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Para El Periódico

Una cosa es que el periódicoThe Sun no se distinga por su seriedad y otra es que todo lo que diga sea directamente falso. Por su parte, no todo lo que diga un portavoz gubernamental ruso debe ser tomado al pie de la letra. O, lo que es lo mismo, cuando el tabloide británico, citando fuentes no identificadas de la inteligencia británica, asegura que Rusia tiene dos bases militares operativas en Tobruk y Bengasi y que dispone de efectivos de operaciones especiales sobre el terreno, instruyendo a milicianos libios cabe entender que no está fantaseando en el vacío y que el funcionario ruso de turno tan solo trata de ganarse su sueldo desmintiéndolo todo.

En realidad, a estas alturas, la implicación militar de Moscú en el conflicto libio es innegable. Así, desde hace al menos dos años se ha hecho bien visible la apuesta por Jalifa Haftar, quien no solo ha visitado varias veces Moscú sino que incluso ha mantenido videoconferencias desde un portaviones ruso en aguas mediterráneas. De igual modo, es bien conocido el despliegue de material aéreo en la base egipcia de Sidi Barrani, cercana a la frontera libia, y no es difícil imaginar que todo ello se completa con el suministro de material de defensa a quien se ha convertido en el “hombre fuerte” del país, apoyado igualmente por Egipto, Emiratos Árabes Unidos y, al menos en el plano político, también por Francia (para disgusto de Italia).

Disparidad de criterios

No deja de resultar chocante que lo que, con razón, se critica ahora de Rusia no se haya denunciado antes con la misma vehemencia de países occidentales. Unos países que no han tenido reparos en saltarse la Resolución 1970 (que estableció en el 2011 un embargo de armas a todos los actores combatientes). Los mismos que afirman que no tienen tropas en el terreno, cuando sus unidades de operaciones especiales fueron fundamentales, primero, para derribar al régimen de Gadafi y, desde entonces, para instruir a otros milicianos, convertidos a la carrera en aliados.

Son muchos los actores externos interesados en enredar el conflicto libio. Y al margen de las motivaciones particulares de algunos, como Italia y otros europeos, de frenar los flujos migratorios o de Washington, de hacer frente a la amenaza yihadista, siempre está presentes (también para Rusia) la codicia para hacerse con una porción de la tarta de la reconstrucción y modernización del país, sin olvidar obviamente sus ingentes riquezas de hidrocarburos. A eso se añade, en un país que no supone un interés vital para el Kremlin, el intento de convertirse en un interlocutor imprescindible jugando con fuego. Visto así, el apoyo político y militar a Haftar es solo un instrumento más (y cada vez menos fiable) de una Rusia que quiere recuperar su imagen de potencia mediterránea. Si lo logra, y el objetivo no está asegurado, dispondrá de una nueva baza frente a la Unión Europea (jugando con el control sobre las rutas de emigración hacia la ribera norte), para forzar un alivio en las sanciones que lleva sufriendo desde hace tiempo.

 

FOTOGRAFÍA: Alexander Astafyev

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