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Para Alandar.

Cuarenta y dos días después del plebiscito en el que triunfó el NO al acuerdo de paz entre las FARC-EP y el gobierno colombiano, un nuevo acuerdo suscrito en La Habana y conocido en detalle hoy mismo (14 de noviembre de 2016) parece abrir de nuevo el camino de la esperanza. El resultado del plebiscito colombiano del pasado mes de octubre abrió un periodo en el que la confusión ha sido y sigue siendo la característica más importante. Alguien con mucho tino dijo que “los del SÍ no tenían plan, B pero los del NO no tenían plan A”. Nadie puede, además, apropiarse del NO como han intentado el ex presidente Uribe o el ex procurador Ordoñez.  Por ello, inmediatamente tras el plebiscito se abrieron nuevas conversaciones y los diálogos a muy diferentes niveles que han alumbrado este nuevo acuerdo, aunque siendo realistas, aún es difícil aventurar cómo y cuándo se resolverá de modo definitivo este embrollo. Al menos, los negociadores han demostrado cintura y haber comprendido la necesidad de aprovechar el momento con urgencia.

Algunos datos del contexto y algunos sucesos ocurridos tras el día del plebiscito permitían ser  algo más optimistas sobre la resolución de este impasse para poder avanzar en la construcción de la paz en Colombia. El primero y más importante dato es el de que, pese a la elevada polarización del país, el 80% de los colombianos son favorables a un acuerdo de paz negociada. Incluso la mayor parte de los defensores del NO. El hecho de que tanto el gobierno como las FARC plantearan el plebiscito casi como un mero trámite ha sido, entre otros muchos motivos, la causa de la derrota del SI en las urnas. Pero el apoyo a la paz negociada es grande en la sociedad. Ahora existe la obligación y la posibilidad de incorporar a la sociedad civil de un modo más activo que en la fase anterior. Y mucho nos tememos que el nuevo acuerdo sigue siendo un pacto entre élites que han escuchado solo a medias al pueblo colombiano.

Además, había un acuerdo sobre que durante estos cuatro años de difícil negociación se ha construido mucho y eso debía ser aprovechado. La voluntad de las FARC-EP de dejar la violencia e insertarse a la sociedad está fuera de duda y el momentum no podía desaprovecharse. La voluntad del gobierno también es clara. No podían destruirse tampoco  los puentes de confianza que tanto ha costado crear.

Por otro lado, ha permanecido el indudable apoyo internacional, que quedó claramente simbolizado en la concesión del Premio Nobel de la Paz al presidente Santos. Premio que en realidad lo es para todos los colombianos y colombianas. La paz en Colombia era la buena noticia que esperaba el mundo en 2016 y pese a que se haya malogrado o retardado,  el compromiso internacional deberá ser el de seguir apoyándola. Y así parece ser todavía, aunque los cambios que pueda suponer el futuro presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, son todavía una incógnita. Precisamente, a nuestro juicio, la elección de Trump y los riesgos que ello puede implicar han contribuido a acelerar el proceso de diálogo.

Junto a esto, el reinicio del diálogo formal con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) también es una señal en este mismo sentido: hay que aprovechar los momentos históricos para tomar decisiones que puedan poner fin al conflicto más largo de América Latina. Hay que tomar los trenes en el momento que pasan, luego será más difícil.

Así, tanto el gobierno colombiano como las FARC, el ELN y la mayor parte de los defensores del NO, parecieron  haber entendido, además, que este proceso o procesos de renegociación debe hacerse de un modo rápido. Y así ha sido. El riesgo que supone una posible ruptura del alto el fuego y un inicio, aunque sea parcial, de las hostilidades es demasiado grande. Un periodo de falta de claridad, incertidumbre y confusión es lo peor para la situación que viven las zonas más afectadas por la violencia que, paradójicamente, son las que más votaron por el SÍ. Por ello, desde nuestro Instituto siempre hemos defendido que debe continuarse el alto el fuego bilateral (también ahora con el ELN) y poner todos los medios del estado para la protección de las comunidades más vulnerables y de los combatientes que ya habían iniciado el proceso de desmovilización.  Además, el despliegue de la Misión de paz debería proseguir haciendo un  monitoreo de la evolución de la situación en las zonas más remotas del país. Es previsible que otros actores armados quieran aprovechar el río revuelto y la confusión. Las consecuencias humanitarias derivadas de esa situación pueden ser graves y ahora es el momento de hacer creíble ese repetido y poco cumplido mantra de que “las víctimas deben estar en el centro del proceso”. Los datos sobre asesinatos de defensores de derechos humanos cometidos en este periodo son muy alarmantes y el desplazamiento forzado continúa en zonas alejadas del país.

Perspectivas de salida

El nuevo acuerdo incorpora numerosos cambios y recoge, según se ha enfatizado, modificaciones en 56 de los 57 temas propuesto por voceros del NO, aunque no cambia cuestiones esenciales de la lógica del proceso.  Se modifican cuestiones relacionadas con la Jurisdicción Especial para la Paz y otros temas que sería largo pormenorizar aquí. En cualquier caso, tampoco está claro cómo se canalizaría un posible nuevo acuerdo desde la perspectiva jurídica y política. El gobierno ha anunciado ya que no volvería a someter un nuevo acuerdo a un plebiscito y que sería el Congreso quien lo adoptara, aunque el tema no está cerrado. Lo que sí está lamentablemente claro es que algunos de los partidarios del NO y muy posiblemente el ex presidente Uribe seguirán sin aceptar este acuerdo.

Los procesos de negociación de la paz nunca siguen lógicas lineales claras y, tal vez, en el caso colombiano un error fue el dar por hecho que el plebiscito sería favorable al acuerdo firmado, convirtiendo la participación pública en algo formal y vacío. Ese hecho, pese al shock inicial y el esfuerzo que está exigiendo a todos los actores implicados, abre nuevas posibilidades de participación de la sociedad colombiana de un modo que no se ha potenciado hasta ahora. La situación creada debe permitir abordar la construcción de la paz siendo conscientes de la elevada polarización y división de la sociedad colombiana y de la necesidad, por tanto, de plantear la reconciliación como eje fundamental. Ese es el reto, convertir el sentimiento de fracaso en un aprendizaje para plantear las cosas de otra manera, ser autocríticos y mejorar el proceso de consolidación de la paz. Para que la construcción de la paz en Colombia sea irreversible.

 

Fuente foto: CABLENOTICIAS