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El pasado 25 de septiembre el Kurdistán iraquí celebró un referéndum como demostración de fuerza. Una posición ganada durante los último años por su lucha contra Dáesh. Tuvo como prólogo la llamada Primavera Árabe en 2011, pero fueron sus victorias contra los yihadistas en tierras mesopotámicas el punto de inflexión que realmente redefinió el papel kurdo en Oriente Medio.

Junto a las milicias kurdas sirias, los peshmergas kurdos de Iraq se han convertido en uno de los mayores aliados estratégicos de Estados Unidos en la región. A partir de tal aval han recibido apoyo militar, táctico y logístico, algo que ha significado una notable evolución con respecto a su posición de fuerza hace tan solo unos años. Sin embargo, la fuerza militar tiene sus limitaciones, y ha quedado patente que esta vía no es la llave definitiva para alcanzar la soñada independencia. El referéndum, como era previsible, ha dado unos resultados que respaldan la creación de una nación independiente, pero el escenario de un Kurdistán iraquí definitivamente soberano entraña más factores que una votación unilateral y una fuerza militar bien pertrechada.

Pocos días después de la votación el gobierno de Bagdad desplegaba sus contingentes militares y retomaba de inmediato el control de los territorios, hasta ese momento bajo control de los peshmergas. Toda una demostración de fuerza por parte del primer ministro Haidar al Abadi en torno a una cuestión que no solo atañe a Iraq; puesto que Turquía, Siria e Irán también albergan en sus territorios grandes comunidades kurdas y organismos que los representan, todos ellos vistos como amenazas por parte de las respectivas capitales.

A la resistencia de esos países se añade el persistente enfrentamiento interno entre las diferentes entidades kurdas. Existen tensiones históricas entre sus líderes y una desconfianza fraguada por décadas de nocivas alianzas contrapuestas destinadas a debilitar el poder entre ellos mismos. Así, los kurdos de Siria, representados por el Partido de la Unión Democrática (PYD), están fuertemente hermanados con el Partido de los Trabajadores (PKK), grupo también kurdo catalogado como terrorista por Turquía y Occidente. Por su parte, en el Kurdistán iraquí los choques entre el Partido Democrático del Kurdistán (KDP), liderado por el clan de los Barzani y con estrechos vínculos con Ankara, y la Unión Democrática del Kurdistán (PUK), encabezado por Talabani y con buenas relaciones con Teherán, debilitan en buena medida la causa kurda. Por eso no extraña que Masud Barzani- presidente hasta hace menos de un mes de la Región Autónoma del Kurdistán iraquí- acuse a los grupos kurdos de Siria y Turquía de aliarse con Bashar al Asad. Del mismo modo, el PKK y sus hermanos del PYD condenan al líder icónico del KDP por su notorio acercamiento a Ankara.

No sucede lo mismo con Turquía e Irán- las naciones con mayores comunidades kurdas-, cuyos gobiernos, tan sólidos como autoritarios, han usado la eficacia de su centralismo para contrarrestar cualquier tipo de cambio en la dinámica de sus minorías. De hecho, su influencia no se ha quedado en el ámbito interno: Irán mantiene una gran presencia dentro de las filas del Unión Patriótica del Kurdistán (PUK), partido kurdo de Iraq que controla la provincia de Suleimaniya, región fronteriza con la nación persa, y que ha sido muy crítica con la postura del Gobierno Autónomo de Barzani en cuanto a la ejecución del referéndum; obviamente, detrás de este talante hay una influencia y presión de Irán, su gran avalista. En cuanto a Turquía, la nación anatolia ha militarizado la región del sudeste de la península para enfrentar la amenaza yihadista y el desafío kurdo del PKK, dos frentes que Ankara se ha preocupado en vender como semejantes. Tales medidas- junto a la propia coyuntura de Siria- han provocado que el PKK haya aumentado su presencia en la región de Rojava- el Kurdistán sirio-, creada tras el estallido del conflicto sirio.

El Partido de la Unión Democrática (PYD) creó esta región autónoma durante la guerra, al tiempo que se mantenía neutral en el conflicto fratricida. Fue la repentina expansión de Dáesh lo que arrastró a los kurdos sirios a levantarse en armas y crear las Unidades de Protección Popular (YPG y YPJ). Y, al igual que sucedió en la región kurda iraquí, a medida que estas iban ganando terreno las potencias internacionales fueron apostando por su instrumentalización, financiándolas y armándolas para convertirlas en la carne de cañón local con la que combatir a los yihadistas de Dáesh.

Finalmente, gran parte del Kurdistán histórico se convirtió en un escenario con un amplio abanico de actores. Milicianos kurdos y árabes, turcomanos y asirios de Siria, Iraq y Turquía han formado parte de grupos paramilitares de creencias cristianas, suníes y chiíes, una variedad étnica y religiosa que ha reflejado el respaldo de naciones antagónicas y enemigas con un enemigo común: Dáesh.

Hoy, despojado ya el control territorial a Dáesh, los kurdos de Siria e Iraq se encuentran en una posición de fuerza militar que les ha impulsado a un gesto político extremo. La situación kurda en Iraq- incluso antes de la aparición de los yihadistas de Dáesh- siempre ha sido la más compleja, precisamente por su grado de madurez. Las consecuencias del referéndum, con la consecuente pérdida de los territorios conquistados, han supuesto la dimisión Masoud Barzani. Esto ha demostrado que, a pesar de la competencia militar y de la capacidad política, la creación de una nueva nación kurda conllevaría unas consecuencias demasiado tectónicas como para poner en riesgo la estabilidad de una región ya de por sí volátil. De ahí que solo Israel, con buenas relaciones comerciales con el gobierno regional, se mostrara públicamente a favor.

Hoy como ayer la cuestión kurda amenaza un organigrama de fuerzas y alianzas hilvanado durante siglos. Además, esta causa implica a cuatro naciones con metabolismos opuestos pero que comparten su interés por mantener a toda costa su integridad territorial. Cada uno de estos gobiernos ha financiado a organismos kurdos de forma puntual a modo de peón, pero cada uno de sus gabinetes comparte la idea estratégica de impedir el nacimiento de un Kurdistán soberano. El temor a un efecto dominó está demasiado presente en la prescripción política de Ankara, Teherán, Damasco o Bagdad.

Por otra parte, hay que tener también en cuenta que cada comunidad kurda ha evolucionado de forma distinta. Sus dinámicas y exigencias políticas son dispares, y cada proceso de independencia se encuentra en un punto diferente de madurez. A partir de ahí, las exigencias de los diferentes entes no coinciden y hacen de la entente kurda un posibilidad verdaderamente remota. Esta disonancia la han utilizado los gobiernos de la zona para involucrar a los kurdos en guerras que no son suyas y para obstaculizar cualquier posible entendimiento entre los más de 30 millones de kurdos repartidos por la región.

Estados Unidos y algunos de sus aliados occidentales, por su parte, siguen sin ver el tablero en su totalidad. Decididos a acabar con Dáesh no parecen percatarse de que su táctica está deteriorando los contrapesos dispuestos en Oriente Medio. Alimentando la fuerza kurda, tanto Europa como Estados Unidos solo atienden a un lado del tablero, descuidando las consecuencias de engrandecer a los actores que pueden dinamitar los equilibrios de poder. La falta de profundidad en su visión ha permitido alargar el sueño kurdo por la independencia, sin voluntad para asumir las consecuencias de un peso de tal calibre.

Cualquiera que sea la relación que planee mantener Occidente con los kurdos significará también redefinir la relación con Turquía, Siria, Irán e Iraq, ya que se trata de un tema angular de sus estrategias nacionales. Si Washington y Bruselas convencen con su postura a Erdogan y Haidar al-Abadi,las actitudes defensivas no deberían acaparar las conversaciones sobre cuestiones más críticas. De algún modo se tiene que forjar una diplomacia tripartita cuyo objetivo debe ser mantener relaciones equidistantes que permitan priorizar en el enemigo: Dáesh en su reconversión a amenaza invisible.

Es evidente que los kurdos no dejarán de buscar su independencia, pero para ello deben temporizar sus recursos y elaborar un programa con visión a largo plazo capaz de demostrar su virtud- por ahora teórica- democrática en un primer paso autonómico. El tiempo dará la oportunidad de demostrar a los kurdos qué tipo que nación quieren crear.