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Para el Periódico.

Tras el intento fallido de octubre, por incomparecencia de Rajoy y Macron, este miércoles se reunieron por cuarta vez los jefes de Estado y de Gobierno de los siete países mediterráneos de la UE (Portugal, España, Francia, Malta, Italia, Grecia y Chipre). Un encuentro con el que la UE-Sur busca aunar posturas que contrarresten el sobrepeso de los miembros de la UE-Norte, aunque más allá de coincidencias puntuales no resulta fácil conjugar visiones lastradas por anacrónicos cálculos nacionalistas. La búsqueda de una respuesta común al desafío que plantean los flujos migratorios en el Mediterráneo- con unas 170.000 personas llegadas a las costas europeas en el 2017 y más de 3.000 muertos- ha sido uno de los temas principales de la agenda.

Lo que demuestra una convocatoria de este tipo es que hoy por hoy resulta imposible articular una respuesta común de los Veintiocho a un asunto que nos afecta a todos. Si algunos países de la UE-Norte son abiertamente reacios a asumir parte de la carga por razones sociopolíticas (y ahí está el vergonzoso balance en el reparto de los 160.000 desesperados que nos comprometimos a recibir), otros apenas disimulan su desinterés por aportar los fondos que toda política comunitaria supone.

A eso se añade que el enfoque adoptado hasta ahora- eminentemente policial y represivo- es incapaz de atender adecuadamente a una dinámica que solo cabe prever que aumentará en la medida en que no se logre cambiar las negativas tendencias que caracterizan a los países de emisión (conflictos violentos, desastres naturales, insatisfacción de necesidades básicas y violación sistemática de derechos).

Como ha vuelto a quedar de manifiesto en Roma, la gestión de los flujos y la colaboración con los gobiernos de los países de emisión y tránsito son los puntos centrales de una agenda que, por otro lado, se ve permanentemente superada por la realidad. Una realidad que exige un enfoque centrado en las causas estructurales que explican la creciente pujanza de dichos flujos. Dicho de otro modo, frente a la desesperación y la falta de oportunidades para llevar una vida digna no hay ningún operativo policial capaz de frenar a quienes no tienen nada que perder. Igualmente, buscar la colaboración interesada de gobernantes locales para que sean ellos mismos quienes frenen en origen o acepten la repatriación de quienes han pasado por su territorio ya se ha demostrado sobradamente ineficaz, dada la arbitrariedad reinante.

Apostar por el desarrollo

Frente a esa equivocada y contraproducente estrategia cabe imaginar otra que asuma- tanto por alinearse con nuestros valores como por la corresponsabilidad que nos toca en la creación de tantas bolsas de miseria y violencia- una visión multilateral y multidimensional de largo plazo. Una estrategia que apueste por el desarrollo social, político y económico de nuestros vecinos, un auténtico Plan África, entendiendo que solo así se logrará crear un entorno que no haga de la salida el único recurso a mano. Pero hoy ni la UE ni la UE-Sur están en esa línea.