Daños en la iglesia de San Sebastian tras el atentado en Sri Lanka. EFE

Para elperiódico.com

Los atentados registrados en Sri Lanka el pasado domingo son una clara señal de que el terrorismo es una amenaza internacional sin límites. Y como ya sucedió hace apenas un mes en Nueva Zelanda, y por mucho que ahora se destaquen determinados indicios y ya se acuse al gobierno local de desoír las alarmas recibidas de India sobre posibles atentados contra iglesias cristianas (olvidando que también se ha atentado en hoteles y complejos de oficinas), nadie imaginaba hasta ese mismo instante que algo así podía ocurrir en este país.

Un país de 21,5 millones de habitantes que, en clave religiosa, se distribuyen entre budistas (70%), hindús (15%), cristianos (8%) y musulmanes (7%). Por encima de las fracturas que de ahí se deriven, ninguna es tan relevante como la étnica, con la mayoría cingalesa y los tamiles tratando de dirimir sus profundas diferencias en un conflicto que costó 100.000 muertes entre 1983 y 2009. Desde la perspectiva gubernamental el asalto final contra los Tigres Tamiles se interpretó equivocadamente como la derrota definitiva del grupo terrorista más letal de las últimas décadas. Y aunque desde entonces el país trató de mirar hacia adelante- atrayendo un turismo que ahora se puede ver muy afectado- la fractura sigue presente.

Con la guardia baja

Si se analiza la reciente matanza con ese trasfondo cabe considerar, en primer lugar, que, al igual que ocurrió en España con la escasa atención prestada al terrorismo yihadista hasta el 14-M (obligado en buena medida por la amenaza de ETA), también en Sri Lanka el esfuerzo principal contra la rebeldía tamil ha hecho descuidar el peligro yihadista. A fin de cuentas, el islam local es de perfil tolerante y solo 32 nacionales se han incorporado a grupos activos en Siria o Irak. Además, los dos grupos que ahora el Gobierno identifica como responsables directos- Jamā‘at at-Tawḥīd al-Waṭanīyah y Jammiyathul Millathu Ibrahim- no parecían suponer una amenaza considerable si se atiende a su escasa capacidad operativa (reducida a la voladura de algunas estatuas).

De hecho es esa insignificancia la que genera dudas sobre la autoría de los atentados. Aunque en principio no haya más remedio que dar credibilidad a las fuentes gubernamentales, resulta harto difícil asumir que unos grupúsculos de esta entidad tengan la capacidad logística y operativa necesaria para llevar a cabo ocho atentados prácticamente simultáneos en cuatro localidades distintas (y podrían ser más a tenor del material explosivo encontrado en las cercanías del aeropuerto de Colombo y de supuestos coches-bomba aún por neutralizar). Que, sin aportar prueba alguna, Dáesh haya reclamado la autoría tampoco dice mucho, si se tiene en cuenta su afán por aparentar una presencia planetaria, precisamente ahora que ha perdido su feudo principal en Siria/Irak.

En definitiva, sin descartar ninguna hipótesis -incluyendo la de que antiguos combatientes tamiles (diestros en atentados suicidas y a gran escala) hayan vuelto a las andadas- queda claro que el monstruo sigue ahí.

 

FOTOGRAFÍA: Los atentados registrados en Sri Lanka el pasado domingo son una clara señal de que el terrorismo es una amenaza internacional sin límites. Fotografía extraída de El Periodico.