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Para el Periódico.

Es cierto que hay un sentimiento antinuclear muy extendido entre las sociedades civiles del planeta, y buen reflejo de ello es la aprobación, el pasado 7 de julio, del Tratado de Prohibición de las Armas Nucleares. Un acuerdo, en todo caso, que solo negociaron 129 de los 194 miembros de la ONU, con los 29 de la OTAN y el resto de los que poseen esos arsenales totalmente al margen de la iniciativa. Y esto último se entiende porque también son muchos los actores nacionales que sienten una enorme atracción por un arma cuya posesión se traduce en un mayor peso internacional y en contar con un instrumento de disuasión máxima, sea para emplearlo como último recurso (Israel), garantizar la supervivencia del régimen (Corea del Norte) o disponer de más bazas en la competencia global o regional (EEUU, Rusia, China, Gran Bretaña, Francia, India o Pakistán). Como resultado de ello todavía existen unas 15.000 cabezas nucleares estratégicas, de las que en torno al 92% corresponden a Washington y Moscú.

Eso explica que al margen de atractivos discursos como el de Obama (Praga, 2009), llamando a un mundo desnuclearizado, él mismo aprobara un año después el programa de modernización más ambicioso de la historia que ahora su sucesor acaba de confirmar y ampliar. En concreto, con la Revisión de la Postura Nuclear (2 de febrero) Trump anuncia que dedicará 1,7 billones de dólares en los próximos 30 años para poner al día el arsenal estratégico y, tanto o más preocupante, para ampliar el arsenal de armas nucleares tácticas (ANT, con alcance hasta 5.500 kilómetros).

Trump y Putin

Pocas dudas hay de que Trump apuesta por la fuerza como instrumento principal para consolidar el liderazgo estadounidense; pero lo mismo vale para Putin, empeñado en mantener no solo la paridad estratégica sino en ampliar poderosamente su arsenal de ANT (hoy Moscú dispone de unas 2.000, frente a las 500 de Washington, 200 de ellas desplegadas en Europa).

 

Asumiendo que las estratégicas no son en ningún caso armas de batalla, salvo que se opte por un suicidio colectivo de toda la humanidad, son las ANT las que concentran ahora la atención, dado que su menor potencia destructiva y alcance pueden terminar por convencer a su propietario de que es posible la victoria, empleándolas contra ciudades o contra grandes unidades militares.

Todo ello mientras ambas potencias apenas disimulan su incumplimiento del único tratado vigente (INF, 1987). De ningún modo es posible saber de antemano, siguiendo los hipotéticos escenarios que manejan los estrategas estadounidenses y europeos, cómo reaccionará Washington a un ataque convencional ruso contra alguno de sus vecinos de la Europa oriental, amenazando de inmediato con el uso de ANT para impedir una respuesta otánica, tanto convencional como, menos aún, nuclear. Pero sin deseo alguno de despejar fácticamente ese peliagudo interrogante, podemos dar por hecho que seguimos alejándonos del sueño del desarme nuclear en una dinámica general de aumento acusado de los presupuestos de defensa.