EFE

 

Para elperiódico.com

 

Entre la angustia existencial de quienes solo aspiran a salvar sus vidas cubrir sus necesidades más básicas y la desvergüenza de quienes en lugar de seres humanos solo ven peones de su particular ajedrez geopolítico y geoeconómico, lo único claro en lo que coinciden tanto Turquía como Grecia (y, por extensión, la Unión Europea) es en que los desesperados no pasarán.

Para Erdogan eso significa que no está dispuesto a permitir que a los casi cuatro millones de refugiados que ya malviven en su territorio se añada uno solo de los alrededor de un millón que se están viendo forzados a desplazarse en la provincia siria de Idlib, escapando de la ofensiva del régimen de Al Asad (con apoyo ruso) y la contraofensiva turca. Y de ahí que, por un lado, haya lanzado la operación Escudo de Primavera y, por otro, haya vuelto a abrir la puerta migratoria hacia Grecia. Al haber calculado mal sus fuerzas y la reacción de su teórico aliado ruso, Erdogan procura ahora recabar un apoyo más claro tanto de la OTAN (EEUU) como de la UE para frenar al tándem Moscú-Damasco, o al menos presionar al primero para que acote las ambiciones militaristas del segundo, recurriendo a una baza que ya le rindió anteriormente buenos frutos (6.000 millones de euros por parte de Bruselas).

Por su parte, para Mitsotakis y para la cúpula de la UE queda claro que lo fundamental es proteger las fronteras comunitarias, evitando la repetición de lo ocurrido en el 2016, en un nefasto “sálvese quien pueda” que hundió la imagen de la Unión y casi se llevó por delante Schengen. Las felicitaciones de Von der Leyen a Atenas por ser el “escudo” de la Unión y las apelaciones a “mantener la línea” transmiten una inapropiada visión militarista, aunque solo sea porque su uso supone identificar a los desesperados como un supuesto ejército invasor. Y da igual si por el camino se dispara a quienes ahora están atrapados en tierra de nadie o se tira a la papelera (aunque se presente como una medida temporal) la Convención del Estatuto sobre Refugiados (1951), que obliga tanto a Grecia como al resto de los Veintisiete a asistir y proteger a toda persona que esté en esas circunstancias.

 

Ceguera

Actuar de este modo no solo echa por tierra cualquier proclama sobre supuestos valores y principios que decimos que definen nuestras democracias y olvidar la corresponsabilidad en la creación de muchas de las crisis y conflictos que derivan con demasiada frecuencia en una intensificación de los flujos migratorios.

Supone también una absoluta ceguera. La misma que parece obnubilar al Ministerio de Interior español, cuando apuesta por elevar un 30% las vallas de Ceuta y Melilla, o a los Veintisiete, al volver a apostar por un tratamiento policial de un fenómeno que nunca, sea cual sea la altura de los muros y el volumen de los despliegues de Frontex, podrá detener la desesperación de quienes no tienen nada que perder y tan solo pretenden salir de su particular infierno. Un infierno que, irresponsablemente, llevamos años construyendo.

 

FOTOGRAFÍA: SEDAT SUNA (EFE)