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Para el Equal Times.

 

Desde hace demasiado tiempo el mundo árabo-musulmán, tanto en el Magreb como en Oriente Próximo y Oriente Medio, se nos aparece como sinónimo de subdesarrollo, inestabilidad y violencia. En el marco de unos sistemas imperfectos –tanto en su vertiente social como política y económica– allí chocan los intereses de unas elites dominantes, empeñadas en mantener sus privilegios a toda costa, con los de una ciudadanía crecientemente crítica, sea por la imposibilidad de satisfacer sus necesidades básicas, por sufrir en sus carnes el efecto de una violencia que no cesa o por ver cotidianamente violados sus derechos por sus propios gobernantes y negada la posibilidad de llevar una vida digna.

A eso se suma la tradicional y perniciosa injerencia de potencias regionales y globales, mucho más atentas a lo que determinan las elites locales que a la población, interesadas en influir en los asuntos de sus vecinos y aumentar su peso a nivel internacional, aunque sea a costa del malestar y la inseguridad de los demás.

Así, se ha ido creando un caldo de cultivo estructural en el que fácilmente se ha abierto paso, para unos, la tentación de recurrir a la represión violenta y en el que también, para otros, ha germinado el malestar y la contestación social. Todo ello ha desembocado en una situación altamente preocupante en la que podría parecer a primera vista que no hay salida.

 

Perdiendo el miedo

La represión violenta ha sido, con diferencia, la opción preferida por los gobiernos de la zona desde hace décadas, combinada con diferentes dosis de clientelismo y paternalismo para intentar mantener la paz social. Con el objetivo de preservar su dominio y escasamente sensibles a las necesidades y demandas de sus poblaciones respectivas, se ha hecho habitual para ellos el recurso al castigo como método preferente para mantener, en clara connivencia con muchos gobiernos foráneos, un statu quo del que ambos son los principales beneficiarios. Escasamente dispuestos a permitir la libre expresión de la población, y más aún tras la experiencia de la llamada primavera árabe, existe hoy una verdadera contrarrevolución en la que sobresalen los regímenes de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Siria y Egipto (sin olvidar a Irán en el bando chií).

Con el paso del tiempo y los efectos de las sucesivas crisis que han afectado seriamente a la capacidad tanto de los citados como de la mayoría del resto para seguir “comprando” la paz social, lo que todavía conservan, sobre todo, es capacidad represora y a ella se están dedicando con ahínco. Eso significa que no cabe esperar un cambio sustancial en su comportamiento, aferrados a un esquema que busca principalmente mantenerse en el poder sin ceder nada sustancial a cambio.

Y lo mismo cabe decir, por desgracia, de los actores externos interesados en la región, dado que en general prefieren entenderse con los gobernantes actuales –por mucho que puedan resultarles incómodos y por mucho que sus propias sociedades civiles los critiquen por su cruda “real politik”–, antes que arriesgarse a que las movilizaciones ciudadanas puedan aupar al poder a nuevos gobernantes, poniendo en peligro el mantenimiento de un orden regional que lleva mucho tiempo sirviendo a sus intereses.

 

Frente a esa poderosa dinámica se opone otra, impulsada por un número creciente de ciudadanos que aspiran a encontrar una salida y un cambio sustancial de su situación.

 

Son ellos los que realmente están tratando de superar los retos actuales y de encontrar soluciones a los problemas que definen sus vidas y los de sus países. Sus fuerzas son, con diferencia, inferiores a las que acumulan sus gobernantes y quienes les apoyan desde fuera. Pero han perdido el miedo a la represión y su determinación parece cada vez más firme como resultado de un bien visible hartazgo acumulado durante años.

Con todas las cautelas que supone cualquier generalización, las movilizaciones/revoluciones que se viven hoy con diferente intensidad en un número creciente de países –con Líbano, Irak, Argelia y Sudán como los casos más recientes– tienen como elemento central la enorme frustración ciudadana con unos gobernantes fracasados, corruptos, ineficientes y totalitarios, incapaces de garantizar unos niveles decentes de bienestar y seguridad para todos. Sobre esa base potencialmente explosiva todo quedaba a la espera de la espoleta que lo hiciera estallar –fuera un joven que se inmoló ante una comisaría, como en Túnez; la represión contra unos niños que pintaron unas consignas políticas contra el gobierno, en Siria; el intento de aplicar una cuota mensual de casi 6 euros por las llamadas telefónicas de WhatsApp, en Líbano; el aumento del precio de los combustibles, en Irán; o factores menos señalados, como en Libia, Yemen, Siria o Argelia–.

La diferencia sustancial con episodios de movilización popular anteriores –cuando la aplicación de programas de ajuste estructural provocaron a finales del pasado siglo revueltas que se limitaban a demandar el restablecimiento de los subsidios a los productos de primera necesidad que habían sido eliminados–, lo que se está produciendo desde 2011 es un movimiento de marcado perfil político, demandando no solo la desaparición del cabecilla de turno, sino el desmantelamiento de un statu quo del que solo en el mejor de los casos reciben migajas paternalistas y clientelares. Han sido y son movimientos transversales (superando las clásicas señas de identidad étnica o religiosa), jóvenes (como corresponde a la estructura demográfica de estos países), espontáneos (en el sentido de que nacen de la propia sociedad y no de una manipulación foránea) y pacíficos (son los gobiernos de turno los que, fieles a su pauta represiva, recurren a la violencia como primera opción).

 

Apoyar cuanto antes regímenes legítimos y representativos

Pero igualmente es cierto que se trata de movimientos todavía por estructurar y a los que solo parece unir el deseo de deshacerse de sus actuales gobernantes. Eso significa que en muchos casos han renunciado incluso a identificar a sus líderes y, en general, no cuentan con programas de gobierno coherentes. Y todo ello les resta fuerza para superar la resistencia de actores mejor organizados y experimentados en la conquista y el mantenimiento del poder.

Por eso no basta con desearle simplemente suerte a sus promotores, confiando en que finalmente lograrán salvar todos los obstáculos que se opongan a su camino. Es previsible que, además de la reiterada represión y en clave lampedusiana [el adagio de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: las cosas tienen que cambiar para que todo siga igual], algunos de esos gobiernos estén dispuestos a aceptar reformas cosméticas para evitar en última instancia que nada sustancial cambie.

 

Es necesario que los gobiernos occidentales democráticos apoyen activamente a esos movimientos, superando la tradicional visión cortoplacista que sigue contentándose con gestionar los asuntos con meros parches, confiando en que el tiempo acabará por hacer encajar todas las piezas del rompecabezas.

 

Los actuales gobernantes no van a abandonar el poder sin resistencia, y menos aún si sienten que son apoyados por Washington, Bruselas, Moscú o tantos otros interesados en la región. El actual modelo de gestión sociopolítica y económica está absolutamente agotado, y los millones de personas que habitan esos países no esperan ya nada de unos dirigentes que han mostrado sobradamente que solo se mueven para mejorar sus privilegios de casta. Una casta que ha dilapidado totalmente su capital político ante los ojos de una población que, consciente de su mala situación y de que en el siglo XXI hay otras alternativas para ver satisfechas sus necesidades básicas y garantizada su seguridad, demanda una limpieza a fondo de un sistema profundamente disfuncional.

En todo caso, mientras son muchas aún las incógnitas por despejar, ya cabe concluir que, sin la presión popular, ninguno de estos imperfectos regímenes parece dispuesto a modificar el rumbo. Lo malo es que tampoco parece que las potencias extranjeras implicadas en la región estén dispuestas a dejar de alinearse con estos últimos. Todo indica que todavía no entienden que esa apuesta por gobernantes fracasados no les servirá para defender mejor sus verdaderos intereses, sin olvidar que ese comportamiento choca frontalmente con sus propios valores y principios. Ojalá entiendan en algún momento que contribuir a la instauración y consolidación de regímenes legítimos y realmente representativos debe ser la vía de acción preferente.

 

 

FOTOGRAFÍA: 11 de enero en Teherán (Irán), una mujer conversa con un policía. (AP/Mona Hoobehfekr)