IRA

Para elperiódico.com

 

Para hacernos una idea aproximada de las razones que han llevado a los iraquís a la calle desde el 1 de octubre basta con considerar cómo nos sentiríamos si fuéramos ciudadanos del tercer exportador mundial de petróleo y sufriéramos a diario cortes de electricidad y nuestro sistema educativo y sanitario estuvieran al borde del colapso.

Añadamos a eso que el 60% de nuestros conciudadanos fuera menor de 25 años, que el desempleo juvenil superara el 40% y que el 20% viviéramos por debajo de la línea de pobreza. Sin olvidar, por supuesto, una violencia que, con algún altibajo, se remonta ya 40 años atrás y una sostenida injerencia en nuestros asuntos de actores regionales (Irán) y globales (EEUU) que pugnan por ganar influencia a nuestra costa.

En esas condiciones tan solo falta la chispa que active la mecha de una bomba que ha terminado por visibilizar un hartazgo que, como por desgracia suele ser habitual, está siendo respondido violentamente por un gobierno que ya ha agotado en apenas un año todo su capital político (se contabilizan ya más de 250 muertos y miles de heridos). Cierto es que no todo lo que ocurre es responsabilidad directa del primer ministro, Adel Abdul Mahdi, pero sobre sus espaldas recae ahora todo el peso acumulado de una frustración y desesperación que ha llevado a las manifestaciones más transversales de la historia reciente de Irak, pasando por encima de identidades étnicas o religiosas para demandar mejores condiciones de vida y una limpieza total de un sistema demasiado corrupto y sectario.

 

Relevo acomodaticio

Llegados a ese punto de poco sirve que ahora Mahdi reconozca la legitimidad de las demandas y que ofrezca incluso su propia dimisión (si alguien está dispuesto a tomar el relevo), para a continuación pedir paciencia a los casi 40 millones de iraquís ante un futuro inmediato que no hace más que oscurecerse. Por su parte, el presidente Barham Salih hace lo propio, prometiendo unas elecciones anticipadas, una nueva comisión electoral independiente y una nueva ley electoral, en un gesto vacío que supera sus verdaderas capacidades y no llega a satisfacer a los manifestantes.

Unos manifestantes que se mueven, sobre todo en la capital y en las provincias del sur (de mayoría chií), sin un liderazgo político concreto y que aspiran a un cambio constitucional y a un sistema parlamentario que eliminen el pernicioso sectarismo actual, rechazando de plano las componendas que entretienen, sobre todo, a las dos principales coaliciones parlamentarias --la Alianza Fatah, liderada por Hadi al Amiri, y la Alianza Sairoon, encabezada por Muqtada al Sader-- que, en última instancia, acordaron en su día el nombramiento de Mahdi.

Lo que parece es que ambos líderes --junto a Washington, Teherán y Erbil-- prefieren mantenerlo de momento en su puesto, mientras buscan un relevo acomodaticio. Todos ellos desean, en definitiva, un cambio lampedusiano, que no toque las bases de un sistema que les resulta provechoso. Pero la población parece estar ya en otra onda.

 

Fotografía: THAIER AL-SUDANI (REUTERS)