ArtBlanca

Si bien el Holocausto sacudió la conciencia de Occidente, no tuvo fuerza para alterar o corregir los seculares esquemas identitarios que mantienen los diversos países europeos sobre Uno Mismo y el Otro, pacientemente labrados en el curso de una historia compartida

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La reflexión en torno a la filosofía política o sociología política en las relaciones internacionales y las cosmovisiones que orientan un determinado discurso o una determinada práctica no dejan de ser piezas clave en cualquier mapeo. Si bien es atendida por el mundo académico y no tanto integrada en la cotidianeidad de la práctica, corrientes de pensamiento como la decolonial o la misma realidad estructural cambiante en las relaciones internacionales, no hacen sino subrayar las implicaciones, frecuentemente contradictorias, y la inmanencia de tales repertorios y cosmovisiones.

La acción humanitaria, siendo un tipo de relación internacional, es susceptible de ser analizada como tal y, por tanto, valorad en la medida en que participa, como no puede ser de otro modo, de las estructuras de poder político, económico y simbólico que conforman las relaciones internacionales. Implica unas relaciones de poder narrativizadas, hechas relato, dotadas de sentido, y, en esta medida, responde a discursos sociales de verdad sobre el quiénes somos y el qué hacemos, así como sobre la propia narrativización de un orden social internacional y sus problemáticas. Una mirada y unos modos de hacer analizables en términos de identidad colectiva y repertorios de acción colectiva sancionados como legítimos y legales. Como ha sido señalado por la Sociología, casi todo lo que es pensado como neutro, neutral o formal, es porque ya se encuentra previamente atravesado por estrategias, de las cuales a veces es difícil encontrar huellas. El análisis de estas huellas como hechos sociales deviene un ámbito de reflexividad sociohistórico pero a su vez productivo, propositivo, por cuanto que supone posibles desbloqueos de las cosmovisiones que orientan la práctica, desbordando entonces el mundo académico.

Una sociedad, efectivamente, no crea repentinamente los elementos de su organización, aino que en buena medida los hereda del pasado. De ahí, como señala J. Varela, “la necesidad de tratar los hechos sociales como hechos históricos”[2]. Históricos no como inmutables, sino como situados.

El pensamiento poscolonial, incidiendo sobre esta construcción social del discurso, permite poner de manifiesto los vasos comunicantes que esta narrativa humanitaria mantiene con la tradicional cultura política occidental, conocida como el discurso civilizador. Unión discursiva y simbólica de la filosofía política que recorre los procesos de la Mundialización y de la Modernidad, expresión sin igual de la ambigüedad de la Modernidad, que obtiene su coherencia discursiva en la tradicional forma de la cultura política que identificara una comunidad política legítima y un Otro antropológico. La ambigüedad, pues, de una Modernidad de contenido positivo, como emancipación racional, pero con un contenido tradicionalmente secundario y negativo, como la justificación de una praxis de violencia en pos de la civilización. La dominación como un acto saludable, inevitable y necesario.

Sería conveniente tener presente, al acercarse a esta cuestión, que el mapa institucional de la vida internacional es frecuentemente criticado por no haberse transformado significativamente después de la descolonización. También es recomendable tener presente la ductilidad del discurso occidental securitizador para ser implementado en diferentes escenarios que implican al Otro. De este modo nos aproximarnos a la inmanencia de las cosmovisiones, de las categorías establecidas por Occidente en su trato con el Otro antropológico en las relaciones internacionales y de cuya fijeza en la cultura política occidental somos aún testigos a día de hoy. Esta cosmovisión supone, entre otras, la conceptualización del Otro como objeto y no como sujeto, construcción socio-histórica versátil que es paraguas legitimador de la propia acción ejercida sobre el Otro, paradigma del discurso civilizador.

Supone también entender, o al menos narrativizar, los conflictos y los desastres, como neutrales y endógenos, y no en relación a más variables y/o actores del escenario internacional. Se legitima discursivamente, por tanto, una comprehensión de los conflictos descontextualizados del ámbito internacional, y finalmente, por la misma cualidad endógena, se legitima la tutorización del Otro.

De este modo, es identificable un discurso social que atraviesa intra e internacionalmente a Occidente, siendo tutorizable quien es definido como esencialmente vulnerable. En el espacio discursivo occidental de la modernidad es la mujer, el segundo sexo, la portadora por excelencia de esta idea de vulnerabilidad esencialista. Es el objeto nacional dentro del sujeto internacional, el Otro cercano, y no por coincidencia son coetáneos en el tiempo las construcciones discursivas en torno al Otro cercano y al Otro lejano, en la conformación del proceso Mundialización/Modernidad. Así, el pensamiento decolonial señala la necesidad de superar la conceptualización de la vulnerabilidad como si de una condición esencial/intrínseca se tratara, y no como una situación, en la acción humanitaria. Superación de lo que entendemos como un proceso de feminización occidental de la vulnerabilidad y de las condiciones de posibilidad mismas de la idea de tutorización del otro.

En este sentido podemos recuperar la conformación de la idea de la no-legitimidad del Otro en la filosofía política de las relaciones internacionales occidentales. En el momento histórico del inicio de la Mundialización se produjo la feminización de lo indígena (como no plenamente humano, tutorizable) y la bestialización de lo negro (sin humanidad). Ambas formas llevan la impronta de la de la construcción del “no yo””, el cual se configura discursivamente como el antagónico (absoluto o relativo) del sujeto político poseedor de derechos y de agencia. Los otros, internos y externos a las fronteras, un Otro cercano y un Otro lejano, son analizados en su desviación y objeto de múltiples estrategias de asimilación o dominación como intervenibles, son estudiables y sancionables. Son, dicho de otro modo, normalizables (en sus diferentes acepciones), por lo que la diferencia queda asociada a la desviación social biologizada. En este sentido, entendemos que el ejercicio del poder en el sentido foucaltiano consistente en guiar la posibilidad de la conducta y poner en orden sus efectos posibles, resaltando la faceta productiva del poder, los regímenes en el discurso y en el saber, en el sentido de estructurar el posible campo de acción de los otros.

Es paradigmático cómo, el proceso de normalización, la norma, no se produce respecto a Uno Mismo, sino respecto al mito de sí mismo. Esta práctica discursiva generará en la acción humanitaria, entre otras dolencias, la tendencia recurrente a no solo desposeer de agencia a los Otros, y con ello favorecer la apertura al campo del ensayo social, sino a la persistente ausencia de eficientes mecanismos de control sobre uno mismo.

Como ocurre también en otros ámbitos de lo social, las consecuencias no queridas del impulso democratizador han conducido en ocasiones, en el ámbito de la política exterior, no a una erradicación de las prácticas puestas en cuestión sino a que éstas se volvieran más sutiles, menos explícitas, y más secretas si cabe, en el sentido de Tocqueville[3]. En este sentido van muchas de las críticas que recibe la acción humanitaria, y también uno de sus peligros más visibles.

Recapitulando, encontramos que el pensamiento decolonial implica un proceso reflexivo, un desbloqueo de los paradigmas de análisis y la puesta en cuestión del discurso occidental hegemónico. Los discursos sociales y la narrativización de la identidad colectiva condiciona los márgenes de lo pensable y articula la legitimidad o ilegitimidad de los repertorios de acción colectiva. Entendemos así que, desde el pensamiento poscolonial y gracias a los cambios estructurales en las relaciones internacionales, la incipiente superación de la sociedad westfaliana eurocéntrica, se puede plantear cuestiones clave de filosofía política que orientan el discurso y la práctica de la acción humanitaria. Cabe así la posibilidad de visibilizar tendencias recurrentes que tal vez expliquen, en su conjunto, más de lo previsible cuando nos interrogamos sobre las carencias de la acción humanitaria.


[1] STALLAERT, Christiane (2006), Ni una gota de sangre impura. La España inquisitorial y la Alemania nazi cara a cara. Barcelona, Círculo de lectores, p. 416.

[2] VARELA, Julia. (1997), El nacimiento de la mujer burguesa: el cambiante desequilibrio de poder entre los sexos, Madrid, La Piqueta, p.22.

[3]TOCQUEVILLE, A., (2007) La Democracia en América, Akal. "La política exterior no exige el uso de casi ninguna de las cualidades que son propias de la democracia, y exige por el contrario, del desarrollo de casi todas las que le faltan”

Blanca Aurora Alonso Muela: Licenciada en Sociología por la UCM y Maestría en Relaciones Internacionales y Diplomacia por la Escuela Diplomática. Estudios en Análisis Sociocultural del Conocimiento, la Ciencia y la Comunicación, UCM. Trabajo realizado en su tiempo de prácticas en el IECAH.