EEUU_IRAN

 

Para elperiódico.com

 

Sumidos desde hace tiempo en una espiral ascendente de acción-reacción, tanto Estados Unidos como Irán parecen condenados a chocar directamente en algún momento. Una espiral cuyo arranque puede fijarse en 1979 (cuando Jomeini derribó al sah Reza Palevi, sólido aliado estadounidense) y que se ha recrudecido desde mayo de 2018 (cuando Donald Trump decidió incumplir y salirse del acuerdo nuclear de junio de 2015). Desde entonces, incluyendo el asesinato del general Qasem Soleimani, la concatenación de errores no ha hecho más que aumentar en ambos bandos.

Washington se equivoca al creer que con su estrategia de «máxima presión» –que dice emplear para forzar un nuevo (y mejor) acuerdo nuclear cuando, en realidad, solo busca la caída del régimen– logrará que Teherán ponga la rodilla en tierra. Es cierto que las sanciones económicas llevaron a Irán a la mesa de negociaciones en el 2015 y que hacen más difícil al régimen mantener la paz social. Pero, aun así, el tándem Jamenei-Rohani no solo sigue respirando -gracias a su gran experiencia, con los pasdarán como punta de lanza, en explorar canales informales para saltarse las sanciones y a su notable capacidad represiva contra una población que es la principal perjudicada del castigo internacional-, sino que ha logrado dotarse de numerosas bazas de retorsión (desde Hezbolá, en Líbano, a los huzís yemenís y numerosas milicias a su servicio en Siria e Irak) que le están sirviendo para frenar el apetito combinado de Washington, Tel Aviv y Riad de provocar su colapso.

 

Costes superiores para todos

Eso significa que la eliminación de Soleimani –héroe nacional para unos y monstruo repulsivo para otros– no solo no traerá ninguna ventaja para Washington y sus aliados, sino que los costes van a ser infinitamente superiores para todos. Por un lado, los pasdarán (y su fuerza de elite, Al Qods) mantienen incólume su capacidad operativa en todo Oriente Medio. Por otro, lo más previsible es que Irán siga reduciendo su nivel de compromiso con el acuerdo del 2015 (quien lo ha violado es precisamente Trump), acercándose aún más al umbral nuclear, sin descartar que a lo largo del año pueda salirse definitivamente del tratado de no proliferación. Y eso supondría dejar que tener información fiable sobre lo que Teherán pueda hacer en este campo y estimular aún más a otros países (como Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Turquía o Egipto) para dotarse asimismo de capacidades nucleares. Igualmente, y para contento de Dáesh y otros grupos yihadistas, la situación de las tropas estadounidenses en Irak se hace claramente insostenible, tras el acuerdo aprobado el pasado día 5 en el Parlamento iraquí, exigiendo su salida inmediata.

Aunque esto no llegue a materializarse en su totalidad, resulta obvio que el riesgo para los alrededor de 5.000 efectivos estadounidenses en el país aumenta exponencialmente, sometidos a la presión de unas milicias proiranís (como Kataib Hezbollah) que también reclaman venganza. Mientras tanto, la debilidad del Gobierno iraquí se acentúa aún más, al mismo ritmo en que aumenta la influencia iraní sobre su vecino. Por su parte, y como bien demuestran las manifestaciones en Líbano, Irak y el propio Irán en su contra, el régimen también se equivoca al pensar que de este modo podrá expandir su modelo revolucionario al resto de Oriente Medio y garantizar su supervivencia.

 

Esporádicas acciones violentas

Su inferioridad militar y sus menguantes medios económicos para alimentar su resistencia y la de sus aliados regionales hacen insostenible su posición actual, sin que eso signifique que no pueda seguir llevando a cabo esporádicas acciones violentas. Una posición en la que apenas cuenta con aliados y socios dispuestos a compensar el castigo al que está siendo sometido (solo China e India siguen comprando sus hidrocarburos, mientras la Unión Europea parece alejarse cada vez más del compromiso del 2015, bajo creciente presión estadounidense). En definitiva, Teherán no puede aguantar un pulso militar contra Washington, ni puede encontrar auxilio suficiente en otras capitales ante las nuevas sanciones que decida Trump.

Ninguno de los dos puede desear racionalmente la guerra directa, aunque ambos están jugando con fuego desde hace tiempo. Empecinados en ese trágico juego –uno jugando a la guerra con fines electoralistas y el otro mostrando su voluntad de resistencia a toda costa– la opción de volver a la mesa de negociaciones no se vislumbra en el corto plazo. Y todo apunta a que, para llegar a ese inevitable punto, aún habrá que asistir a nuevos episodios de violencia sin sentido.

FOTOGRAFÍA: MARÍA TITOS