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A propósito del Paro Nacional y la situación del país...

El país ha empezado a cambiarse de ropa

 

  1. El paro nacional y las jornadas de protesta son la cara social y política más profunda de los recientes resultados electorales, que desbordaron a los partidos como tales y al uribismo como corriente política. Y ello es así, porque el movimiento de estos días ha empezado a superar en sus motivos y aspiraciones las falsas polaridades entre paz y seguridad, entre políticas económicas y sociales, y entre el país regional y rural que votó por el sí a la paz, y el urbano de las grandes ciudades que votó por el no...
  2. Una característica de dichas jornadas es la aceleración de los tiempos de la política, en el sentido de la fugaz apertura y agotamiento de las iniciativas gubernamentales, y de las prometedoras dinámicas de expresión ciudadana y social.
  3. Ello tal vez se pueda explicar si se mira quiénes convocaron y cómo maduró dicha convocatoria. Convocaron inicialmente los sindicatos y el movimiento estudiantil, y luego se fueron sumando organizaciones sociales de diverso tipo (indígenas, campesinas, ciudadanas, de derechos humanos, gremiales populares, sectores políticos, redes ciudadanas, entre otros.), hasta madurar superando el pulso que el uribismo y el gobierno le propusieron al país sobre la deslegitimación del paro, la estigmatización de los convocantes y la siembra del miedo como instrumento político para impedir la protesta.
  4. El paro fue precisamente eso, un paro, especialmente de transporte y del comercio, inducido por aquel pulso o asumido por algunos actores sociales y gremiales, pero en todo caso, un paro, un cese de actividades económicas, y al mismo tiempo una movilización ciudadana. Y ello explica la complejidad de los motivos y de la participación, pero al mismo tiempo la profundidad de su significado.
  5. La importancia de la jornada estriba, además de lo masiva y extensiva en el país, en esa combinación de paro y movimiento, que no se presentaba en todo el país desde hace décadas, el cual empezó a estremecer los cimientos del régimen político más allá de la crisis de gobernabilidad misma.
  6. En lo puntual de la jornada, y en los eventos subsiguientes (concentraciones fluctuantes, cacerolazos, debates, denuncias y esclarecimientos por las redes, entre otros), se ha empezado a esbozar una suerte de “huelga ciudadana”, con las limitaciones impuestas por la devastación de la guerra sucia de varias décadas, pero al mismo tiempo con las potencias de los relevos generacionales evidentes en la participación juvenil, el desgaste de las polarizaciones ideológicas tradicionales, la suma de motivos en toda la línea de la realidad social y ambiental, y la apertura de repertorios de acción colectiva más amplios, frescos y con una alegría renovada, incluyendo las acciones virtuales.
  7. Después del 21, se vienen combinando dos procesos inter-relacionados, pero con sus propias singularidades: El primero, el sainete de los salvadores de la patria, brevísimo por su agotamiento en una sola noche, cuyos impactos lograron recrear confusión más que miedo; y el segundo, las frágiles pero contundentes expresiones de protesta encarnadas en los cacerolazos y las concentraciones y movilizaciones sucesivas.
  8. El sainete de salvación fue develado rápidamente por las grabaciones espontáneas sobre las complicidades de la policía con la zozobra y las amenazas nocturnas de vandalismo, y hasta por la ingenua declaración del alcalde de Bogotá de que se trató de una campaña de terror. Otra cosa es que como cálculo cínico de apostar a revolver los miedos atávicos originados en el “bogotazo” del 9 de abril de 1948, la macabra iniciativa logró revelar que subyace en la sociedad y especialmente en sectores medios una incapacidad de representarse a los sectores populares más allá de la supuesta masa informe que agencia la revuelta espontánea y destructora. Pero una vez más esto fue conjurado relativamente porque los bárbaros, como en el poema de Kavafis, no llegaron, y antes de que cantara el gallo había cesado “la uribe noche”. 
  9. Y si en efecto hubo algunos desmanes “auténticos”, éstos se presentaron en unas pocas zonas pauperizadas muy localizadas de dos ciudades, Cali y Bogotá, y en uno o dos municipios del país. Pero aquí tal vez pueda decirse que otra tradición del país de levantamientos explosivos y espontáneos callejeros ha brillado por su ausencia, lo cual quizás empieza a evidenciar que ya no hacen parte de los nuevos repertorios de acción ciudadana, aún frente a la evidencia de una rabia profunda en algunos sectores más pauperizados y descompuestos.
  10. Aquí se revela el papel del gobierno mismo en el sainete, cuyo perfil principal es la ineptitud, tanto del conjunto del gobierno como del presidente y de su propio partido, que ya ha empezado a pasar de ser de crisis a constituirse en bancarrota política.
  11. Y también la ausencia de escrúpulos, la crueldad y el cinismo de la derecha, que sigue echando leña al fuego del conflicto que niegan, algunos de cuyos dirigentes más conocidos han llamado a los vecinos armarse y al gobierno a liberar el porte de armas en medio de un cierto silencio de su innombrable jefe, cuyos ecos en algunos grupúsculos con capacidad de daño y de violencia siguen vigentes así estén cada vez más develados.
  12. Y es notable el silencio del ministerio de defensa y de las fuerzas armadas, tal vez las más desgastadas en los últimos meses por los desafueros de su accionar en campos y ciudades, la crisis del ministerio como tal, y la marginación de la discusión pública de los sectores militares afectos a la paz.
  13. Y es palpable la caducidad de un organismo de represión como el Esmad, un actor institucional que canaliza y proyecta el resentimiento subyacente y el anhelado vandalismo por sectores del país, con sus prácticas de violencia y atrocidad para recrear el terror. Es hora de reivindicar su liquidación como ente de policía, no sin dejar de judicializar a los responsables de los crímenes perpetrados en estas y otras jornadas, ni de conocer cómo se han venido seleccionando sus miembros, cuáles es la formación que se les imparte, y cuál la coordinación de sus mandos con las autoridades competentes.
  14. En cuanto a los cacerolazos y las jornadas subsiguientes, revelan ante todo la profundidad de la indignación, y de la búsqueda de nuevas formas de acción colectiva, ciudadana y social, especialmente por parte de la juventud y de los pobladores de barrios y de pequeñas ciudades en todo el país. Pero también evidencian algunos vacíos de la protesta y de la política nacional en general.
  15. En cuanto a los vacíos, las jornadas empiezan a mostrar una debilidad de horizontes de sentido de la acción colectiva, así haya ideas fuerza y motivos de protesta, e incluso reivindicaciones de cambio de las políticas sociales vigentes, pero parece haber muy poco de la necesaria articulación de la acción (confluencias, configuración de mesas o instancias de diálogo entre los activistas o los sectores, etc., y definición de programas o plataformas de transformación de políticas…). Y una relativa ausencia de referentes políticos  organizados o de liderazgo con legitimidad en torno a lo alternativo propositivo, los cuales han brillado por su ausencia en la coyuntura, así haya tímidas expresiones de algunos analistas, incipientes manifiestos más orientados a exhortar al gobierno a cesar la represión y atender los reclamos, o por supuesto decisivas y valiosas presencias de las grandes figuras de la oposición cuyas claridades y tesones contribuyen a legitimar y esclarecer la validez de las protestas.
  16. Aquí tal vez se expresa la profundidad de la crisis de representación política que atraviesan los sectores sociales populares y medios de la población, cuyas expresiones gremiales, comunales y organizativas han sido y están siendo devastadas por la guerra sucia y la violencia cruzada de la gran familia de la ultraderecha, el paramilitarismo y el narcotráfico.
  17. ¿Qué sigue? El martes próximo la aprobación en el Congreso del presupuesto negado por la Corte Constitucional, donde se amarran de la peor manera las políticas cuestionadas por el paro y las jornadas de protesta, con base en las componendas del ministro de hacienda con el vargasllerismo y otros sectores parlamentarios. El miércoles, en un escenario que de antemano sería anacrónico si se realiza lo anterior, la apertura no de un diálogo sino de una “conversación social”, anunciada por Duque primero con algunos empresarios, y luego con los nuevos alcaldes y gobernadores, escamoteando a la ciudadanía y a los movimientos y sectores sociales y gremiales populares que articularon la convocatoria al paro y a la protesta.
  18. Y entonces, ¿Qué hacemos? Tal vez la respuesta pueda estar en dos necesarios planos: el del desenlace y fructificación de las protestas, con la preparación para una concertación más temprano que tarde del desmonte de las principales reformas impugnadas, y el inicio de la superación nacional de lo más profundo del uribismo: la corrupción y los negocios con los recursos públicos de sus dirigentes políticos y gremiales, y de sus mentores gremiales y  económicos; y la concurrencia del movimiento ciudadano y social con la formulación de los planes de desarrollo territoriales de los gobiernos que asumen en enero, articulando propuestas de políticas alternativas a las reformas que se pretenden…
  19. Para ello, habría que buscar la forma de revertir la energía de las protestas en articulaciones o mediaciones de los movimientos, constituyendo una suerte de instancia nacional abierta con representación ciudadana (¿territorial?) y sectorial (sindical, campesina, indígena, de los movimientos lgbti y feministas, entre otros), que se reivindique como factor de interlocución con el gobierno nacional y con los nuevos gobiernos territoriales, y se asuma como referente colectivo para las próximas semanas y meses; y hacer acuerdos entre organizaciones ciudadanas para irrigar las redes sociales con nuevos contenidos e iniciativas que ayuden a cualificar la acción colectiva y especialmente la de las redes… Y por supuesto, continuar la búsqueda de transformación social y política de un país que ha empezado a quitarse de encima las anacrónicas vestiduras de la violencia, los fundamentalismos y la política pública envilecida.

 

Sobre el autor.

Hernán Darío Correa, sociólogo y activista colombiano con el que hemos tenido el honor de colaborar en diversas ocasiones, realiza esta interesante reflexión sobre las perspectivas que se abren tras el Paro Nacional y el auge de las movilizaciones ciudadanas.