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Para ABC Internacional.

 

Noticias bien recientes como las que se refieren a Mozambique -donde Ahlu Sunnah Wal Jammah (ASWJ) atacó el pasado 23 de enero una base militar en Cabo Delgado, mientras la khatiba de Harakat al Shabaab, vinculada a Daesh, controló momentáneamente la ciudad de Mocimboa de Praia, en la misma provincia, el pasado día 23- dejan claro que el terrorismo yihadista no se detiene por una pandemia como la del Covid-19. Y lo mismo puede decirse de Afganistán -donde el pasado día 25 la rama local de Daesh asesinó a más de 25 personas tras un asedio a un templo sij en Kabul, en paralelo a la diarias acciones violentas de los talibanes, a pesar de su formal acuerdo con Washington- o Malí -donde el día 19 murieron 29 soldados como resultado de un asalto yihadista a una base ubicada en la localidad de Tarkint y donde el pasado día 26 se produjo el secuestro del principal líder opositor, Soumaila Cisse, a tan solo tres días de las elecciones. Y estos son solo unos ejemplos de lo que, en pocas palabras, nos lleva a entender que por ellos no va a decaer el esfuerzo por imponer su dictado, con o sin pandemia mediante.

 

Capacidad y voluntad

Evidentemente su capacidad actual, sobre todo si pensamos en las redes más potentes de ese entramado de decenas de grupos violentos que se sienten inspirados por una versión extrema del islam, no es la que tuvieron en su día Al Qaida, cuando gozaba de un santuario tan renombrado como Afganistán (1996-2001), o Daesh, cuando logró instaurar un pseudocalifato en parte de Siria e Irak (2014-2018). Pero conservan la capacidad y la voluntad suficientes, tanto en su núcleo duro como mediante sus franquicias regionales y los individuos y grupúsculos que se sienten inspirados por su ideología extremista en muchas partes del planeta, para seguir adelante con su envite criminal.

Por eso ahora, cuando la experiencia acumulada enseña que no hay solución militar ante una amenaza de este tipo y quedan más claros los reiterados errores cometidos en Afganistán, Irak y tantos otros escenarios -jugando con un fuego que se ha vuelto en no pocas ocasiones en contra de sus promotores occidentales (sea con los muyahidín o los talibanes en su día o con el propio Abubaker al Bagdadí más recientemente)- debería quedar claro que es necesario modificar el rumbo. Un rumbo que, sin olvidar el necesario componente militar, debe ir acompañado por otros de carácter socioeconómico y político en un esfuerzo multilateral de largo aliento. El problema no es solo que los medios militares sean incapaces de solucionar un problema como el que plantea el terrorismo, sino que nunca se ha activado una respuesta que vaya más allá de atender a los síntomas más visibles de la amenaza, para centrarse en las raíces del problema. Y eso significa ofrecer a los yihadistas un potentísimo banderín de enganche, derivado de las penosas condiciones de vida (tanto en términos de bienestar como de seguridad) de muchas personas que no pueden cubrir sus necesidades básicas y cuyos derechos son sistemáticamente violados. Por eso, si se asume que la vía militar no basta y que la socioeconómica y política nunca se ha llegado a poner en marcha, solo cabe augurar un aumento del problema.

 

Acción militar y diplomacia

En relación con la primera cuestión (la militar), esto es así porque la pandemia va a detraer recursos militares en muchos escenarios de combate contra el yihadismo violento. Así lo estamos viendo ya en Afganistán, donde Washington trata desesperadamente de encontrar una salida mínimamente digna del pantano donde lleva metido desde octubre de 2001 (con el resto de los aliados poniendo pies en polvorosa). Y lo mismo ocurre en Irak o en África, con una clara reducción de los efectivos allí desplegados para instruir a las fuerzas armadas y de seguridad locales, con el objetivo de capacitarlas para poder garantizar la seguridad de sus respectivos territorios, y, simultáneamente, de los encargados de la lucha contraterrorista contra los grupos allí activos.

Pero es que tampoco parece previsible que, precisamente ahora, cuando la demanda para atender preferentemente las necesidades propias es más perentoria, se vaya a producir un incremento en el nivel de implicación diplomática y política para mediar o facilitar procesos de paz, o un aumento en los magros volúmenes de los programas de ayuda al desarrollo, de acción humanitaria o de atención a las demandas más básicas de unas poblaciones demasiado a menudo desatendidas por parte de unos gobiernos incapaces o escasamente inclinados a poner a sus conciudadanos como prioridad de sus agendas. Eso significa que lo que no se ha hecho durante estas últimas décadas va a seguir siendo una asignatura pendiente que contribuirá de manera decisiva a seguir alimentando el caldo de cultivo del que se nutre el extremismo violento. Y, visto desde el otro lado del espejo, eso supone que los yihadistas se verán menos constreñidos para continuar con sus planes tanto en los países donde tienen más presencia como en los occidentales (por cierto, no han recibido ningún mandato ni recomendación de no pisar Europa por culpa del coronavirus).

 

FOTOGRAFÍA: Una mujer llora junto al féretro de dos familiares muertos en el ataque en Kabul - Reuters

 

EFE

 

Para elperiódico.com

 

Aunque en el actual marco de globalización es bien cierto que nos afecta lo que ocurra al otro lado del planeta, para los privilegiados ciudadanos del mundo desarrollado, y con la notoria excepción del estallido del sida a finales de los 80, las pandemias habían sido un problema de 'otros'. Pero para esos 'otros', quienes malviven en el mundo no desarrollado, ese riesgo es un factor permanente en sus agendas vitales.

De hecho, en lo que va de siglo al menos en siete ocasiones la OMS ha anunciado una alerta mundial o ha declarado una emergencia de salud pública de importancia internacional; todas con su foco principal en entornos desfavorecidos. Así, en el 2003 el desencadenante fue el síndrome respiratorio agudo grave (SARS); luego, en el 2009, la gripe H1N1 (peste porcina); para seguir, en 2012, con el coronavirus MERS-CoV; más tarde, en el 2014 y el 2019, con motivo de la expansión de brotes de ébola en buena parte de África subsahariana; en el 2014, por un rebrote de una poliomielitis que se creía prácticamente erradicada en aquel momento; y, por último, en el 2016, por la apresurada expansión del virus zika.

 

Fuera de la burbuja privilegiada

Hablamos, desde la perspectiva de la seguridad humana –la que entiende que no hay un activo más valioso que el capital humano que atesora cada estado y la que se afana por garantizar su bienestar y su seguridad–, de una amenaza que ahora, con el covid-19, se ha vuelto a materializar. Y, visto así, si ya el panorama que se le planteaba al mundo no desarrollado (recordemos que en el club de países ricos (OCDE) solo hay 36 miembros; lo que significa que 6.500 millones de personas viven fuera de esa burbuja privilegiada) era muy problemático, todo indica que ahora lo va a ser mucho más.

En primer lugar, porque sus sistemas de salud presentan considerables deficiencias o, lo que es lo mismo, están menos preparados para evitar el contagio, aplastar la curva y salvar la vida de quienes enfermen. Si de momento las cifras son aún muy bajas –en África solo se contabilizan unos 2.000 contagios, aunque ya hay infectados en 43 países–, es solo cuestión de tiempo que, en línea con lo ocurrido en Europa, las cifras aumenten exponencialmente. Y peor aún será la situación en las zonas donde malviven personas refugiadas y desplazadas (70,8 millones, según ACNUR), relegadas recurrentemente en las agendas de los gobiernos en cuyos territorios se agolpan y escasamente atendidas por la comunidad internacional. Por eso resulta difícil imaginar, a modo de ejemplo, en qué puede derivar la situación en un país como India, que acaba de declarar el confinamiento para sus más de 1.300 millones de habitantes, cuando se contabilizan por decenas los millones de personas sin hogar.

Igualmente inquietante es el panorama económico. El impacto ya está siendo global y la recesión parece a la vuelta de la esquina, mientras el precio del petróleo se despeña y nos encontramos simultáneamente ante una crisis de oferta y de demanda, con los mercados bursátiles temblando y los inversores atemorizados. Para unas economías definidas en general como rentistas y de monocultivo, se hace prácticamente imposible cubrir las necesidades de los consumidores y preservar la actividad del tejido productivo con sus propias fuerzas (todo ello suponiendo que ese sea el objetivo real de muchos de sus gobernantes).

 

La salida del túnel

El marcado giro hacia posiciones ultranacionalistas, con Washington en cabeza, también cuestiona de raíz la voluntad de los más poderosos por aumentar precisamente ahora, cuando las demandas internas van a ser aún más perentorias, la ayuda al desarrollo, la transferencia de tecnología, un tratamiento más suave de la deuda o, simplemente, unas reglas comerciales más justas.

La salida del túnel pasa imperiosamente por la colaboración multilateral y multidimensional, dado que ningún país (tampoco los desarrollados) tiene capacidad suficiente para enfrentarse en solitario a la amenaza. Pero si se analiza lo que hasta ahora se ha visto –con EEUU renunciando a liderar la respuesta conjunta (como sí hizo en el 2014 ante el ébola), China tratando de hacer olvidar su responsabilidad inicial con una ofensiva de diplomacia pública que busca réditos geopolíticos y una UE que no se atreve a mutualizar el esfuerzo y los sacrificios– no es fácil alimentar la esperanza de que esa imprescindible colaboración externa vaya a ser ni tan siquiera significativa. Y todo eso sabiendo que, si no hay una respuesta en esa línea, los problemas van a ser aún mayores… para todos.

 

FOTOGRAFÍA: ANTHONY GARNER

LCE1

''Perspectiva geopolítica de una crisis no anunciada"

 

Frente al avance de la pandemia de COVID-19 en todo el mundo, un tercio de la humanidad ya queda confinada en su casa en la actualidad. Los intercambios internacionales, que se caracterizaron por un crecimiento sin limite en las últimas décadas, quedan de repente “congelados” poniendo en cuestión la globalización.

Por ello, desde el IECAH y La Casa Encendida se está llevando a cabo el ciclo virtual ''Una mirada hacia a un mundo en crisis''el cual parte de la idea de que solo una ciudadanía informada y concienciada puede asumir con entereza los costes y sumar las voluntades necesarias para encontrar la salida al túnel en el que nos encontramos actualmente. La primera sesión ''Perspectiva geopolítica de una crisis no anunciada, en la que contamos con Áurea Moltó de Política Exterior y Jesús A. Núñez Villaverde, codirector del IECAH, está ya disponible.

 Las próximas sesiones se realizarán el jueves 2 de abril y el martes 7. La primera tratará sobre ''Las consecuencias humanitarias de una pandemia'' y la segunda estará centrada en ''¿Alguien dijo desastre? La reducción del riesgo en un entorno imprevisible''. Los próximos días publicaremos más detalles.

 

 

 

La pandemia del COVID-19 en perspectiva humanitaria. La respuesta de la ONU. Los retos para España

 

Francisco Rey Marcos 

 

 

La presentación ayer por parte del Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, de un plan coordinado de respuesta humanitaria mundial por un valor de 2.000 millones de dólares que servirá para luchar contra el coronavirus COVID-19 en algunos de los países más vulnerables del mundo, supone un hito muy importante en la historia de la ONU y en su compromiso humanitario. Desde que comenzara la pandemia en China durante el mes de enero de 2020 y comenzara su extensión a otras regiones, numerosas organizaciones humanitarias y de cooperación para el desarrollo en todo el mundo manifestaron su preocupación por los devastadores efectos que la expansión de la pandemia podía tener en los países empobrecidos y con frágiles sistemas de salud. Lamentablemente, estas previsiones se están confirmando y, aunque por el momento, la pandemia está afectando sobre todo en Europa y Asia, los datos hablan de una rápida expansión en África y América Latina. 

 

Por ello, la decisión presentada ayer por la ONU de un Plan de Respuesta Humanitaria Global COVID 19 es muy importante al abordar con decisión las consecuencias de la pandemia en contextos en los que ya existían planes de respuesta humanitaria que se van a ver complicados por el coronavirus. Tras matar a más de 19.000 personas en todo el mundo y con más de 400.000 casos notificados, el virus está presente en todo el mundo y, en estos momentos, está llegando a países que previamente se enfrentaban a crisis humanitarias debido a conflictos, desastres naturales y el cambio climático. Hace unos días, el propio Secretario General había realizado un solemne llamamiento para la paralización de los conflictos armados mediante un alto el fuego global en el que se "Silencien las armas; detengan la artillería; pongan fin a los ataques aéreos". 

El plan coordinado por las agencias de las Naciones Unidas en colaboración con las ONG y los Estados consiste en: 

 

  • Entrega de equipos de laboratorio necesarios para analizar el virus y suministros médicos para tratar a las personas
  • Enstalación de puestos de lavado de manos en los campamentos y asentamientos
  • Lanzamiento de campañas de información pública sobre cómo protegerse a sí mismo y a los demás del virus
  • Establecimiento de puentes aéreos y centros de distribución en África, Asia y América Latina para trasladar a los trabajadores y suministros humanitarios a los lugares donde más se necesitan 
 

En la presentación del Plan, António Guterres destacó que el coronavirus COVID-19 representa una amenaza para toda la humanidad “y la humanidad entera tiene que plantarle cara. No basta con la respuesta individual de cada país”. También recordó que el virus está llegando a países que sufren crisis humanitarias causadas por conflictos, desastres naturales y el cambio climático. 

 

“Esas personas no tienen un hogar en el que puedan practicar el aislamiento social o aislarse. Les falta agua limpia y jabón para realizar el acto más básico de protección personal contra el virus: lavarse las manos. Si se enferman de gravedad, no tienen forma de acceder a un sistema de salud que pueda ofrecerles una cama de hospital y un ventilador”, declaró. Por esa razón, el Secretario General considera una obligación ayudar a los millones de personas vulnerables o con escasos recursos para protegerse. 

 

"Es una cuestión de solidaridad humana básica. También es crucial para combatir el virus (…) Es el momento de dar un paso al frente por quienes sin vulnerables", destacó. Al mismo tiempo, Guterres resaltó la necesidad de mantener el apoyo a los planes de respuesta humanitaria puestos en marcha previamente ya que 100 millones de personas dependen de ellos. “El desvío de esos fondos podría acarrear consecuencias catastróficas, como una mayor propagación del cólera, el sarampión y la meningitis, mayores niveles de malnutrición infantil y el menoscabo de la capacidad de esos países para combatir el virus”, finalizó el Secretario General. 

 

Por su parte, el Vicesecretario General para Asuntos Humanitarios y responsable de OCHA, Mark Lowcockpidió a los Gobiernos que se comprometan a apoyar el plan de respuesta, que requiere 2.000 millones de dólares para los próximos nueve meses a partir de abril, e insistió sobre la necesidad de continuar apoyando los planes de respuesta humanitaria existentes, como señaló el Secretario General. 

 

Como puesta en marcha del plan, Lowcock desbloqueó 60 millones de dólares adicionales del Fondo Central de Respuesta a Emergencias de las Naciones Unidas (CERF). Este monto se suma a los 15 millones liberados previamente en respuesta a la pandemia de COVID-19. 

 

"Esta nueva asignación, una de las mayores jamás realizadas por este Fondo, servirá para apoyar el traslado de trabajadores y suministros de ayuda, la protección de los más afectados por la pandemia -incluidas las mujeres y las niñas, los refugiados y los desplazados internos- y los servicios de agua y saneamiento". 

 

El caso español 

 

En la Cooperación Española aún no se conoce de modo claro el enfoque que se va a adoptar en la respuesta a esta crisis. La Secretaria de Estado de Cooperación Internacional, Ángeles Moreno Bau declaró ayer que la Cooperación Española “va a reorientar su cooperación para el desarrollo hacia este tema” pero aún no se conocen en profundidad los compromisos e implicaciones que eso puede tener. 

 

En los próximos días esperamos que se vayan concretando estas cuestiones y desde el Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria realizaremos un seguimiento de la cuestión. Y colaboramos ya con las ONG implicadas en el asunto. La acción humanitaria de nuestro país debe estar a la altura de la situación y como decíamos en artículos anteriores  “situarse en el lugar que una sociedad solidaria como la nuestra merece. Ni más, ni menos.

 

FOTOGRAFÍA: UNPHOTO/MANUEL ELIAS

 

 

 

Para Blog Elcano.

 

No es precisamente credibilidad lo que más le sobra a la Unión Europea (UE) y la pandemia del COVID-19 puede ser la puntilla para despilfarrar la que aún le queda o, como sería deseable, para remontar a los ojos de una ciudadanía de 460 millones de personas que esperan angustiadas a que demuestre su utilidad frente a un riesgo de este calibre.

En lo que llevamos de siglo la UE ha acumulado más sombras que luces. Entre las segundas tan solo cabe destacar la unidad demostrada ante Londres en la suicida salida británica del club comunitario (a la espera de lo que ocurra en la negociación de la relación futura). Pero entre las primeras es imposible ocultar tanto el efecto pernicioso de la postura adoptada tras el 11-S (“nueva y vieja Europa”, ampliando aún más la brecha entre europeístas y atlantistas), como el derivado de la crisis económica que estalló en 2008 (salvando a unos pocos y dejando atrás a muchos más, con el consiguiente impulso a unas opciones populistas que ponen abiertamente en cuestión el proyecto comunitario) y, más recientemente, con la vergonzosa, insolidaria e ineficaz respuesta dada en 2015-16 a los millones de desesperados que llamaban a las puertas del club más exclusivo del planeta (repetida desgraciadamente ahora mismo a las puertas de Grecia).

Si a eso se une la irresponsable tendencia de los gobiernos nacionales a presentar a Bruselas como “la bruja del cuento” ante sus respetivas opiniones públicas –culpándola simultáneamente de inoperante y de imponer medidas impopulares, a su conveniencia–, se hace aún más difícil ya no solo contrarrestar el auge del antieuropeísmo y euroescepticismo sino, mucho más, alimentar el necesario apoyo ciudadano para completar el camino pendiente para llegar a convertirse realmente algún día en un actor de envergadura mundial. Y así resulta cada vez más difícil dar contenido a ambiciosas proclamas, como la autonomía estratégica que se menciona en la Estrategia Global de 2016, o lograr la verdadera unión política.

Por eso ahora, cuando la Unión se ha convertido en el foco principal de la pandemia (con China y Corea del Sur en aparente rumbo de salida), resulta aún más relevante estar a la altura de las circunstancias. El coronavirus no conoce fronteras, religiones, etnias ni nacionalidades. Nos afecta a todos por igual y las capacidades nacionales no resultan suficientes para hacerle frente; menos aún si, como ya está ocurriendo en algunos casos, las estrategias de respuesta llegan incluso, como acaba de decidir Grecia, se llega incluso al cierre de fronteras. Dicho en pocas palabras: nos la jugamos. Nos jugamos nuestra salud, nuestro bienestar económico, nuestra estabilidad política y la unidad de la Unión.

Y por eso decepciona sin paliativos lo que hasta ahora han llegado a hacer los Veintisiete. La reunión del Consejo de Ministros de Sanidad, celebrada el pasado 6 de marzo, no sirvió ni siquiera para contrarrestar la primera reacción francesa y alemana, vetando la exportación de mascarillas y material médico a otros países de la Unión, mientras ya en Italia la expansión estaba poniendo a prueba a su sistema sanitario (una medida que finalmente ambos retiraron el día 13). Tampoco fue mucho mejor el balance de la reunión (por videoconferencia) del Consejo Europeo, celebrada el día 10, con anuncios de escasa concreción operativa y llamadas a la coordinación igualmente difusas. En el terreno sanitario no se han llegado a establecer directrices operativas para coordinar la respuesta, fijando medidas comunes sobre pruebas a realizar a los posibles contagiados, modalidades de cuarentena y de distancia social para, como elemento prioritario, “aplastar la curva” (es decir, reducir la expansión para no colapsar los sistemas sanitarios). Tampoco se han adoptado decisiones que garanticen el suministro de material dónde sea necesario y aseguren el funcionamiento de los sistemas sanitarios.

Asimismo, en el terreno económico nadie puede creer que con los 25.000 millones de euros de fondos estructurales no empleados hasta ahora se va a poder salir del paso; mientras el Banco Central Europeo ha enviado un mensaje escasamente tranquilizador. Nada se sabe a estas horas de medidas que aseguren la garantía de suministros de bienes para cubrir las necesidades de los consumidores y la actividad del tejido productivo, cuando se ya se hace bien visible la disrupción de las cadenas de producción (derivada en buena parte del impacto de la crisis en China, la fábrica del mundo). Vivimos ya sumidos en una crisis de oferta (con trabajadores y empresas noqueados profundamente) y de demanda (con los consumidores encerrados en sus domicilios, reduciendo su gasto tanto por voluntad propia como forzados por las circunstancias), sin olvidar la financiera (como bien está mostrando el descalabro de las bolsas, ¿quién se atreve a invertir ahora mismo?). En resumen, en un nuevo giro hacia posiciones ultranacionalistas, la recesión está a la vuelta de la esquina y no vale decir que la pandemia ha sido sobrevenida, cuando ya desde finales de 2019 se hizo presente en China. Si la UE, que cada vez necesitamos más, no da un paso al frente, las consecuencias van a ser aún más dramáticas. ¿Cuánto más podemos seguir esperando?

 

FOTOGRAFÍA: Urusula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, y Charles Michel, presidente del Consejo Europeo, durante la rueda de prensa tras la videoconferencia de los líderes de la Unión Europea (10/3/2020). Foto: ©European Union, 2020