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Para El Periódico

Solo era cuestión de tiempo que Rusia y Ucrania chocaran en el mar de Azov, y si no hubiera sido por el incidente del pasado domingo, que se saldó con la embestida rusa a un remolcador ucranio, algunos heridos y detenidos y el cierre momentáneo del paso por el estrecho de Kerch, la chispa habría saltado por cualquier otro motivo. A fin de cuentas, desde que Crimea pasó a manos rusas en el 2014 quedó claro que Moscú buscaría una vía alternativa para mantener un contacto directo con una península en la que tiene asentada su flota del mar Negro. Y Kerch era el punto de paso obvio, con un puente de 19 kilómetros de longitud inaugurado en mayo pasado, que le facilita el suministro terrestre de todo lo que necesitan sus barcos y sus efectivos militares en Sebastopol, así como la población prorrusa allí ubicada.

Desde el estallido del conflicto, ahora hibernado en el Donbas, el objetivo ruso no era solamente retener Crimea, sino también evitar que en cualquier escenario, como el netamente prooccidental que se deduce del acuerdo del Parlamento ucraniano del pasado 22 de noviembre, el mar de Azov pudiera acabar patrullado por buques de la OTAN. Sin esos dos activos en sus manos la presencia naval rusa en el Mediterráneo quedaría seriamente hipotecada, arruinando el sueño de ser tratada como una potencia global. En consecuencia, para imponer su dictado, Moscú ha ido avanzando sus piezas.

Así, el Kremlin considera que en el mar de Azov no rige el derecho del mar (ONU, 1982) sino que, en función del acuerdo ruso-ucraniano del 2003 para el uso conjunto de dicho mar (que permite el tránsito por Kerch de buques civiles y militares de ambos países), Moscú ejerce directamente su soberanía en sus aguas y se limita a permitir el paso a los buques ucranios. Un paso que ahora se ha visto denegado tras lo que Moscú considera una estratagema ucraniana para provocar nuevas sanciones occidentales y que Kiev ve como una provocación rusa que, de prolongarse, supondría un considerable revés para sus industrias ubicadas alrededor de Mariúpol.

Apoyo de la UE a Ucrania

Tras el incidente militar asistimos ahora a una sobreactuada sucesión de gestos que difícilmente irán seguidos de acciones sobre el terreno. Por un lado, el Parlamento ucraniano se ha apresurado a decretar el estado de guerra (que permite a Poroshenko jugar con la fecha electoral), mientras el Consejo Atlántico se ha reunido a petición del presidente ucranio. Por su parte, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, ha reiterado la condena al acto de fuerza y el apoyo a Ucrania; en tanto que el Consejo de Seguridad de la ONU todavía no se ha pronunciado. Mientras tanto, Moscú se ha limitado a reabrir el estrecho, confiando en que, como en tantas ocasiones anteriores, nadie se atreva realmente a cuestionar su política de hechos consumados (como en Crimea).

Visto así, y dado que Ucrania no tiene medios militares propios para doblegar la voluntad rusa y nadie va a acudir en su ayuda, el incidente le servirá otra vez a Moscú para ir marcando “su” territorio.

 

FOTOGRAFÍA: ALEXEY NIKOLSKY (SPUTNIK)