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(Para Radio Nederland)

Más allá de puntuales y mínimas sorpresas por los resultados de las elecciones celebradas en Israel, que llevan a algunos a hablar en términos de victoria, la realidad se empeña en volver a demostrarnos que todos hemos perdido. Es cierto que tan solo hace dos semanas se daba por hecho que la ventaja del halcón Benjamín Netanyahu, líder del renacido partido conservador Likud, sobre sus adversarios políticos era tan clara que no habría duda sobre su victoria final en los comicios. También había acuerdo generalizado en que el hartazgo de la población con la clase política, muy desgastada en sus luchas internas e inmersa en escándalos de todo tipo, se traduciría en una baja participación en las urnas.

Sin embargo, finalmente ha sido la no menos halcón Tzipi Livni, candidata de Kadima, la que parece haber reunido más votos que ninguno de sus contrincantes (a la espera de un posible empate a 28 diputados con su rival del Likud, una vez que se conozcan los resultados de los 150.000 votos emitidos por los militares, habituales votantes de la derecha tradicional) y hasta un 65% de los votantes se han acercado a los colegios electorales (63,5% en las elecciones de 2006). Si a esto se une el hecho de que no se ha registrado ningún incidente significativo, se explica el que algunos hayan recurrido a la clásica frase para la ocasión, calificando la jornada como “una fiesta de la democracia”. Sin embargo, estamos muy lejos de esa imagen.

Por un lado, pierden los israelíes, confirmando con sus votos el inequívoco corrimiento hacia opciones de fuerza que niegan el diálogo con sus vecinos (de 53 diputados de derecha y extrema derecha en el anterior Parlamento se pasa ahora a 65, de un total de 120). Que Avigdor Lieberman, racista laico al frente de Israel Beitenu (que emerge como tercera fuerza parlamentaria con sus 15 escaños), sea el más codiciado socio de gobierno tanto por Livni como por Netanyahu, es un ejemplo paradigmático de que se han traspasado todas las líneas rojas de una sociedad que se hunde en su propio fango de violencia, sin entender que sus propios fundamentos morales y supuestamente democráticos se están precipitando por la misma alcantarilla. Hoy los defensores de la paz con los palestinos (y con el resto del mundo árabe) están en franca retirada, obsesionada como está la sociedad israelí con una seguridad que nunca van a alcanzar por las armas. Livni habría logrado muchos menos votos si no hubiera apoyado sin desmayo la campaña militar contra Gaza, en un ejercicio de perfil netamente electoralista que ni siquiera ha servido, por otra parte, para evitar el batacazo que el ministro de defensa Ehud Barack ha cosechado al frente del desacreditado partido laborista (ahora convertido en la cuarta fuerza con solo 13 escaños).

Por otra parte, pierden, una vez más, los palestinos. Así lo deben entender los que habitan en Israel- casi una quinta parte de sus 7 millones de habitantes-, que son crecientemente marginados hasta el punto de ver prácticamente anulado su derecho a optar por sus propios partidos. Son estos palestinos los que Lieberman quiere destruir físicamente o expulsar fuera del país y los mismos que son percibidos como una especie de quinta columna incrustada en el seno de una sociedad que los rechaza abiertamente. Lo mismo ocurre con los 3,5 millones que residen en los Territorios Ocupados, para quienes el resultado electoral israelí solo anuncia más castigo por parte de quines ya llevan mucho tiempo violando la ley internacional y negándose a entablar ningún tipo de negociación con sus legítimos representantes en pos de una paz justa. Sea cual sea la nueva autoridad política israelí, es descartable que acepte cuestiones tan elementales como el fin de la ocupación mantenida desde 1967, el derecho de retorno de los refugiados, el desmantelamiento de los asentamientos, la destrucción del muro o el reconocimiento de Jerusalén como capital de un futuro Estado palestino. Por último, también pierden los otros tres millones de refugiados que malviven en los países de la región, desasistidos por los gobiernos árabes de acogida, negados por Israel y olvidados por una Autoridad Palestina totalmente desprestigiada a día de hoy.

En definitiva, perdemos todos los que apostamos por la paz en Oriente Próximo. Aún en el muy improbable caso de que finalmente se llegara a un gobierno de unidad nacional- compartido por Kadima, Likud y laboristas- no cabe imaginar que exista en el seno de ninguna de esas formaciones la voluntad política para adentrarse seriamente en un proceso de paz con palestinos, sirios y libaneses. Los líderes de esos tres partidos han expresado en numerosas ocasiones su desprecio por la iniciativa de la Liga Árabe (Beirut, 2002), que ofrece a Israel el reconocimiento a su existencia y la normalización de relaciones a cambio de algo tan elemental como la retirada a las fronteras de 1967. Dada la enorme dificultad para que ni Livni ni Netanyahu acepten un segundo puesto en un posible gobierno de coalición entre los partidos que lideran, lo más probable es que Benjamín Netanyahu vuelva a convertirse en primer ministro (una posición que ya ostentó entre1996 y 1999), acompañado de socios tan nefastos como Lieberman y hasta los siempre inevitables partidos fundamentalistas ultraortodoxos. Malas noticias, se mire como se mire.