Palestina: sangre y olvidoPara El Diario.es.

Acusado a menudo de incomprensible, caprichoso e imprevisible, Donald Trump parece decidido a llevar la contraria a sus críticos mostrando una total coherencia en su manera de gestionar el conflicto israelo-palestino. Por una parte, desde su primer día en la Casa Blanca se mantiene alineado sin fisuras con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, mientras ha roto todo contacto con la Autoridad Palestina (AP) desde diciembre pasado, tras reconocer a Jerusalén como capital de Israel. Por otra, con conocidos activistas proisraelíes como David Friedman (embajador), Jared Kushner (enviado especial) y Jason Greenblatt (responsable de negociaciones internacionales) a la cabeza, se ha rodeado de un equipo negociador que se afana por llevar a buen término lo que él mismo denomina “deal of the century”, diseñado para resolver definitivamente a favor de su principal aliado en la región un conflicto que se prolonga ya más de siete décadas.


En esa línea destacan actualmente dos dinámicas simultáneas: avalar el proceso de negociación de una larga tregua entre Israel y Hamas en la Franja de Gaza y agotar totalmente la resistencia de la población palestina y de la AP hasta que acaben aceptando el dictado de Tel Aviv-Washington. Y el contexto actual parece propicio para que ambas líneas de acción puedan lograr sus objetivos.

Datos de situación


Por un lado, es bien notorio que tanto en la convulsa región de Oriente Medio como en la agenda de las relaciones internacionales Palestina importa cada vez menos. Aprovechando esa circunstancia hace tiempo ya que Tel Aviv siente que el tiempo corre a su favor en su objetivo de dominar la práctica totalidad de la Palestina histórica, desarrollando una estrategia de hechos consumados que hoy nadie está dispuesto a frenar, aunque sus acciones supongan una violación de los acuerdos establecidos hasta ahora, de las resoluciones de la ONU, de las normas básicas del derecho internacional o de lo que determina el derecho internacional humanitario.


Gracias a su propia fuerza, al escaso eco de las minoritarias voces críticas en su propio seno, al respaldo inequívoco de Washington, a la progresiva debilidad palestina, a la inoperancia de los países árabes que dicen apoyar la causa palestina y a la pasividad del resto (Unión Europea incluida), Israel se ha convertido hace tiempo en un actor que cabe comparar con una criatura mimada hasta el extremo, acostumbrada a imponer su deseo sin cortapisas. En esas condiciones es muy difícil, por no decir que imposible, esperar que por sí mismo vaya a reconsiderar su comportamiento para ajustarse a normas legales y a referencias éticas que le obligarían a cejar en su empeño. La descarada apuesta por la construcción y ampliación de asentamientos, la conversión de Gaza en la mayor cárcel del planeta a cielo abierto y la reciente aprobación de la ley del Estado-nación son solo algunas muestras de ello.


Por su parte, los palestinos están hoy más debilitados que nunca. Desde la firma de los llamados Acuerdos de Oslo no solo no han logrado concretar su sueño político de contar con un Estado propio, sino que han visto cómo sus niveles de bienestar y seguridad se han ido deteriorando sin remedio. En el camino recorrido desde la Conferencia de Paz en Oriente Medio (Madrid, octubre de 1991) han podido comprobar el sistemático incumplimiento de las promesas políticas y económicas que en tantos foros internacionales se han anunciado para insuflar esperanza en el Territorio Ocupado Palestino. Mientras tanto, la AP ha agotado hace tiempo su capital político ante su propia población, aquejada de una grave corrupción e ineficiencia, sin olvidar que Israel es el principal responsable de la pésima situación en la que malviven los más de 4,5 millones de palestinos de Gaza y Cisjordania.


A eso se añade, desde junio de 2007, una fragmentación interna provocada en su origen por la resistencia de una AP controlada por Fatah a ceder a Hamas el poder derivado de la victoria de este último en las elecciones de enero de 2006. La violencia desatada entre ambas entidades, la batalla de egos entre sus dirigentes y la injerencia interesada de actores externos ha hecho imposible hasta hoy una reconciliación que, en el fondo, supone una ventaja más para la potencia ocupante y una desgracia añadida a las muchas que sufre la población ocupada.

Una tregua que no llega


No sería esta la primera vez que Israel y Hamas establecen una tregua temporal (hudna). Pero ahora, con la habitual intermediación egipcia para tratar de disimular que Israel está negociando otra vez con terroristas (puesto que así es como define tradicionalmente a Hamas), lo que se busca es alcanzar un acuerdo con un marco temporal de años, no de semanas. Eso supone volver a confirmar que Israel solo entiende el lenguaje de la fuerza y que, ante la falta de voluntad para lanzar una invasión y ocupación de la Franja que supondría un coste inaceptable, busca aliviar la presión de un territorio en el que es cada vez más visible la presencia de grupos yihadistas interesados en el “cuanto peor, mejor”. Para Hamas es inmediato entender que tratará de “vender” la tregua como una victoria derivada de su resistencia armada y de una Gran Marcha del Retorno que, en realidad, solo ha logrado atraer episódicamente la atención mediática internacional, sin alcanzar ninguno de sus objetivos (como el inalcanzable del derecho de retorno de los refugiados). A la espera de confirmación, si finalmente dicha hudna termina por acordarse será porque ahora a Egipto le interesa la colaboración de Hamas para evitar que las facciones yihadistas sigan creciendo en el Sinaí, al tiempo que Israel logra marginar aún más a un Mahmud Abbas en horas bajas, que ve rechazada su apuesta por la reconciliación palestina sobre la base de un solo gobierno, una sola ley y una sola fuerza armada. Por su parte, Hamas logrará evitar una vez más el reconocimiento de Israel y el desarme de su brazo militar y, a cambio, puede encontrar un momentáneo y limitado alivio en las críticas a su aciaga gestión.

La UNRWA y los refugiados en la diana


En paralelo, y no solo pensando en una Franja de Gaza absolutamente sumida en la miseria y el abandono, Trump continúa apretando la soga, sin olvidar que lo mismo hacen tanto Israel- con una estrategia que combina los golpes directos de fuerza con el suministro gota a gota de los medios de vida imprescindibles para evitar el desastre total para los más de 1,8 millones de personas que allí se hacinan- como la propia AP- dejando de pagar salarios y la electricidad que Israel suministra habitualmente. La puntilla de esta desesperante situación deriva de la decisión ya confirmada por la Casa Blanca de cerrar las transferencias a la UNRWA (Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos). La Agencia maneja un presupuesto anual que supera los 1.200 millones de dólares, de los que Washington suele aportar- voluntariamente, como el resto de los donantes- unos 360 cada año. Sin embargo, ya en enero de este mismo año Trump decidió transferir tan solo 60 de los 125 previstos en aquel momento; agravando hasta el extremo no solo el déficit que tradicionalmente arrastra la UNRWA sino su propio funcionamiento a corto plazo.


Ahora, ante un panorama que se traduce en un nuevo recorte de más de 200 millones de dólares y en la suspensión de cualquier tipo de transferencias estadounidenses a la AP, lo que está en juego va más allá de las dudas sobre la apertura de las 711 escuelas que operan en todas las zonas de acción de la Agencia (de sus 525.000 alumnos prácticamente la mitad están en Gaza), los servicios sanitarios que se prestan a más de 3,5 millones de palestinos, la ayuda alimentaria que reciben unos 1,7 o si hay alguien dispuesto a asumir la carga que Washington deja de lado (sean los países ricos del Golfo o los de la Unión Europea). Para Trump y su equipo la UNRWA es un actor indeseable, percibido como corrupto, ineficiente y, en esencia, un obstáculo para su plan de paz.


Trump calcula, en línea con lo que Netanyahu viene planteando desde hace tiempo a pesar de las advertencias de sus propios servicios de seguridad e inteligencia, que para allanar el camino lo mejor sería lograr su desaparición, entendiendo que de ese modo el problema de los refugiados (nudo gordiano del conflicto) pasaría a difuminarse. Y es que hay que asumir que por muy complejo que sea encontrar una solución aceptable en el resto de los asuntos pendientes en el contencioso bilateral palestino-israelí- capitalidad de Jerusalén, futuro de los asentamientos y entidad política del Territorio Ocupado Palestino, sin olvidar la dimensión regional que afecta como mínimo a Líbano y Siria- ninguno tiene la carga que supone el capítulo que afecta a los refugiados palestinos. Eso lleva a entender que ningún gobernante israelí llegará nunca a reconocer la responsabilidad de su país en la creación de la tragedia de los refugiados y, mucho menos, su derecho al retorno a sus tierras. Porque eso supondría, sencillamente, el colapso del sueño sionista en la medida en que entre el río Jordán y el mar Mediterráneo (la Palestina histórica) los judíos pasarían a convertirse de inmediato en una minoría incapaz, en clave democrática, de sostener el empeño de que allí exista un solo Estado, judío por definición.


De ahí se deriva que en la ensoñación compartida entre Trump y Netanyahu se incluya lograr una redefinición de la figura del refugiado en el marco de la ONU, argumentando que solo deben ser reconocidos como tales los que todavía viven de la primera oleada de 1948 (estimada entre 700.000 y 800.000 personas). Ambos son sobradamente conscientes de que si logran un cambio de esa naturaleza, se pasaría de hablar de los 5,4 millones registrados hoy por la UNRWA a apenas unos 500.000. Y para eso, por un lado, no se necesitaría una entidad de las dimensiones de la UNRWA, sino que lo recomendable sería que el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) pasara a ocuparse de su asistencia y protección. Por otro, sin esa baza en sus manos, cualquier negociador palestino se encontraría aún más debilitado en una hipotética negociación con su contraparte israelí.


En definitiva, visto en su conjunto, lo que se vislumbra es un perverso juego que busca crear las condiciones para que, ya sin la UNRWA, con los palestinos divididos y hambrientos y con un Mahmud Abbas exhausto (o incluso sustituido por un Mohamed Dahlan que se adivina más sensible a las indicaciones de Washington y algunas capitales del Golfo) se creen las condiciones para la firma del “deal of the century”. Un plan desconocido aún en sus detalles pero que, atendiendo a los “globos sonda” que se han ido difundiendo, parece muy lejos de la paz justa, global y duradera con la que algunos sueñan. Sea el ofrecimiento de una confederación palestino-jordana, la creación de un Estado palestino solamente en Gaza o cualquier otra fórmula impuesta por el tándem Trump-Netanyahu, incluso aunque logren someter a un líder palestino para estampar su firma en un documento, parece difícil imaginar que eso vaya a satisfacer a un pueblo palestino que ha dado muestras suficientes de rechazo a sus propios dirigentes y, mucho más, a sus ocupantes.


En todo caso, también es cierto que tanto Trump como Netanyahu han tenido ocasión de comprobar que cruzar supuestas líneas rojas- sea abrir la embajada estadounidense en Jerusalén o matar deliberadamente a más de 180 gazatíes (y de herir a otros 18.000) que se atrevieron a movilizarse en la Gran Marcha del Retorno- no tiene coste alguno, más allá de las consabidas declaraciones formales del “profundamente consternados” y de la cansina petición de “contención a las partes”. Visto así, y entendiendo que la violencia que practican algunos palestinos tampoco les rendirá beneficio alguno, cabe preguntarse si lo que plantea la campaña BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones), los israelíes críticos con su propio gobierno o la sociedad civil organizada a nivel internacional serán capaces de modificar un rumbo tan tenebroso.