Mike Pence, vicepresidente estadounidense, con Juancker en Bruselas FRANCE PRESS

Para El País.

Hoy, tras salir a trompicones de la crisis existencial que supuso en los noventa la implosión de la URSS y más tarde el 11-S (Washington ni respondió a la activación del artículo V del Tratado), la fortaleza de la OTAN es más aparente que real. El problema no se circunscribe al debilitamiento del vínculo trasatlántico —sea por el pivote Asia-Pacífico o por el eterno debate sobre el reparto de la carga—, sino que incluye el cuestionamiento de los valores comunes que le dieron origen —véase la inquietante deriva de Polonia, Rumania, Hungría y Turquía—, la falta de voluntad para actuar ante hechos consumados —como el conflicto de Georgia (2008) o la toma de Crimea (2014)— y su bajo rendimiento como imperfecto policía mundial —sirva Afganistán como ejemplo. A eso se suman también los desacuerdos entre quienes prefieren una clásica alianza de defensa colectiva frente a la amenaza rusa y quienes desean una organización de seguridad global, mientras buscan desesperadamente nuevas razones de ser (sea el terrorismo yihadista o frenar las oleadas de refugiados en el Mediterráneo).

Sobre esa base, el exabrupto de Trump, calificando a la Alianza de obsoleta, coloca a los 26 miembros europeos de la OTAN ante un serio dilema. Hoy, el paraguas de seguridad estadounidense sigue siendo central para todos ellos. Cuando se cumplen ya 60 años del Tratado de Roma, la minoría de edad política de la UE implica una subordinación estratégica ante Washington, sin posibilidad a corto plazo de modificar las bases de un sistema que ha permitido garantizar el bienestar y la seguridad europea occidental. Sumidos como estamos en una crisis existencial de incierta resolución, la tentación de caer en el “más de lo mismo” —es decir, seguir anclados a la OTAN como garante de nuestra seguridad y defensa— es bien obvia. En esa línea, lo más previsible es que todos se apresten a cumplir el requerimiento del tándem Mattis-Pence en su reciente visita al continente, presentando antes de final de año los planes para cumplir con el compromiso de dedicar el 2% del PIB a la defensa.

Por otro lado, está claro que, a pesar de sus denodados intentos por aparentar otra cosa, la OTAN sigue siendo una organización de defensa. Sabemos que para responder al tipo de amenazas y riesgos actuales es preciso contar con mecanismos no solo multilaterales, sino también multidimensionales. Y en ese terreno nadie está potencialmente mejor equipado que la UE. En su reciente Estrategia Global (junio de 2016) la UE dice aspirar a la autonomía estratégica, un objetivo imprescindible si realmente quiere contar en el escenario internacional, sin someterse necesariamente a otros; pero para el que debe primero dotarse de una voz única. Además de definir sus intereses propios, la clave para alcanzar ese objetivo pasa por la activación de la voluntad política para poner en común las capacidades ya existentes (la suma militar de los Veintiocho convertirían de inmediato a la Unión en la segunda potencia militar del planeta).

No se trata de gastar más en defensa, sacralizando el 2% como ya se hizo en su día con los criterios de Maastricht, sino de gastar mejor, aprovechando el sistema de cooperaciones estructuradas permanentes para planificar y diseñar respuestas multidimensionales a los problemas que nos afectan. Y, en algún momento, ese esfuerzo habrá que realizarlo en paralelo al de la OTAN; salvo que queramos seguir escuchando las recriminaciones estadounidenses, como si su implicación fuera puro altruismo y no defensa de sus intereses.

Frente a este dilema —y cuando solamente EEUU (3,6%), Grecia (2,4%), Gran Bretaña (2,2%), Estonia (2,2%) y Polonia (2%) están al día con lo acordado en Gales (2014)— son varios los que ya están haciendo cuentas. Unas cuentas de complicado encaje, tanto por dificultades técnicas para acomodar las diferentes visiones internas en algunos gobiernos (como en el caso alemán) como por las previsibles resistencias de una opinión pública que difícilmente entenderá que se aumenten los presupuestos de defensa cuando se acentúan los efectos dramáticos de una austeridad que supone un duro y generalizado castigo. Baste señalar que Alemania pasaría de dedicar 37.000 millones a su defensa a superar los 60.000, generando de paso un renovado temor entre algunos vecinos por lo que percibirían como un rearme alemán.

¿Acabaremos paradójicamente dando las gracias a Trump por forzarnos a abandonar nuestra adolescencia estratégica?