Recomposición del tablero de ajedrez en Oriente Medio

Para el Equal Times

Llevamos décadas acostumbrados a observar Oriente Medio como una región salpicada de países artificiales, seriamente fragmentados en términos étnicos y religiosos, caracterizados por un alto nivel de corrupción, despotismo e inestabilidad interna y vecinal, sumado a bajos niveles de bienestar y seguridad. Y todo ello acompañado de una permanente injerencia de potencias regionales y globales que, sin llegar a enfrentarse directamente, tratan de manipular a diferentes actores locales en su propio beneficio.

Sin que nada de eso parezca estar a punto de cambiar, es evidente que estamos asistiendo a una recomposición del tablero regional de ajedrez, aunque de ello no se derive necesariamente una buena noticia.

Así, tomando a Siria como punto de referencia, y asumiendo que el tiempo corre inexorablemente a favor del régimen de Bashar al Asad, cabe fijar la atención en tres niveles.

En el primero, de carácter local, es innegable reconocer que, casi ocho años después del estallido del conflicto, Al Asad ha demostrado una férrea voluntad de resistencia, a toda costa, lo que –junto con la ayuda directa de Moscú, Teherán y la milicia libanesa de Hezbolá– le permite controlar la mayor parte del país. Eso no quita para que todavía existan bolsas rebeldes en la provincia de Idlib y en la zona noreste del país, aunque todo hace pensar que su eliminación es solo cuestión de tiempo. La recomposición en este caso nos devuelve inevitablemente a la casilla de partida, con todos los problemas que eso supone y con mucha violencia todavía por delante.

Potencias regionales y EEUU y Rusia.

En el segundo nivel, donde se mueven las potencias regionales, aunque nadie puede proclamar victoria es obvio que Irán está más cerca que sus rivales de alcanzar su objetivo. Mientras que Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y otros países del Golfo se han dedicado a apoyar y armar a milicias locales que no han logrado derrotar a las fuerzas leales al régimen sirio, Irán ha podido sacar adelante su apuesta para mantener a Siria en su órbita de influencia, y así asegurar su vínculo con la milicia chií libanesa de Hezbolá y sus opciones de ser reconocido algún día como líder regional.

Una señal bien clara de que así lo están empezando a comprender el resto de actores regionales es la decisión de Bahréin y Emiratos Árabes Unidos de reabrir sus embajadas en Damasco y el inicio de las visitas de mandatarios extranjeros, como el controvertido presidente sudanés Omar al Bashir; a la espera de que muy pronto Siria vuelva a ser readmitida en la Liga Árabe, de donde fue expulsada a finales de 2011, y de que el resto de los gobiernos (occidentales también) que criticaron a Al Asad sufran una conveniente amnesia colectiva que les lleve a aceptarlo como interlocutor válido.


Por si hicieran falta más datos para corroborar esa percepción de pragmática aceptación de una realidad indeseada, el de Turquía es probablemente el mejor ejemplo. De una posición inicial frontalmente opuesta a Al Asad, soñando con la instalación en Damasco de un gobierno suní, Ankara (alineándose a la fuerza con Moscú y Teherán) ha pasado actualmente a aceptar su permanencia en el poder.


 Su principal preocupación ahora mismo, cuando ya lleva años soportando la carga de más de tres millones de refugiados sirios en su suelo, es cómo frenar la emergencia de las milicias kurdas sirias (de las Unidades de Protección Popular UPP), encuadradas en unas Fuerzas Democráticas Sirias que Washington convirtió en el principal instrumento militar para desmantelar el pseudocalifato instaurado en junio de 2014 por Dáesh (EI) en la mitad oriental del país. Lo que para Washington ha sido un aliado útil en la estrategia de eliminación del yihadismo, para Ankara no es más que la encarnación de una rama local del grupo terrorista PKK, al que lleva años intentando eliminar.

En consecuencia, Turquía desea aprovechar la ocasión para rematar la tarea, golpeando en suelo sirio a los que considera terroristas; pero sabe que para eso necesita tanto el consentimiento de Washington como el de Moscú. Además, sus planes militares incluyen lograr una presencia militar en una franja del territorio sirio más próximo a la frontera común, tanto para mejorar su seguridad contra los grupos yihadistas que allí se mueven, como para activar el retorno de muchos de los refugiados que alberga en su territorio y tener así una baza más con la que influir en Damasco.

Por último, en el nivel global donde solo se mueven Estados Unidos y Rusia (China es todavía un actor muy secundario en la región), hace ya tiempo que ha quedado claro que es Moscú quien marca la pauta. La decisión anunciada en diciembre pasado por Donald Trump de retirar sus alrededor de 2.000 efectivos militares de Siria (y probablemente también en Afganistán) es tan solo la señal más reciente de una dinámica que ya comenzó su antecesor en la Casa Blanca. Estados Unidos no tiene ningún interés vital en juego en el conflicto sirio y su intención, apenas disimulada, es salirse del pantano en el que el aventurerismo militarista de George W. Bush metió a su país en el marco de la nefasta “guerra contra el terror”.

En términos más concretos, los principales focos de atención de la agenda estadounidense hoy en la región se circunscriben a consolidar el apoyo a Israel, eliminar la amenaza yihadista y provocar un cambio de régimen en Irán. Si a eso se añade la inquietud que a Washington le genera la emergencia de China como aspirante al liderazgo mundial, se entiende de inmediato que Trump busque reducir su huella en Oriente Medio (lo que no equivale a desaparecer) para recuperar margen de maniobra y concentrarse en la zona Indo-Pacífico.


Por su parte, Rusia se afana por aprovechar el empantanamiento de Estados Unidos para recuperar una zona de influencia en territorios de Europa oriental y Asia central que siempre ha considerado como propios.


Como Vladimir Putin ha vuelto a demostrar en la reunión del pasado día 14 con sus homólogos turco e iraní, Moscú es hoy el factótum regional. Con su implicación militar y política Putin ha logrado no solo asentar en su cargo a Al Asad, sino también convertirse en interlocutor imprescindible para Israel (necesitado de contar con alguien que frene a un Irán cada vez más cerca de los Altos del Golán) y para Turquía (a quien se dispone a vender los sofisticados sistemas de defensa antiaérea S-400, para disgusto de Washington y de toda la OTAN).

La recomposición del tablero regional también afecta de manera muy directa a Irán. Convertido nuevamente en “el malo de la película”, a partir de la decisión de Trump de retirarse del acuerdo nuclear de 2015, hoy es bien visible cómo Washington busca el colapso del régimen revolucionario instaurado hace ya cuarenta años. Descartada la opción militar, lo que se vislumbra es un esfuerzo liderado por Estados Unidos –al que difícilmente se podrá resistir la Unión Europea a pesar de la oposición expresada en la reunión del pasado día 14 en Varsovia, donde Mike Pence y Mike Pompeo (vicepresidente y secretario de Estado de EEUU, respectivamente) trataron de alinear a más de sesenta países contra Teherán– para eliminar a un actor que ya está en el punto de mira desde hace mucho tiempo.

El instrumento principal de esa estrategia de acoso y derribo, a la que Arabia Saudí e Israel se suman gustosos, es el incremento de las sanciones económicas, bloqueando las ventas iraníes de hidrocarburos, para provocar un levantamiento popular que haga colapsar al régimen desde dentro. En esa misma línea se incluyen tanto los ciberataques como la manipulación de sentimientos críticos al régimen, sean los baluchis o las minorías árabes iraníes.

Y así, a la espera de ver si Benjamin Netanyahu revalida su cargo y si Trump anuncia su plan de paz para Palestina, asistimos a movimientos que hasta hace poco parecían impensables; sea el visible acercamiento entre Tel Aviv y Riad (junto a otros países árabes) o la negociación entre Washington y los talibanes afganos (de espaldas al gobierno de Kabul). Ojos para ver.

 

FOTOGRAFÍA: AP/Hassan Ammar