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Para El Periódico

 

Desde que el 4 de octubre de 1957 Moscú logró colocar en órbita al Sputnik, pocas dudas puede haber sobre el carácter geoestratégico de la aventura espacial. Más allá de sus implicaciones comerciales o de investigación científica, así lo entendieron desde entonces tanto la Unión Soviética como Estados Unidos, y lo mismo hacen hoy China, India y algunos otros que ven el espacio como un frente más de la competencia entre potencias globales. La muestra más reciente de esta visión proviene de China, que el pasado día 3 se convirtió en el primer país en lograr un alunizaje en la cara oculta de la Luna.

La odisea del Chang’e-4 es solo un paso más en una senda que catapulta a Pekín hacia retos aún mayores, en lo que cabe entender como el componente espacial de la 'Nueva Ruta de la Seda' que China está ya desarrollando bajo el nombre de 'La Franja y la Ruta', como parte fundamental de su afán por recuperar su posición central en la geopolítica mundial a través de la construcción de infraestructuras (tanto terrestres y marítimas como digitales) que implican a unos setenta países y que facilitarán sus relaciones comerciales y, por añadidura, su influencia en muchas regiones del planeta. Cuarenta años después de que Deng Xiaoping formulara “las cuatro modernizaciones”- agrícola, industrial, científica y tecnológica y de defensa-, el “socialismo con características chinas” ha llevado a que, desde el 2014, el gigante asiático sea ya la primera economía mundial en términos de paridad de poder adquisitivo y que, asimismo, haya pasado de ser un simple imitador tecnológico a convertirse en un innovador en áreas tan relevantes como la inteligencia artificial, la computación cuántica y los semiconductores.

 

Apostar por la carrera espacial

Desde esa nueva condición -que supone un paso más desde el “ascenso pacífico” de Xiaoping al “rejuvenecimiento nacional” de Xi Jinping- Pekín es sobradamente consciente de que Washington, principal beneficiario del vigente orden internacional, no va a facilitar sus planes. Por el contrario, aprovechando su dominio naval y sus muy variados instrumentos para ganar voluntades entre los vecinos de China, percibe que EE UU pretende reforzar, de forma más visible aún con Trump, la contención de un rival que amenaza su supremacía. Y una de las vías para sacudirse ese dominio y esas desventajas es apostar por la carrera espacial, tanto para contrarrestar su inferioridad ante la triada nuclear y la supremacía satelital estadounidenses como para ofrecerse como alternativa atractiva a posibles clientes interesados en escapar al influjo estadounidense. Sirva de muestra la prevista entrada en operatividad global del sistema de navegación por satélite Beidou, un serio competidor del GPS, para el 2020 y la puesta en órbita de una estación espacial permanente para el 2022.

El empuje chino en este terreno -para un país que solo en 1970 logró poner en órbita su primer satélite y hasta el 2003 no pudo enviar una nave tripulada al espacio- es el que ha llevado a Washington a prohibir a su propia agencia la cooperación con potenciales socios chinos y a dejar a Pekín fuera de la Estación Espacial Internacional, procurando cerrar así las vías que faciliten aún más los desarrollos de un competidor tan relevante. Si ese cierre de puertas estadounidense ha servido a los gobernantes y científicos chinos de claro estímulo para llegar hasta dónde ahora están llegando, lo mismo cabe decir de la respuesta que Washington está aplicando actualmente al protagonismo chino.

Lo más visible de esta respuesta es la declaración del propio Trump, afirmando que “para defender a Estados Unidos, no basta con tener presencia en el espacio, sino que debemos tener el dominio del espacio”. Y en esa línea hay que entender su decisión de crear una fuerza espacial, añadida a los tradicionales componentes terrestre, naval y aéreo de todas las fuerzas armadas del planeta (además de las fuerzas estratégicas y los marines en el caso estadounidense).

 

El empuje chino ha llevado a Washington a dejar a Pekín fuera de la Estación Espacial Internacional

Mientras tanto, India ha cerrado el año anunciando la puesta en marcha del programa Gaganyang, dotado con 1.300 millones de euros, para poner en órbita a tres astronautas en 2022. Una señal más de una carrera con pretensiones hegemónicas y claro sesgo desestabilizador, ante la que solo contamos con el Tratado del Espacio Exterior (1967) que, si bien ha logrado evitar el despliegue de armas de destrucción masiva en ese ámbito, parece insuficiente para hacer frente a dinámicas que apuntan a su notable militarización con armas convencionales entonces impensables.

 

 

FOTOGRAFÍA: MONRA

 

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