Colombia

La buena noticia que esperaba el mundo en 2016 se ha malogrado. El esperado día D que debía comenzar el proceso formal de desmovilización de los guerrilleros no va a ser hoy. La sensación de tristeza y estupor es generalizada entre aquellos que creemos en la paz y apostábamos por un enérgico Sí.

Nadie había dicho que el fin de la violencia y la construcción de la paz en Colombia fueran a ser fáciles, pero el hecho de que más de la mitad de los votantes colombianos hayan dicho No a los acuerdos entre el gobierno colombiano y las FARC-EP abren un panorama muy preocupante en el que nadie, por el momento, tiene el guion escrito. La ausencia de un plan B y el exceso de confianza y la autocomplacencia con que los negociadores de ambos bandos enfrentaron la recta final del proceso pueden pasar una dolorosa factura a la sociedad colombiana. Lo sorprendente de los resultados pone de manifiesto el distanciamiento del gobierno Santos y de los comandantes de las FARC-EP respecto de la sociedad colombiana, su falta de sensibilidad para pulsar la realidad, y el ensimismamiento con el que se ha llevado todo el proceso de negociación. El fracaso de las encuestas previas, habitual ya en la mayor parte de consultas y elecciones en muchos países, es una muestra más de qué en sociedades complejas, y más aún en aquellas golpeadas por la violencia y con un elevado grado de polarización, son necesarios otros métodos y herramientas más sofisticados para analizar las dinámicas sociales.

Lo ajustado del resultado del plebiscito y el estado de shock en el que aún nos encontramos hacen difícil prever las diversas posibilidades para el futuro, pero pueden avanzarse algunas ideas apresuradas. Tiempo habrá para analizar más a fondo otras cuestiones como la propia convocatoria del plebiscito, innecesario para muchos al contar el presidente Santos con un mandato por la paz en su reelección:

  •       Durante estos cuatro años de difícil negociación se ha construido mucho y eso debe ser aprovechado. La voluntad de las FARC-EP de dejar la violencia e insertarse a la sociedad está fuera de duda. No pueden destruirse ahora los puentes de confianza que tanto ha tardado crear. Los equipos negociadores tiene como primera obligación mantener los contactos y explorar nuevas vías.
  •       Un periodo de falta de claridad, incertidumbre y confusión es lo peor para la situación que viven las zonas más afectadas por la violencia que, paradójicamente, son las que más han votado por el Sí. Por ello, debe continuarse el alto el fuego bilateral y poner todos los medios del estado para la protección de las comunidades más vulnerables y de los combatientes que ya habían iniciado el proceso de desmovilización. Hasta que no se aclare la situación el despliegue de la Misión de paz debería proseguir haciendo un  monitoreo de la evolución de la situación en las zonas más remotas del país. Es previsible que otros actores armados quieran aprovechar el río revuelto y la confusión. Las consecuencias humanitarias derivadas de esa situación pueden ser graves y ahora es el momento de hacer creíble ese repetido y poco cumplido mantra de que “las víctimas deben estar en el centro del proceso”.
  •      Pese a que durante la campaña del plebiscito los defensores del Sí cerraban la puerta a cualquier tipo de renegociación, la actual situación obliga a replantearlo.  No parece aceptable ahora la dura frase de César Gaviria, expresidente y jefe de la campaña por el Sí, de “Es falso que los acuerdos de paz se puedan renegociar: si estos no se aprueban en el plebiscito, es duro decirlo, pero volvería la guerra”. Tal vez ese tipo de posiciones dogmáticas y cerradas hayan sido una de las claves de la derrota. La primera obligación del derrotado presidente Santos es hacer propuestas de acercamiento que partan del reconocimiento de la división de la sociedad colombiana.
  •      Respetando la soberanía y la voluntad del pueblo colombiano, la comunidad internacional debería seguir  apoyando los esfuerzos a favor de la paz. El jarro de agua fría que supone el resultado del plebiscito debe servir para comprender la complejidad de estas situaciones y la necesidad de mantener apoyo sostenido a los procesos de paz. 

Los próximos días son vitales para, pasada la impresión inicial, recomponer el impulso por la paz estando atentos a posibles complicaciones de la violencia en algunos territorios del país. Como hemos puesto de manifiesto y evidenciado, en escenarios confusos el riesgo es mayor y, por ello, la acción humanitaria debe estar presente.