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Busco en los medios de comunicación españoles noticias de Haití y apenas encuentro nada. Alguna noticia de agencias, en especial de EFE, y notas breves sobre los últimos disturbios en las calles. Poca cosa. Eso sí, la mayor parte de ellas incluyen la muletilla de “el país más pobre de América Latina…”. Ningún dato nuevo sobre la evolución de la situación. Nada específico sobre los diversos sectores afectados por la crisis: salud, educación, alimentación… Ninguna referencia a fuentes actualizadas sobre los efectos humanitarios en la población. Apenas algún análisis incluye algo que suministre información de contexto. Ni tan siquiera informaciones sobre el hecho de que algunas organizaciones internacionales se estén viendo obligadas a retirar su personal. Nada. Para el estereotipo que los medios han construido sobre Haití con la frasecita de “país más pobre….” y alguna foto de la población protestando en las calles o algún niño con moscas vale. Para qué dedicar atención a una crisis “que no tiene solución” titulaba hace tiempo algún medio.

Las organizaciones humanitarias solemos denunciar que algunos países como Haití  solo son objeto de atención mediática internacional cuando sufren desastres o estallidos de violencia social y política. Pero ahora, ni eso. El apagón informativo que está teniendo el agravamiento de la eterna crisis que sufre el país en las últimas semanas en la prensa española, salvo pequeñas excepciones, debería hacernos reflexionar sobre los criterios que emplean los medios para seleccionar sobre qué informan o sobre qué no informan. Y sobre cómo lo hacen.

El manoseo a la terminología humanitaria que estamos presenciando respecto de Venezuela y el vacío de atención sobre Haití pone más de manifiesto esta cuestión por su obsceno contraste. Además, en esta ocasión y por las interrelaciones más diversas en un mundo globalizado, el inicio del nuevo agravamiento de la crisis haitiana tuvo que ver con Venezuela: el escándalo provocado por la corrupción en torno a los más de 3.800 millones de dólares donados por la venezolana Petrocaribe en los últimos años y no invertidos, como estaba previsto, en obras públicas, fue el detonante del estallido social en el mes de noviembre de 2018. Este programa de asistencia, conviene recordarlo, fue creado en el año 2005 por el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela para ofrecer petróleo a precio subsidiado para los países del Caribe. Eran otros tiempos. Los fondos de este programa debían haber sido destinados a fines sociales y obras públicas y, sin embargo, una investigación realizada por una comisión del Senado haitiano señaló a 14 exfuncionarios del gobierno del expresidente Michel Martelly (2011-2016) como responsables por el supuesto mal manejo de estos recursos. La falta de respuestas convincentes por parte del nuevo presidente de Haití Jovenel Moïse y las sospechas de que sus empresas recibieran parte de esos fondos en la época en que no era presidente, junto a decisiones económicas que han perjudicado a la población mayoritaria del país por una fuerte depreciación del gourde, la moneda oficial, y por los fallos en el suministro de electricidad derivados de la escasez de combustibles, han hecho que desde primeros de febrero la situación se haya agravado aún más. El 7 de febrero, fecha del segundo aniversario de la llegada al poder de Moise, en medio de una severa crisis económica, que se agravó este año, fue la fecha elegida por muchos sectores populares para relanzar las protestas. La gravedad de las mismas ha hecho que algunos países hayan retirado su cuerpo diplomático y que muchas ONG hayan debido abandonar ciertas zonas del país por la situación de inseguridad.

En las últimas horas  el primer ministro de Haití, Jean Henry Céant, ha anunciado una serie de medidas para tratar de paliar la crisis económica y luchar contra la corrupción en un intento por bajar la tensión política de los últimos días y el fin de semana ha disminuido la violencia en el conjunto del país aunque la situación sigue siendo un polvorín.

Haití ocupa desde hace años uno de los peores lugares en el Índice INFORM que mide la gravedad de las crisis humanitarias con un valor de 6,5 sobre 10. La situación más grave, sin ninguna duda, del continente americano. Evidentemente, la situación del país no se resuelve con ayuda humanitaria sino que requiere de planteamientos duraderos en materia económica, política y social. Y los fracasos de la cooperación internacional en el país en ocasiones anteriores no son precisamente alentadores ni alientan el optimismo. Pero no escuchar nada estos días sobre la necesidad de resolver las necesidades de la población y de impulsar la ayuda humanitaria en Haití resulta indignante. Un mínimo equilibrio en la respuesta a las situaciones que generan sufrimiento humano a gran escala parece necesario. Eso y no otra cosa es el principio de humanidad que proclama el humanitarismo. Y estamos obligados a recordarlo. Máxime cuando se está permitiendo la manipulación de las ideas humanitarias en otros casos.

Por el momento, sin embargo, no se esperan aviones de ayuda americana en Haití y, bien pensado, tal vez sea mejor.

 

FOTOGRAFÍA: FORGES