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(Para Radio Nederland)
La liberación de seis secuestrados en manos de las FARC, realizada la pasada semana de modo unilateral, permite abrir nuevas perspectivas sobre el futuro del conflicto colombiano o, al menos, sobre las posibilidades de negociaciones en un escenario en el que otras muchas variables pueden influir. Conviene recordar, en primer lugar, que la liberación estuvo a punto de fracasar porque muchos de los que en ella participaron dieron muestras de enorme mezquindad política, incumplieron compromisos, intentaron obtener réditos políticos inaceptables o se dejaron llevar por la vanidad. Mientras que otras personas e instituciones se portaron de modo serio y riguroso y consiguieron, no sin problemas, que las FARC mantuvieran su compromiso y la libertad de los secuestrados se produjera. Por ello, la primera enseñanza sería que este tipo de situaciones debe abordarse con la mayor prudencia y por medio de instituciones que con seriedad y prudencia garanticen el éxito. Y en este caso, tanto el CICR como el grupo Colombianos por la Paz y la senadora Piedad Córdoba se han comportado de ese modo. Y otros, lamentablemente, no. Puede uno preguntarse el por qué todas las liberaciones de secuestrados, que deberían ser momentos de alegría, se convierten en Colombia en motivo de polémica y discusión.

Las razones por las que las FARC decidieron liberar a estos secuestrados son muy diversas, pero todas deben ser vistas como un gesto que recupera su capacidad de iniciativa en un ámbito, el del intercambio humanitario, en el que su credibilidad era nula. "Estas liberaciones unilaterales de secuestrados son resultado de la movilización nacional contra las FARC del 4 de febrero de 2008" ha dicho de modo enfático el senador del Polo Democrático Alternativo Gustavo Petro, y eso, sin tener una relación causal tan directa como la que él dice, si que ha sido uno de los elementos que ha obligado a las FARC a efectuar acciones que recuperen entre algunos sectores de la sociedad colombiana su maltrecha imagen. Desde aquellas movilizaciones es bien visible la consolidación de un fuerte movimiento cívico a favor de la paz, del que Colombianos por la Paz es una buena muestra. Intentar tildarlo de "intelectuales al servicio de las FARC" o, peor aún, referirse a su tarea como "el cuentico de la paz", como ha hecho el presidente Uribe, es degradarse y reconocer que se tiene poco interés en la consecución de la paz. Al menos debería reconocerse que gracias a su actuación se han conseguido estas liberaciones, y eso ya es algo. Y aún más, debería reconocerse el importante papel que muchas iniciativas de la sociedad civil están teniendo a favor de la paz en los más variados escenarios del territorio colombiano y apoyar esas iniciativas respetando su autonomía.

Estigmatizar a los muchos colombianos que trabajan a favor de la paz con la etiqueta de colaboradores de la guerrilla es un acto irresponsable, impropio de un gobernante sensato.

La manera en que se han producido las liberaciones pone de manifiesto que, contra lo que tratan de convencernos algunos sectores, la guerrilla cuenta aún con capacidad de maniobra y no está, ni mucho menos, derrotada. Las declaraciones de los políticos Alan Jara o Sigifredo López, tras su liberación, no pueden ser más explícitas y sus manifestaciones a favor del intercambio humanitario deberían ser escuchadas. Ellos, como el resto de personas que han pasado por el calvario del secuestro, conocen bien la crueldad de esa situación y sus afirmaciones, reconociendo la fuerza de la guerrilla, deberían hacer reflexionar a la clase política colombiana. El hecho de que una gran parte de los políticos liberados, de todo color político, vayan a participar en el proceso electoral a punto de comenzar, y el que todos ellos coincidan en la necesidad de avanzar, al menos, en el diálogo humanitario, deja claro que este tema será central en la campaña. Evidentemente, en la compleja situación colombiana, el componente humanitario es poca cosa y es tan sólo el principio de algo más difícil, pero es un inicio absolutamente necesario y en ello debería lograrse avanzar, como piden millones de ciudadanos, de modo decidido. Luego se irá viendo si sobre esta base pueden construirse, como muchos reclaman, diálogos de mayor calado.

Lamentablemente, junto a estos avances, se ha producido en los últimos días un recrudecimiento de la violencia en ciertas regiones del país y la masacre de al menos 17 indígenas awá en Nariño, al sur de Colombia, es un hecho muy preocupante y según denuncia Human Rights Watch, ha sido cometida por las FARC, aunque las circunstancias son aún dudosas.

Todos estos hechos hacen ver la necesidad de, al menos, avanzar en un diálogo humanitario que limite el efecto de la violencia sobre la población civil y los sectores más vulnerables de la población colombiana. Y después... ya se verá.