IRÁN

Para el Blog Elcano.

Un año después de que Donald Trump decidiera salirse del acuerdo nuclear firmado a siete bandas (Alemania, China, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Rusia y Unión Europea)...

 

El autoproclamado presidente de Venezuela, Juan Guaidó, durante las protestas en Venezuela.

Para eldiario.es


Guaidó, sea por nerviosismo o por seguir indicaciones de sus apoyos externos, ha optado por mover ficha


“Ha llegado el momento”, proclama Juan Guaidó. “Nervios de acero” responde Nicolás Maduro. Las espadas están en alto y no es fácil que vuelvan a envainarse una vez que se ha llegado a dónde, en el fondo, ya era previsible desde el 23 de enero, cuando el presidente de la Asamblea Nacional se autoproclamó presidente-encargado de Venezuela.

Desde entonces (aunque el proceso arrancó mucho más atrás) se han ido acelerando los acontecimientos hasta desembocar en el intento de implicar directa y abiertamente a uno de los actores claves en la crisis: las fuerzas armadas. Es obvio que, hasta ahora, ninguno de los contendientes se había visto suficientemente seguro de imponer su dictado. Esto era más previsible en el caso de Guaidó, dado que el creciente reconocimiento internacional (más de 50 países actualmente) no puede esconder su condición de gobernante sin poder real alguno. Pero también Maduro ha demostrado que su poder hace aguas, en la medida en que, por ejemplo, no se ha atrevido a detener a su rival, a pesar de haberle retirado la inmunidad parlamentaria y acusarlo directamente de delitos que deberían conllevar la prisión inmediata.

Mientras la crisis ha ido provocando una emergencia humanitaria- que también ha sido instrumentalizada desde dentro y fuera de Venezuela- y un creciente flujo de población- más de tres millones de salidas-, la paciencia de quienes diseñaron la estrategia de acoso y derribo del régimen bolivariano se ha ido agotando. Por un lado, no han logrado romper la unidad de las fuerzas armadas, no solo porque ya han sido duramente purgadas desde el intento de golpe de Estado contra Hugo Chávez en 2002, sino también porque sus mandos principales sienten que sus privilegios económicos dependen en gran medida del aguante de Maduro. Por otro, el ahogo económico liderado por Washington tampoco ha activado una movilización popular suficiente para hacer colapsar al régimen desde dentro. Como se viene demostrando en estos últimos tres meses, si Guaidó es capaz de poner en la calle a sus leales, Maduro logra movilizar a tantos o más aún.

Llegados a este punto, ha sido Guaidó (sea por nerviosismo, al ver que el tiempo pasa y su llamada al cambio pierde fuelle a ojos vista, o por seguir indicaciones de sus apoyos externos) el que ha optado por mover ficha. Y lo ha hecho, adelantándose a la movilización que ya había programado para el 1 de mayo, anunciando una amnistía política (que ha llevado a Leopoldo López a la calle) y haciendo un llamamiento directo a las fuerzas armadas (y, solo de paso, a la ciudadanía) para derribar definitivamente a su oponente.

Ese paso (para los especialistas queda el debate sobre si debemos denominarlo o no golpe de Estado, en un mundo en el que, como ocurre también con el terrorismo o con los presos políticos/políticos presos, cada vez resulta más difícil consensuar conceptos básicos) no parece que esté produciendo los resultados esperados por Guaidó y los suyos. Más allá de lo que todavía está ocurriendo en torno a la base aérea de La Carlota, donde se han registrado episódicos momentos de tensión entre uniformados, nada indica que se haya producido una fragmentación de las fuerzas armadas. Es cierto que en estos últimos meses ha habido centenares de deserciones puntuales que raramente han afectado a los mandos intermedios o superiores, pero en términos generales la cadena de mando parece sólidamente alineada con Maduro. Y mientras eso no cambie es muy difícil imaginar que los planes del presidente-encargado se vean coronados por el éxito.

Lo que ocurre ya es suficientemente grave y el panorama aún puede oscurecerse más si finalmente las fuerzas armadas se rompen (aunque solo sea porque entonces habría dos bandos armados con voluntad de poder, sumidos en una huida hacia adelante que apunta a un conflicto prolongado hasta que uno de los dos ponga la rodilla en tierra). Pero todavía cabe considerar una opción tanto o más inquietante, concretada en una intervención militar exterior. En ese caso todos los ojos se vuelven inevitablemente hacia Washington, puesto que ningún otro actor- ni Colombia, alineada con Guaidó, ni México, al lado de Maduro, ni ningún otro país latinoamericano- se lanzaría a una aventura tan irracional. Y eso vale también para Rusia, por mucho que ya tenga algunos centenares de militares en suelo venezolano y hasta haya movilizado a efectivos del grupo paramilitar Wagner en apoyo del régimen. Una cosa es que Moscú trate de aprovechar el río revuelto para volver a poner un pie en la región y otra muy distinta que quiera despertar la furia estadounidense en un lugar tan sensible para el primero y tan alejado de sus bases para el segundo.

En definitiva, si Guaidó se tiene que tragar sus palabras, crece la posibilidad de que Washington aumente la apuesta, no tanto empleando sus propios medios militares sino, más bien, aumentando la presión económica, la oferta a los militares venezolanos para que cambien de bando y el uso de medios irregulares hasta que la presión en la olla en la que Venezuela está metida desde hace tiempo provoque su estallido. Aunque tampoco eso arreglará nada.

 

FOTOGRAFÍA: El autoproclamado presidente de Venezuela, Juan Guaidó, durante las protestas en Venezuela. Rafael Hernández / DPA / Europa Press EFE

I Foro de la Franja y la Ruta para la Cooperación Internacional realizado en Pekín (China) en 2017. Foto: The Russian Presidential Press and Information Office (Wikimedia Commons / CC BY 4.0). Blog Elcano

Para Blog Elcano.

Ningún país del planeta piensa y actúa con la mirada tan fijada en el largo plazo como China.

 Nota de prensa de las compañeras de Acción Contra el Hambre: “Probabilidad de hambruna":Una nueva clasificación para activar la alerta.

Oficina de las Naciones Unidas en Ginebra

Para eldiario.es

La política internacional y de seguridad y defensa no tiene cabida en debates ni programas electorales: pareciera que España estuviera aislada, fuera del mundo


Los ciudadanos deberían conocer las posiciones de los diferentes partidos en asuntos relativos a la Unión Europea o la participación en la OTAN


España gasta anualmente en defensa unos 16.000 millones de euros y el riesgo de las misiones internacionales desplegadas suponen riesgos considerable


Si atendemos al tiempo y espacio que ocupan la política internacional y la política de seguridad y defensa en los debates y programas electorales de los principales partidos, cabría concluir que España está fuera del mundo. Ese vacío solo tendría sentido si nos encontrásemos aún en la dictadura franquista --expulsados del concierto internacional-- o si, milagrosamente, todas las fuerzas políticas hubieran llegado al convencimiento de que se trata de políticas de Estado y, por tanto, hubieran acordado las líneas maestras de lo que España debe hacer ahí fuera y la manera de defender sus intereses frente a amenazas y riesgos que puedan afectarnos. Pero la realidad es muy distinta.

Ninguno de los dirigentes debe pensar que con esos temas vaya a ganar votos. A ese argumento se suele sumar el de que, renunciando a una elemental labor pedagógica para crear opinión pública, suponen que a la ciudadanía no le interesan esos temas. Pero actuar de ese modo implica no asumir que en el mundo globalizado que nos toca vivir es imposible ya separar la seguridad interior de la exterior y que, además, el altísimo nivel de interdependencia que define nuestros días nos obliga a prestar atención preferente a lo que ocurre a nuestro alrededor.

España es una potencia media con intereses globales. Resulta obvio, en un momento en el que el multilateralismo está en crisis ante el empuje proteccionista estadounidense, que solo a partir de la suma de fuerzas con otros podremos tener alguna opción de influir en dinámicas que superan nuestras limitadas fuerzas y de encontrar apoyos para defendernos de lo que pueda afectarnos. Y eso, por imposición básicamente geopolítica, se llama Unión Europea (UE). Es ahí dónde se decide más de la mitad de todas las normas que regulan nuestras vidas y es ahí donde empieza o termina en torno al 70% de todos nuestros intercambios comerciales.

Además, con todos los errores e incoherencias incluidas, es con ese grupo de democracias con las que más estrechamente compartimos valores y principios. La UE debería ser, por tanto, un asunto central en cualquier agenda política española, tanto si lo vemos desde la perspectiva económica (somos la cuarta economía de la eurozona y nuestro bienestar depende sobremanera de lo que allí se decida) como política (procurando ser parte, con Alemania y Francia, del núcleo duro interesado en dotarse de una voz única).

Y, sin embargo, en el marco actual de euroescepticismo en auge, es ya un lugar común achacarle todos los males imaginables, como recurso clásico para evadir las responsabilidades propias. Y todo ello sin reparar en que es el mínimo techo protector que nos ha permitido convertirnos en los más privilegiados ciudadanos del planeta, tanto en términos de bienestar como de seguridad. Es igualmente la mínima plataforma desde la que podemos aspirar a responder adecuadamente a la desigual globalización que está generando tantos perdedores no solo en nuestra vecindad sino también en nuestro propio suelo, al cambio climático, a la proliferación de armas de destrucción masiva, al terrorismo internacional o a los efectos de unos flujos migratorios descontrolados.

Todo ello sin olvidar que tanto el mundo árabe (no solo parte de nuestra propia identidad sino importante suministrador energético, origen de muchos inmigrantes y salpicado de procesos de movilización ciudadana ante los que no podemos enmudecer) como el latinoamericano (nuestro mayor activo político es, con diferencia, el compartir lengua con 500 millones de personas) nos demandan una atención que en demasiadas ocasiones solo se queda en palabras. ¿Apuestan los candidatos por una España fortaleza o por implicarnos en el objetivo de un mundo más justo, más seguro y más sostenible? ¿Con qué recursos? ¿Con qué prioridades?

Aplicado al terreno de la seguridad y defensa también necesitamos saber qué piensa quien mañana pueda ocupar la Moncloa sobre nuestro nivel de participación en la OTAN (con el horizonte de 2024 para llegar al 2% del PIB dedicado a la defensa) o si cree que ya ha llegado la hora de apostar decididamente por la autonomía estratégica que propugna la UE, con el objetivo último de librarnos de la prolongada subordinación a Estados Unidos. España gasta anualmente en defensa unos 16.000 millones de euros y despliega sus fuerzas en misiones internacionales que suponen riesgos y compromisos que bien merecen alguna consideración. Y lo mismo cabe decir sobre nuestra política de comercio de armas (somos el séptimo exportador mundial), nuestra política de inmigración (cuando ya el 10% de la población es de origen foráneo) o la cooperación al desarrollo (que es la política pública que más se ha reducido desde el inicio de la crisis).

Pero hasta hoy, y sin que sirva de disculpa que en un mes habrá elecciones al Parlamento Europeo, no sabemos prácticamente nada de lo que nuestro próximo presidente de gobierno piensa sobre estos temas.

 

FOTOGRAFÍA: Oficina de las Naciones Unidas en Ginebra. EFE