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Para Diario.es.

Si nos dejamos llevar por la lectura dominante que tantos medios y gobernantes occidentales promueven, deberíamos estar ya convencidos sin remedio de que el terrorismo internacional es la más importante (cuando no la única) amenaza que nos afecta y que la respuesta preferente solo puede ser la "guerra contra el terror".

No deja de sorprender, visto desde nuestras privilegiadas sociedades desarrolladas, que esa sea la percepción, como si no fueran cada vez más los que se ven atrapados en una desesperante precariedad que cuestiona su capacidad para satisfacer sus necesidades básicas, convertidos en perdedores netos de la desigual globalización que nos define, sin olvidar el aumento de las brechas de desigualdad que oscurece el futuro de muchos y alimenta la exclusión y la inestabilidad social, los efectos bien visibles del cambio climático o el incremento de la criminalidad (las muertes producidas por homicidios y asesinatos son quince veces mayores que las del terrorismo).

No menos sorprende que, tras los fracasos cosechados en Afganistán, Irak, Siria y tantos otros países, se siga insistiendo en una respuesta militarista que, por definición, nunca podrá solucionar el problema que plantea la emergente amenaza terrorista.

Por eso, sin caer en el error de considerarla inexistente o prefabricada, cabe plantear una visión alternativa que se resume en entender que:

El terrorismo es una amenaza real, pero no existencial. Sobredimensionarla, creando un clima de temor permanente, no sirve como método efectivo para hacerle frente (aunque puede servir a otros propósitos, como el de recortar el marco de derechos y deberes que nos define como sociedades abiertas y basadas en el imperio de la ley).

No somos en modo alguno el objetivo principal de los yihadistas, aun a pesar de que en 2015, según los datos más recientes del Instituto sobre Economía y Paz, 21 de los 34 miembros de la OCDE han sufrido atentados mortales. Si un año antes se registraron 77 víctimas, en 2015 la cifra se elevó a 577, con más de la mitad producidos por Daesh y sus filiales. Y esto es así porque, siguiendo la misma acreditada fuente, del total de las 29.376 víctimas mortales producidas en 92 países, quienes han sufrido en mayor medida el impacto del terrorismo internacional siguen siendo países no desarrollados, con Irak, Afganistán, Nigeria, Pakistán y Siria a la cabeza. Ellos solos acaparan el 72%, en un listado que muestra cómo el 93% de todos los atentados tienen lugar en países que se distinguen por contar con aparatos estatales represivos, violadores de los derechos básicos de sus propios habitantes y sumidos en conflictos a diferentes niveles. Por el contrario, solo el 0,5% tienen lugar en Estados de derecho y sin conflictos generalizados. Eso implica, asimismo, que la inmensa mayoría de las víctimas son personas de identidad musulmana, no occidental.

El clima mundial en este ámbito ha empeorado un 6% en relación con un año antes y 34 países han sufrido atentados en los que han fallecido al menos 25 personas; lo que supone un incremento de 7 más que en 2014.

Del total de 274 grupos terroristas identificados (aunque 103 no han realizado ningún acto mortal en 2015), el 74% de los atentados son responsabilidad de Daesh, Wilayat al Sudan Al Gharbi (antiguo Boko Haram), los talibán y la red Al Qaeda. Daesh ha sido, con diferencia, el grupo más activo a lo largo del año, sobrepasando por primera vez en letalidad a cualquier otro y ampliando su radio de acción a 13 nuevos países, hasta contabilizar un total de 28. Es así como intenta sobreponerse a los reveses sufridos en sus feudos tradicionales, aparentando un mayor nivel de operatividad en otros países, contra objetivos débilmente protegidos.

A la espera de que se confirme si estamos ante un cambio de tendencia (en 2015 se contabilizó un 10% menos de víctimas mortales que un año antes), la experiencia acumulada enseña que la estrategia de respuesta no puede circunscribirse a neutralizar militarmente a los que ya han tomado las armas. Es obvio que el pseudocalifato de Daesh será militarmente desmantelado, como ya ocurrió con otros delirios yihadistas anteriores. Pero solo la activación de mecanismos multilaterales y multidimensionales, con voluntad de esfuerzo sostenido a largo plazo y con la colaboración de las propias sociedades musulmanas (tanto en esos países como en los nuestros), dirigidos a neutralizar una amenaza que encuentra un perfecto caldo de cultivo en carencias y deficiencias en los modelos de integración, en dobles varas de media en la aplicación del derecho internacional y en la falta de expectativas dignas para muchos que se sienten excluidos por sus propios gobiernos, puede prevenir la radicalización que conduce a la violencia. Y ese enfoque todavía sigue siendo una asignatura pendiente.

¿Sabrá Trump y sus incendiarios correligionarios algo de todo esto?


*Imagen: Personas desplazadas por los combates entre el ejército iraquí y el ISIS llegando al checkpoint de Bazwaya, a cinco kilómetros de Mosul, el pasado noviembre. © AP Photo/Marko Drobnjakovic