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Para El Periódico

Que Rusia y Turquía hayan alcanzado finalmente un acuerdo temporal en relación con la provincia siria de Idlib no quiere decir que eso libre de la violencia diaria a los más de tres millones de personas que allí se hacinan, o que impida la ofensiva gubernamental contra la amalgama de facciones rebeldes que allí se han ido acumulando, con Hayat Tahrir al Sham (ligado a Al Qaeda) a la cabeza. El acuerdo para establecer a partir del 15 de octubre una zona desmilitarizada de unos 20 km de ancho, que separe a las fuerzas sirias de las posiciones rebeldes, tan solo sirve para impedir que las tensiones ruso-turcas se desborden.

Vladímir Putin, con las bendiciones iranís y consciente de que sigue llevando la voz cantante en esta tragedia, ha permitido que Tayyip Erdogan salga airoso por el momento de un callejón en el que él mismo se había metido, al rechazar drásticamente una ofensiva general por temor a la oleada de refugiados que se sumarían a los más de tres millones que ya alberga en suelo turco. En esencia, se ha optado por jugar a ganar tiempo.

Tiempo para que vaya produciendo efecto la fase actual de la ofensiva que, con apoyo ruso e iraní sobre el terreno, busca 'ablandar' física y moralmente a los enemigos con fuego artillero y aéreo, con total desprecio a la suerte que puedan correr los civiles atrapados en la encerrona. Tiempo para que las fuerzas leales a Damasco que actualmente están 'limpiando' otros reductos rebeldes en el sur y este del país puedan rematar sus tareas antes de sumarse al esfuerzo bélico en Idlib. Tiempo igualmente para desgastar a un Erdogan que, olvidado ya su sueño de derribar a su vecino, observa con inquietud el acercamiento de las poderosas milicias kurdas a Bashar el Asad, cada vez más dispuestas a colaborar en los ataques a cambio de concesiones políticas y económicas. Y tiempo, por fin, para explorar la posibilidad de que finalmente Ankara logre unir a buena parte de los actores violentos activos en Idlib contra HTS, sin descartar que como resultado pueda terminar anexionándose una parte de la provincia.

Pero ese mismo tiempo puede jugar en contra de quienes se ven a sí mismos como omnipotentes arquitectos de un nuevo Oriente Próximo. Basta con mencionar un suceso tan reciente como el derribo accidental de un avión ruso de inteligencia de señales por baterías antiaéreas sirias que, previsiblemente, lo que pretendían era derribar alguno de los cuatro F-16 israelís que en ese momento atacaban objetivos sirios para entender que, como tantas veces ha ocurrido ya en estos últimos siete años y medio, todo puede quedar superado de inmediato por los acontecimientos.

Es obvio que Moscú se ha convertido, con el pasmoso desatino estadounidense, en el actor dominante de un conflicto que apunta ya sin remedio a una victoria de El Asad. Él es quien tiene más prisa, pero sabe que solo podrá lograrla al ritmo que marque el trío Moscú-Ankara-Teherán. Si logra controlar sus ansias genocidas sabe que, si no es hoy, será mañana cuando ponga sus manos sobre Idlib.