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Carrera nuclear

Para Blog Elcano.

Desde el momento en el que el ser humano logró manipular los átomos con propósito militar, la carrera nuclear no se ha detenido un solo instante. Hoy, con nueve potencias nucleares y algunos otros países soñando con añadirse al club, la aspiración de un mundo desnuclearizado parece cada vez más lejana. Es cierto que no hay una veintena de potencias nucleares, como predijo el presidente Kennedy en 1963 en su afán por detener la locura, y que incluso se ha aprobado un Tratado sobre la Prohibición de Armas Nucleares (Asamblea General de la ONU, 7/7/2017). Pero también lo es que hoy se acumulan todavía en el planeta unas 15.000 cabezas nucleares (el 93% entre Washington y Moscú a partes iguales), que no existe ni un solo proceso negociador en marcha –ni bilateral ni multilateral– para reducir los arsenales existentes, que ninguno de los que disponen de esos ingenios ha firmado el Tratado de la ONU y que, por el contrario, se detecta una clara voluntad de tomar posiciones de ventaja en una dinámica armamentística que se adivina irrefrenable.

Tres fechas bien recientes sirven como muestra:

Irán lleva años intentando emplear medios propios para poner satélites en órbita. Su primer éxito, al tercer intento, se registró en 2009, cuando consiguió ese objetivo utilizando su propio cohete Safir SLV. La serie Simorgh inició su andadura en 2010 y antes del actual fracaso ya había cosechado otros dos en abril de 2016 y en julio de 2017. Aunque el programa misilístico y espacial iraní suscita una notable controversia es un hecho que este lanzamiento no ha supuesto una violación de la citada Resolución, dado que su texto solo prohíbe actividades relacionadas con misiles balísticos que puedan portar una cabeza nuclear. Algo que, por muchas que sean las similitudes generales que quepa establecer, queda fuera de lo que puede hacer hoy por hoy un cohete como el Simorgh, de tres fases y motores Nodong norcoreanos. Eso no quita para olvidar que Irán ya dispone de misiles de alcance medio, como los Shahab-3 y los Khorramshahr, que podrían portar una cabeza nuclear; algo que le resulta imposible con el resto de su arsenal de Shahab-1 y -2, Qiam, Sajjil o Ghadr.

Por supuesto, las lecciones aprendidas de un cohete como el Simorgh pueden ser muy útiles para desarrollar un programa de misiles balísticos intercontinentales; pero no basta con disponer de un vehículo con potencia suficiente para salir de la atmósfera, dado que un misil de ese tipo necesita luego superar retos como los de la reentrada, la operatividad asegurada en cualquier condición climatológica y sin tiempo para muchos preparativos o la miniaturización de la bomba para instalarla en la cabeza del misil. Cuestiones todas ellas que aún no están al alcance de Teherán.

Así, en términos más concretos y a corto plazo se anuncia la intención de chequear la utilización del interceptor SM-3 Block IIA (componente destacado del sistema Aegis de defensa antimisiles) contra misiles intercontinentales, evaluar el empleo del caza F-35 contra plataformas móviles de misiles, probar armas laser o de microondas de alta energía contra misiles balísticos durante su primera fase de vuelo o instalar sensores en el espacio para detectar lanzamientos de misiles y desplegar interceptores en el espacio exterior. En definitiva, dotarse de mejores capacidades para detectar, seguir y destruir misiles en vuelo y para hacer frente a nuevos desafíos tecnológicos como los que el propio Vladimir Putin anunció el pasado 1 de marzo en su último discurso sobre el estado de la nación

Frente a este cúmulo de malas noticias no hay, desgraciadamente, nada positivo en el horizonte inmediato del ámbito nuclear que apunte en un sentido más esperanzador. O simplemente más humano.

 

FOTOGRAFÍA: Misil Titan II ICBM en un silo subterráneo. Foto: Steve Jurvetson (CC BY 2.0).

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