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Desde que la guerra empezó a hacerse, por lo menos de manera organizada, empezó la preocupación por la suerte de los heridos y los refugiados. Desde el primer milenio está muy bien documentada tal preocupación. En 1743, John Pringle recomendaba que los hospitales de ambos bandos fuesen considerados como santuarios para los enfermos y que fuesen recíprocamente protegidos. En ese mismo año se redactó el primer "Tratado y Convenio para los Enfermos, Heridos y Prisioneros de Guerra" del que se tenga noticia.

Pero, después de la Segunda Guerra Mundial, de los campos nazis y de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, lo humanitario estaba más cerca del derecho internacional que de la voluntad de los guerreros o de la caridad de los religiosos. Los Convenios de Ginebra de 1949, y la Convención sobre los refugiados y su Protocolo de 1967, establecen unas reglas para ser cumplidas aún en medio de la guerra, reglas que se inspiran en la mejor herencia, hasta el momento, de una noción de solidaridad y de fraternidad que nos dejó la Ilustración.

Lo humanitario, como lo han definido y aceptado las ONGs que se precian de serlo (y como lo exige el artículo 3 común de los Convenio de Ginebra), implica el respeto de, por lo menos, un principio: la imparcialidad. Imparcialidad es: “No hacer ninguna distinción de nacionalidad, raza, religión, condición social ni credo político” y “dedicarse únicamente a socorrer individuos en proporción a los sufrimientos, remediando sus necesidades y dando prioridad a los más urgentes”. Es decir, lo humanitario tiene sólo un fin para ser tal: las víctimas; y su despliegue establece unas prioridades que no tienen que ser coherentes con la guerra, ni mucho menos supeditadas a ella.

Lo que se ve en estos días, en forma de sacos y latas de comida, no es una respuesta al drama humano de Afganistán, esta acción es parte de la lógica de hacer de lo humanitario la continuación de la guerra por otros medios, como dicen algunos expertos. No se rechaza que sea imparcial porque asista a una de las partes (los afganos), ni se rechaza que sea humanitario porque la manera de distribución y la cantidad de la ayuda sea discutible, no es un problema de cantidad, sino de cualidad. Llamar a esto “humanitario” es un problema nominal que genera conclusiones peligrosas.

Este acto, calificado erróneamente de “humanitario”, es parte inherente y fundamental en la estrategia de Bush y aceptar como humanitario tal cosa, es equiparar la acción de Médicos Sin Fronteras en los campos de Ruanda, la ayuda de Acción contra el Hambre en Sierra Leona, y la asistencia del Comité Internacional de la Cruz Roja en Sri Lanka, con los bombardeos que en su día hizo Francisco Franco con pan sobre Madrid.

Decíamos que lo humanitario estuvo, entre finales de los años 40 y el comienzo de esta nueva guerra, definido por una normas internacionales; normas que ahora poco importan pues entre la noción errónea de “daños colaterales” y la justificación de los medios en los fines, las infracciones al Derecho Internacional Humanitario parecen poco importantes, para algunos incluso aparecen como “inevitables”.

Ahora, en esta nueva coyuntura, lo humanitario es un eslabón de la guerra, no a pesar de ella sino a favor de ella, cuando lo realmente humanitario sería no hacer bombardeos indiscriminados en los que ya han muerto civiles. Lo neo-humanitario es una creación con fines mediáticos dentro del arsenal de la psicología de la guerra, como las imágenes televisadas, la creación de un lenguaje “políticamente correcto” y hasta el reforzamiento de la peligrosa idea de un choque de civilizaciones, elementos que contribuyen a la legitimidad de las infracciones al derecho humanitario.

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