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El pasado mes de mayo se produjo el lanzamiento del nuevo Informe de Evaluación Global sobre la Reducción del Riesgo de Desastres (GAR por sus siglas en inglés), coincidiendo con el cambio de nombre de la Agencia de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (ahora UNDRR por sus siglas en inglés), cuatro años después de la adopción de la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible y del Marco de Acción de Sendai (2015-2030). Este nuevo informe presenta, a lo largo de 15 capítulos, el panorama global de riesgos de desastre, introduciendo y desarrollando el concepto de riesgo sistémico y realizando un énfasis en las metas y objetivos acordados a nivel mundial. Profundiza también en cómo sería posible cambiar las formas de pensar, aprender y actuar para reducir el riesgo, y así mejorar las oportunidades a la hora de presentar informes de manera transversal atendiendo los diferentes Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Toma en cuenta también otros acuerdos internacionales como el Acuerdo de París sobre el cambio climático, la Nueva Agenda Urbana, la Agenda de Acción de Addis Abeba y la Agenda para la Humanidad.

El GAR insiste en que estamos ante un momento de urgencia mundial donde surgen nuevos riesgos y donde la intensidad y frecuencia de los peligros están en constante cambio. Debido a que los desastres no son naturales sino que son un producto de la interacción de los acontecimientos de origen natural, las decisiones que tomamos y nuestro modo de consumo, es necesaria una acción transformadora por parte de todos. Por tanto, es imprescindible la coordinación de diferentes sectores y niveles de gobierno, sociedad civil y sector privado con el fin de desarrollar estrategias y planes, nacionales y locales, de reducción de riesgos de desastres (RRD) adecuados para la prevención y disminución de las catástrofes. Esta cooperación es clave para el intercambio de conocimientos y creación de capacidad en los países con perfiles de riesgo similar.

Hoy por hoy estamos llegando a un punto de no retorno donde las consecuencias de los desastres se están volviendo difíciles de prever, más significativas y potencialmente irreversibles. El cambio climático existe y sin embargo nos sigue sorprendiendo que las perspectivas que se hacían sobre él se hayan cumplido antes de lo esperado. Por lo tanto, es preciso realizar reformas que mejoren la eficiencia en la toma de decisiones. Decisiones que se toman a raíz de unos datos obtenidos y que desde 2015 han ido mejorando gracias a una creciente conciencia sobre la necesidad de más y mejores datos comparables. Aun así, es necesario ser más rigurosos para saber dónde invertir los recursos y crear el marco normativo para proceder de manera urgente.

En este GAR seguimos viendo cómo aún persisten serias desigualdades entre los países de altos y bajos-medios ingresos siendo estos últimos los que mayores costos requieren ante un desastre. Por dar algún dato: desde 1990 el 92% de la mortalidad atribuida a los desastres naturales se han producido en estas zonas geográficas (Asia y Pacífico, y África) sobre todo, porque son las que a menudo tienen dificultades para acceder a un apoyo financiero para la reducción del riesgo. Por eso es necesario un rediseño de los sistemas de financiación que incluya soluciones proporcionadas.

El informe expone que los desastres asociados con riesgos biológicos han disminuido, sin embargo, los asociados a fenómenos naturales han aumentado llegando a producir 23,9 millones de desplazamientos cada año durante la última década. Por lo que se ve no parece que vaya haber una disminución. A esto hay que sumarle el aumento de las pérdidas económicas. Según datos de la UNDRR estas pérdidas por desastres ascendieron a 75.000 millones de dólares en 2017. Cada vez se incrementan más las necesidades de financiación global, mientras que la capacidad nacional e internacional para hacerles frente no crece en términos proporcionales.

Es preciso tomar conciencia y como dice el informe unos “niveles de humanismo desinteresado que respondan a la magnitud del desafío”. Los impactos humanos, ambientales y económicos deben ser evaluados y tener en cuenta que todos los peligros no se pueden medir de la misma manera, saber el coste de los desastres y la naturaleza del riesgo no significa tener en cuenta el costo humano en términos de vidas o salud. También es necesario establecer la base para la igualdad de género y la inclusión de las personas y grupos más vulnerables a estos  impactos. Además, hay que contar con que más de la mitad de la población mundial vive en entornos urbanos, una cifra que va ir en creciente aumento en las próximas décadas y que los gobiernos tendrán que tomar en consideración para crear políticas que incluyan la implementación de estrategias y planes de reducción de riesgos.

Por desgracia los desastres previsibles siguen ocurriendo y por eso el Marco de Sendai considera que se debe reducir el riesgo existente y aumentar la resiliencia. Es cierto que los países han progresado hacia el cumplimiento de las aspiraciones de estos planes de transformación, pero necesitan una reflexión crítica sobre cómo sus países pueden llegar a ser más resistentes. Es demasiado pronto para llegar a conclusiones definitivas y saber si las medidas que se están llevando a cabo están influyendo en los resultados. Veremos a ver más adelante.

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