lista Conjunta, que en la anterior legislatura había llegado a convertirse, con 13 escaños, en la tercera fuerza parlamentaria y que ahora se ha presentado dividida en dos coaliciones: Hadash-Taal (que ha conseguido 6 diputados) y Raam-Balad (4), desgraciadamente irrelevantes en la sesgada política nacional.

En cuanto al voto israelí, los miembros de la coalición Kahol Lavan (Azul y Blanco) –liderada por el exgeneral Benny Gantz, al frente de Hosen L'Yisrael (Partido de la Resiliencia de Israel), junto a Yair Lapid, líder de Yesh Atid (Hay Futuro), y Moshe Ya'alon, líder de Telem– pueden lamer sus heridas con el consuelo de haber logrado nada menos que los mismos 35 escaños del Likud, siendo una coalición formada hace menos de dos meses y con un sistema tan ultraproporcional como el israelí.

Pero seguramente eso no les quitará la frustración de haberse quedado a las puertas del poder. No deja de resultar suficientemente clarificador del progresivo corrimiento hacia la extrema derecha del electorado israelí el hecho de que Gantz y los suyos sean vistos como representantes del centro izquierda, cuando no han tenido reparos en jactarse del uso de la violencia contra los palestinos, y de que el propio Netanyahu alardee de ser el factor moderado de su gabinete.

Tampoco ha sido sorpresa alguna la confirmación de la debacle de los laboristas, que han visto reducida su fuerza parlamentaria de 24 escaños (obtenidos en 2015 en coalición con Hatnuah) a tan solo 6. Lo mismo cabe decir de los partidos religiosos judíos, siempre capaces de movilizar a su fiel y creciente electorado para garantizar su presencia en cualquier gabinete ministerial, sea cual sea el partido que lo lidere.

Tanto el partido askenazi Yahadut Hatorah (Judaísmo Unificado de la Torá) como el Shas (Asociación Internacional de los Sefardíes Observadores de la Torá) han obtenido 8 escaños, aumentando su representación en dos y uno, respectivamente.

Visto así, el próximo gabinete –a la espera de que Avigdor Liebermann obtenga una compensación a la altura de sus exigencias para sumar sus cinco escaños al resto de los partidos que ya estaban en el anterior– puede contar con una cómoda mayoría de 65 diputados (de un total de 120). Pero sería equivocado suponer que eso allana el camino de un Netanyahu seriamente desgastado y al que solo los regalos de Donald Trump (embajada en Jerusalén, reconocida como capital israelí; cierre de toda relación con la Autoridad Palestina; negación de fondos a la UNRWA; reconocimiento de los Altos del Golán sirios como territorio israelí) y sus propias promesas de última hora (incluyendo la anexión de todos los ilegales asentamientos de Cisjordania) le han permitido lograr una exigua ventaja sobre su principal oponente.

A partir de aquí, un Netanyahu que no hace ascos a compañías tan poco recomendables como ultraderechistas tendrá, en primer lugar, que hacer frente a sus propios problemas con la justicia, encausado ya en tres procesos (que pueden ser cuatro a corto plazo) por soborno, fraude y abuso de confianza.

Además, queda por ver cómo logrará mantener el apoyo de los partidos religiosos si vuelve a plantear la aprobación de la ley que elimina la exención del servicio militar obligatorio a los estudiantes de las yeshivas (que ya fue una de las principales causas de la ruptura de la coalición gubernamental en la anterior legislatura). De igual modo, se enfrenta al reto de lograr la reactivación de una economía que se ha ido deteriorando desde la segunda mitad del pasado año.

Por otro lado, en lo que se refiere a los asuntos regionales, solo cabe prever que la estrategia de hechos consumados tan querida por Netanyahu siga provocando el aumento de la tensión con Irán y Siria. Mientras tanto, los palestinos no pueden esperar nada bueno de la confluencia de intereses entre Tel Aviv y Washington, a la espera de un supuesto plan de paz que puede añadir más leña al fuego.

En definitiva, todo sigue (para mal) dónde lo habíamos dejado cuando Netanyahu decidió dar por finalizada la vigésima legislatura en el pasado diciembre. Sin novedad en el frente.

FOTOGRAFÍA: Netanyahu vuelve a ganar las elecciones de Israel. EFE

La marcha de la ¿victoria? de Haftar en Libia. Yacimiento petrolífero de El Sharara, Libia. Foto: Javier Blas (Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0). Blog Elcano

Para el Blog Elcano

En una clara demostración de desprecio hacia la ONU –mientras su Secretario General visitaba el país– y de falta de credibilidad personal –tras haber acordado con el presidente del Gobierno de Acuerdo Nacional (GAN), Fayez al Serraj, una solución política al conflicto a finales de febrero en Abu Dabi– el mariscal Khalifa Haftar ha lanzado a sus milicianos contra Trípoli. De este modo se aleja aún más cualquier posible arreglo para sacar a Libia del caos en el que lleva sumido desde la caída del régimen de Gaddafi, en octubre de 2011.

En realidad, poco puede sorprender un movimiento como el que Haftar lleva a cabo desde el pasado día 4, avanzando con unos 25.000 efectivos del Ejército Nacional Libio (ENL) en varias direcciones desde Aziziya (a unos 50km al sur de la capital), Zawiya (a 40km al oeste) y la ruta costera que enlaza al este con Misrata. Desde que en 2014 el antiguo aliado (y posterior disidente) de Gaddafi y supuesto interlocutor de la CIA lanzó la operación “Dignidad”, el tiempo le ha ido permitiendo convertirse en el hombre fuerte de la región oriental de la Cirenaica (en sus manos desde el verano de 2017, cuando logró retomar Derna). Desde esa posición, y aunque formalmente diga someterse a la autoridad del gobierno de Tobruk, los hechos demuestran que solo obedece sus propias consignas.

A esa posición ha llegado gracias al apoyo externo de Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí y, como mínimo, la complacencia de Francia y Rusia. Eso le ha permitido liderar un ENL que es la milicia más poderosa de las decenas que siguen activas en el país, conformada por una heterogénea amalgama de actores combatientes de todos los perfiles imaginables, incluyendo (aunque parezca paradójico si se tiene en cuanta su discurso anti islamista) grupos salafistas. Así, mediante acciones de combate y cooptación de grupos locales, interesados en sumarse a quien crecientemente perciben como un caballo ganador, ha logrado hacerse también con el control de importantes yacimientos de hidrocarburos, incluyendo hace apenas dos meses los relevantes campos de Sharara en la región sureña de Fezzan.

A su “Marcha de la victoria” se le opone una nueva coalición de fuerzas progubernamentales que acaban de lanzar la operación “Wadi Doum 2”, así bautizada irónicamente como recuerdo de la derrota que sufrieron las tropas libias comandadas por el propio Haftar en 1986 en el aeropuerto chadiano de ese nombre. Entre sus principales participantes destacan las milicias de Misrata y Zawiya, que ya en ocasiones anteriores se han alineado con Serraj en su desesperado e infructuoso intento por lograr que el GAN sea efectivamente reconocido como la única autoridad del país. Aunque su rendimiento en el campo de batalla les ha permitido en años pasados lograr algún éxito puntual, hoy no solo parecen debilitadas por falta de apoyos externos tan poderosos como los que se alinean tras las fuerzas de Haftar, sino que conviene no olvidar que todavía hace siete meses se enfrentaron entre ellas mismas por el control de Trípoli.

Ante esta situación, y por mucho que se repita (con razón) que no hay solución militar al conflicto, todo parece indicar que Haftar está decidido a lograr su propósito de convertirse en el factótum de Libia. La única duda que ahora mismo cabe plantearse es si el uso de la fuerza es su instrumento definitivo para lograrlo, conquistando la capital en un asalto que puede costar aún mucho sufrimiento, o si únicamente está llevando a cabo esta demostración militarista para lograr una posición de mayor ventaja en las mesas de negociaciones que se avecinan.

Por un lado, el próximo día 14 está previsto en Gadamés el inicio de la Conferencia Nacional que Haftar y Serraj se habían comprometido a promover para elaborar una nueva Constitución y acordar un calendario de elecciones para antes de finales del presente año. En paralelo a su actual ofensiva, Haftar ya ha dado a entender que no piensa asistir a la reunión, lo que automáticamente desbarata nuevamente los esfuerzos que viene realizando el enviado especial de la ONU, Ghassan Salamé, y hunde aun más a Libia en un abismo de violencia para el que no se adivina final. En esas circunstancias de poco puede servir la petición del Consejo de Seguridad de la ONU para que el ENL detenga el avance y mucho menos la conferencia de reconciliación anunciada por la Unión Africana para el próximo mes de julio en Adís Abeba.

Haftar, con el forzado argumento de estar luchando contra el terrorismo, ya controla las dos terceras partes de Libia y ve cada vez más cerca el momento en el que pueda imponer su dictado. Aun así, se equivoca si cree que su actual marcha conduce a la victoria.

FOTOGRAFÍA: Javier Blas (Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0).

Para eldiario.es

Las movilizaciones ciudadanas en contra de Buteflika siguen creciendo pero también son figuras sindicales y políticas las que se han puesto en contra del presidente


Argelia es un país empobrecido (pero no pobre) en el que el 20% del escaso presupuesto se dedica a una multiplicidad de subsidios que ya no pueden "comprar" la paz social"

Miles de argelinos se manifiestan contra el presidente argelino, Abdelaziz Bouteflika.

 

Como nos enseñan casos tan distintos como el procés o el Brexit, la batalla de las palabras es cada vez más importante en la sociedad de la imagen; de tal modo que quien consigue imponer una narrativa determinada adquiere una ventaja sustancial para lograr el objetivo perseguido. Por eso, aplicado a Argelia, en el momento en el que ya se han roto las aguas de un sistema que no tiene futuro interesa aclarar varias cosas:

Ahmed Gaid Salah, que hasta el pasado día 26 fue uno de los más acérrimos defensores del presidente Buteflika, ha decidido soltar lastre. Al igual que ocurre con las ratas que tratan de abandonar el barco que les ha servido de casa cuando constatan que está a punto de hundirse, Salah y el resto de los mismos que hasta ayer apoyaban aparentemente sin fisuras a un presidente fantasma son los que ahora se apresuran a desmarcarse de él. Y así, desde el jefe de la patronal, Ali Hadad, hasta el líder del principal sindicato argelino, Abdelmadjid Sidi Said, pasando por el ex primer ministro y líder del partido gubernamental Reagrupación Nacional para la Democracia, Ahmed Uyahia, y hasta el sector crítico del omnipresente Frente de Liberación Nacional (FLN), todos dan ahora la bienvenida a lo que el periódico del propio FLN califica como "bella perspectiva", presurosos en desembarazarse de un cadáver político y acomodarse al rumbo establecido por el jefe de las fuerzas armadas.

Estamos ante un intento de golpe de Estado disfrazado de formalidad constitucional. Efectivamente, el artículo 102 de la Constitución contempla la inhabilitación del presidente por iniciativa del Consejo Constitucional y con el voto favorable de los dos tercios de las dos cámaras legislativas, todo ello antes de que finalice su cuarto mandato el 28 de abril. Pero lo que Salah está haciendo, con la inteligencia suficiente para dar un barniz legalista a su gesto y no autoproponerse como el sustituto, es, sobre todo, defender los intereses de la casta militar, procurando preservar los privilegios de quienes controlan el país desde su independencia en 1962.

Para entenderlo mejor basta con recordar que ese mismo artículo podía haber sido activado ya desde el momento en que el grave problema de salud de Buteflika, en 2013, lo convirtió en un pelele que otros, con su hermanísimo Said al frente, han manejado a su antojo. Pero más claro aún es el hecho de que el mensaje a la nación no ha sido pronunciado por el primer ministro- un Nuredin Bedui incapaz de conformar un gabinete ministerial veinte días después de haber sido nombrado- ni tampoco el presidente del Senado- un Abdelkader Bensalah que debería hacerse cargo transitoriamente de la presidencia si finalmente se depone a Buteflika- sino por el máximo representante de las fuerzas armadas, verdadera columna vertebral del poder. Un poder que igual que les permitió en 1999 elegir a Buteflika como solución casera para salir del marasmo violento que había arrancado en 1992, les permite ahora tirarlo a la papelera sin remordimiento alguno, cuando se ha convertido en un estorbo que puede llegar a comprometer su control del sistema y que ya no sirve de fachada para tapar las vergüenzas de unas facciones defensoras a ultranza de un statu quo tan pervertido.

Como llevamos viendo desde su arranque el pasado 22 de febrero, las movilizaciones ciudadanas siguen creciendo y nada apunta a que ninguno de los tejemanejes ideados sobre la marcha por le pouvoir – sea el retraso sine die de las elecciones, la promesa de Buteflika de no volver a presentarse, la formación de un nuevo gobierno con figurantes igualmente desgastados, encargado de organizar una inconcreta Conferencia Nacional, o propia la inhabilitación del presidente- vaya a satisfacer sus ansias de cambio. Su gran fortaleza hoy deriva del compartido hartazgo, visibilizado de forma ejemplarmente pacífica, de buena parte de los 41 millones de argelinos con décadas de corrupción, ineficiencia y negación de un futuro digno. Saben que viven en un país empobrecido (pero no pobre) en el que las reservas de divisas han caído desde los 179.000 millones de dólares, en diciembre de 2014, a 79.800 cuatro años más tarde y en el que el 20% del presupuesto se dedica a una multiplicidad de subsidios que ya no pueden "comprar" la paz social.

Dicho eso, y recordando lo que sufrieron en sus carnes los jóvenes revolucionarios egipcios que se levantaron contra Hosni Mubarak, hay que volver a insistir en que no es lo mismo movilizarse contra un gobernante y su camarilla que lograr el apoyo político de la población para liderar una reforma profunda de un sistema tan podrido. Y ante esa ingente tarea solo cabe reconocer que la alternativa a le pouvoir no tiene todavía rostro, programa ni estructura para traducir el descontento actual en poder real para el cambio. Y, por el contrario, los poderosos sí saben cómo manejar estas situaciones. Veremos.

 

FOTOGRAFÍA: Miles de argelinos se manifiestan contra el presidente argelino, Abdelaziz Bouteflika. EFE

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Ciclo de cuatro sesiones que trata de analizar el paralelismo entre la década de 1930 y la actual a través de documentos audiovisuales generados en cada época. La aproximación es doble: un análisis histórico de ambas épocas y una presentación y análisis de esos documentos.

Se tratarán diversos aspectos de conexión, comenzando por las crisis económicas respectivas –las de 1929 y 2008– y sus efectos: depresión financiera, descontento social, descrédito de los oligarcas y la clase política, ruinas inmobiliarias... Después, las consecuencias sociales y políticas a raíz del desafecto ciudadano, con el crecimiento de los nacionalismos, la xenofobia y la demagogia, entre otros, y el establecimiento de Gobiernos con participación de la extrema derecha en varios países europeos, entonces y ahora.

En cada sesión intervienen:

Pablo Llorca, director de cine y comisario del proyecto.

Jesús Núñez, codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

Sesión 1: La cara norte. Martes 02. 19:00 h

Esta conferencia servirá para hablar de las crisis (y sus efectos directos) que asolaron a buena parte del mundo a partir de 1929 y 2008, respectivamente, y que marcaron de manera determinante los años posteriores. Se divide en: La Belle Epoque de antes de la crisis, paisajes en ruinas, la crisis económica, descontento social, oligarcas culpables y elogio del tipo corriente.

Sesión 2: Un tren llega despacio. Miércoles 03. 19.00 h

Esta conferencia comenzará a desarrollar consecuencias políticas y sociales de las crisis respectivas, centrándonos en primer lugar en un factor ajeno a las mismas, o al menos que no ha sido consecuencia directa suya (inmigración y personas refugiadas), pero con unas implicaciones fundamentales durante las mismas. Después desarrollaremos la relación entre ese fenómeno de la llegada de personas extranjeras a países ricos y las consecuencias políticas desatadas en los mismos.

Se divide en: inmigrantes y personas refugiadas, nacionalismos y el proteccionismo económico, xenofobia, técnicas de propaganda y contra la prensa.

Sesión 3. Saliendo del armario Martes 09. 19.00 h

En esta conferencia nos centraremos en la década de 1930 y también en el presente (primavera 2019): la realidad del actual mundo occidental y sus relaciones con lo sucedido hace unos ochenta años. Qué relación hay entre los antiguos líderes de la extrema derecha y los actuales, qué mecanismos de persuasión y propaganda se han extendido entre la ciudadanía –con alta carga de demagogia en ambos casos–, los Gobiernos que han formado o ayudado a formar, etc. Y una última parte, el deslizamiento hacia una realidad internacional agresiva y darwinista.

Contenidos: los nuevos líderes políticos, la demagogia, los fascismos, el camino a la guerra y conflictos internacionales.

Sesión 4. La oreja sobre el rail Miércoles 10. 19.30 h

En la última conferencia extraeremos las conclusiones, entre las cuales se encuentra el papel de la Unión Europea. Porque entre otros elementos, una de las cosas importantes que diferencian la década de 1930 de la actual es la existencia de ese organismo, que sirve como paraguas supranacional y, por lo tanto, también como objeto de ataque de los demagogos. Y, la segunda gran diferencia, la sociedad no tiene una polarización social e ideológica extrema y, pese al empobrecimiento sufrido tras la última crisis y al descrédito de la clase política, la democracia parlamentaria posee más apoyos. Pero que hasta ahora esto haya sido así, no significa que no pueda cambiar.

Contenidos: diferencias en el contexto de ambas décadas: lo que las separa, el papel de la UE, conclusión.

Precio: Gratuito 

Entrada libre hasta completar aforo.

Información: Recogida de invitaciones desde 2 horas antes en el Punto de Información. 

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