En el contexto de la actual crisis a escala internacional derivada de la pandemia del COVID-19, queremos compartir un listado de todos los esfuerzos y herramientas desarrolladas por actores de relevancia en la acción humanitaria, el cual se irá completando con nuevos contenidos conforme se desarrollen más. 

  • Esfera, la comunidad mundial que establece normas para la acción humanitaria y promueve la calidad y la rendición de cuentas, ha publicado un documento relativo a las normas Esfera y la respuesta al coronavirus, puedes encontrarlo en el siguiente enlace
  • CHS Alliance divulga un artículo un artículo donde se relaciona cómo cumplir los compromisos de la Norma Humanitaria Esencial en la pandemia de coronavirus, puedes encontrarlo aquí.
  • La plataforma disasterready.org ha puesto a disposición de sus usuarios varias opciones de aprendizaje en línea de organizaciones sanitarias de renombre como la OMS, los CDC, KonTerra y EJ4, puedes encontrarlas en este enlace.

¿Alguien dijo desastre?

El próximo jueves 7 de abril de 12-13.30h tendrá lugar la tercera y última sesión del ciclo virtual ''Una mirada hacia un mundo en crisis'': ''¿Alguien dijo desastre? La reducción del riesgo en un entorno imprevisible''. La pandemia del COVID-19 ha puesto aún más de manifiesto las nuevas amenazas y riesgos a las que se enfrenta la humanidad en el futuro. Y el dramatismo de la situación que estamos viviendo puede servir como oportunidad para plantear con seriedad la reducción de riesgos como eje de las políticas públicas y del desarrollo.

El marco de Sendai para la reducción del riesgo de desastres (2015-2030) es un documento internacional adoptado por países miembros de la ONU durante la Conferencia Mundial sobre Reducción de Riesgo de Desastres celebrada en Sendai, Japón, y aprobado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en junio de 2015. El marco de Sendai sucede al marco de Hyogo (2005–2015), que hasta entonces había sido el acuerdo internacional más amplio sobre reducción del riesgo de desastres.

Ambos marcos ya abordaban las cuestiones que nos planteamos. Nos enfrentamos a nuevas tipologías de desastre y debiéramos ser conscientes de ello y prepararnos en consecuencia. En esta sesión profundizaremos en cómo ha ido evolucionando la concepción de la respuesta a los riesgos y cómo incorporarla a las crisis a las que nos enfrentamos. Intervienen:

  • Jacobo Ocharan, Global Lead Oxfam Climate Initiative (OCI).
  • Francisco Rey Marcos, codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

La sesión se podrá seguir en directo a través del siguiente enlace.

Las consecuencias humanitarias dentro de una pandemia

 

El próximo jueves 2 de abril de 12-13.30h tendrá lugar la segunda sesión del ciclo virtual ''Una mirada hacia un mundo en crisis'', titulada ''Las consecuencias humanitarias de una pandemia''. El actual avance de la pandemia de COVID-19 deja entrever un fuerte impacto en todo el mundo, entre otros en términos sanitarios, económicos y políticos. Este avance representa sin duda una amenaza mayor para los países y los territorios que cuentan con menos recursos y preparación.

Por ello, veremos los principales retos que plantea el COVID-19 en los países en desarrollo y cómo asegurar el imperativo humanitario en este contexto. Intervienen:

  • Raquel González, responsable de Relaciones Externas, Médicos Sin Fronteras-España.
  • Gonzalo Fanjul, investigador y activista especializado en Desarrollo.

La sesión se podrá seguir en directo a través del siguiente enlace.

 

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Para ABC Internacional.

 

Noticias bien recientes como las que se refieren a Mozambique -donde Ahlu Sunnah Wal Jammah (ASWJ) atacó el pasado 23 de enero una base militar en Cabo Delgado, mientras la khatiba de Harakat al Shabaab, vinculada a Daesh, controló momentáneamente la ciudad de Mocimboa de Praia, en la misma provincia, el pasado día 23- dejan claro que el terrorismo yihadista no se detiene por una pandemia como la del Covid-19. Y lo mismo puede decirse de Afganistán -donde el pasado día 25 la rama local de Daesh asesinó a más de 25 personas tras un asedio a un templo sij en Kabul, en paralelo a la diarias acciones violentas de los talibanes, a pesar de su formal acuerdo con Washington- o Malí -donde el día 19 murieron 29 soldados como resultado de un asalto yihadista a una base ubicada en la localidad de Tarkint y donde el pasado día 26 se produjo el secuestro del principal líder opositor, Soumaila Cisse, a tan solo tres días de las elecciones. Y estos son solo unos ejemplos de lo que, en pocas palabras, nos lleva a entender que por ellos no va a decaer el esfuerzo por imponer su dictado, con o sin pandemia mediante.

 

Capacidad y voluntad

Evidentemente su capacidad actual, sobre todo si pensamos en las redes más potentes de ese entramado de decenas de grupos violentos que se sienten inspirados por una versión extrema del islam, no es la que tuvieron en su día Al Qaida, cuando gozaba de un santuario tan renombrado como Afganistán (1996-2001), o Daesh, cuando logró instaurar un pseudocalifato en parte de Siria e Irak (2014-2018). Pero conservan la capacidad y la voluntad suficientes, tanto en su núcleo duro como mediante sus franquicias regionales y los individuos y grupúsculos que se sienten inspirados por su ideología extremista en muchas partes del planeta, para seguir adelante con su envite criminal.

Por eso ahora, cuando la experiencia acumulada enseña que no hay solución militar ante una amenaza de este tipo y quedan más claros los reiterados errores cometidos en Afganistán, Irak y tantos otros escenarios -jugando con un fuego que se ha vuelto en no pocas ocasiones en contra de sus promotores occidentales (sea con los muyahidín o los talibanes en su día o con el propio Abubaker al Bagdadí más recientemente)- debería quedar claro que es necesario modificar el rumbo. Un rumbo que, sin olvidar el necesario componente militar, debe ir acompañado por otros de carácter socioeconómico y político en un esfuerzo multilateral de largo aliento. El problema no es solo que los medios militares sean incapaces de solucionar un problema como el que plantea el terrorismo, sino que nunca se ha activado una respuesta que vaya más allá de atender a los síntomas más visibles de la amenaza, para centrarse en las raíces del problema. Y eso significa ofrecer a los yihadistas un potentísimo banderín de enganche, derivado de las penosas condiciones de vida (tanto en términos de bienestar como de seguridad) de muchas personas que no pueden cubrir sus necesidades básicas y cuyos derechos son sistemáticamente violados. Por eso, si se asume que la vía militar no basta y que la socioeconómica y política nunca se ha llegado a poner en marcha, solo cabe augurar un aumento del problema.

 

Acción militar y diplomacia

En relación con la primera cuestión (la militar), esto es así porque la pandemia va a detraer recursos militares en muchos escenarios de combate contra el yihadismo violento. Así lo estamos viendo ya en Afganistán, donde Washington trata desesperadamente de encontrar una salida mínimamente digna del pantano donde lleva metido desde octubre de 2001 (con el resto de los aliados poniendo pies en polvorosa). Y lo mismo ocurre en Irak o en África, con una clara reducción de los efectivos allí desplegados para instruir a las fuerzas armadas y de seguridad locales, con el objetivo de capacitarlas para poder garantizar la seguridad de sus respectivos territorios, y, simultáneamente, de los encargados de la lucha contraterrorista contra los grupos allí activos.

Pero es que tampoco parece previsible que, precisamente ahora, cuando la demanda para atender preferentemente las necesidades propias es más perentoria, se vaya a producir un incremento en el nivel de implicación diplomática y política para mediar o facilitar procesos de paz, o un aumento en los magros volúmenes de los programas de ayuda al desarrollo, de acción humanitaria o de atención a las demandas más básicas de unas poblaciones demasiado a menudo desatendidas por parte de unos gobiernos incapaces o escasamente inclinados a poner a sus conciudadanos como prioridad de sus agendas. Eso significa que lo que no se ha hecho durante estas últimas décadas va a seguir siendo una asignatura pendiente que contribuirá de manera decisiva a seguir alimentando el caldo de cultivo del que se nutre el extremismo violento. Y, visto desde el otro lado del espejo, eso supone que los yihadistas se verán menos constreñidos para continuar con sus planes tanto en los países donde tienen más presencia como en los occidentales (por cierto, no han recibido ningún mandato ni recomendación de no pisar Europa por culpa del coronavirus).

 

FOTOGRAFÍA: Una mujer llora junto al féretro de dos familiares muertos en el ataque en Kabul - Reuters

 

EFE

 

Para elperiódico.com

 

Aunque en el actual marco de globalización es bien cierto que nos afecta lo que ocurra al otro lado del planeta, para los privilegiados ciudadanos del mundo desarrollado, y con la notoria excepción del estallido del sida a finales de los 80, las pandemias habían sido un problema de 'otros'. Pero para esos 'otros', quienes malviven en el mundo no desarrollado, ese riesgo es un factor permanente en sus agendas vitales.

De hecho, en lo que va de siglo al menos en siete ocasiones la OMS ha anunciado una alerta mundial o ha declarado una emergencia de salud pública de importancia internacional; todas con su foco principal en entornos desfavorecidos. Así, en el 2003 el desencadenante fue el síndrome respiratorio agudo grave (SARS); luego, en el 2009, la gripe H1N1 (peste porcina); para seguir, en 2012, con el coronavirus MERS-CoV; más tarde, en el 2014 y el 2019, con motivo de la expansión de brotes de ébola en buena parte de África subsahariana; en el 2014, por un rebrote de una poliomielitis que se creía prácticamente erradicada en aquel momento; y, por último, en el 2016, por la apresurada expansión del virus zika.

 

Fuera de la burbuja privilegiada

Hablamos, desde la perspectiva de la seguridad humana –la que entiende que no hay un activo más valioso que el capital humano que atesora cada estado y la que se afana por garantizar su bienestar y su seguridad–, de una amenaza que ahora, con el covid-19, se ha vuelto a materializar. Y, visto así, si ya el panorama que se le planteaba al mundo no desarrollado (recordemos que en el club de países ricos (OCDE) solo hay 36 miembros; lo que significa que 6.500 millones de personas viven fuera de esa burbuja privilegiada) era muy problemático, todo indica que ahora lo va a ser mucho más.

En primer lugar, porque sus sistemas de salud presentan considerables deficiencias o, lo que es lo mismo, están menos preparados para evitar el contagio, aplastar la curva y salvar la vida de quienes enfermen. Si de momento las cifras son aún muy bajas –en África solo se contabilizan unos 2.000 contagios, aunque ya hay infectados en 43 países–, es solo cuestión de tiempo que, en línea con lo ocurrido en Europa, las cifras aumenten exponencialmente. Y peor aún será la situación en las zonas donde malviven personas refugiadas y desplazadas (70,8 millones, según ACNUR), relegadas recurrentemente en las agendas de los gobiernos en cuyos territorios se agolpan y escasamente atendidas por la comunidad internacional. Por eso resulta difícil imaginar, a modo de ejemplo, en qué puede derivar la situación en un país como India, que acaba de declarar el confinamiento para sus más de 1.300 millones de habitantes, cuando se contabilizan por decenas los millones de personas sin hogar.

Igualmente inquietante es el panorama económico. El impacto ya está siendo global y la recesión parece a la vuelta de la esquina, mientras el precio del petróleo se despeña y nos encontramos simultáneamente ante una crisis de oferta y de demanda, con los mercados bursátiles temblando y los inversores atemorizados. Para unas economías definidas en general como rentistas y de monocultivo, se hace prácticamente imposible cubrir las necesidades de los consumidores y preservar la actividad del tejido productivo con sus propias fuerzas (todo ello suponiendo que ese sea el objetivo real de muchos de sus gobernantes).

 

La salida del túnel

El marcado giro hacia posiciones ultranacionalistas, con Washington en cabeza, también cuestiona de raíz la voluntad de los más poderosos por aumentar precisamente ahora, cuando las demandas internas van a ser aún más perentorias, la ayuda al desarrollo, la transferencia de tecnología, un tratamiento más suave de la deuda o, simplemente, unas reglas comerciales más justas.

La salida del túnel pasa imperiosamente por la colaboración multilateral y multidimensional, dado que ningún país (tampoco los desarrollados) tiene capacidad suficiente para enfrentarse en solitario a la amenaza. Pero si se analiza lo que hasta ahora se ha visto –con EEUU renunciando a liderar la respuesta conjunta (como sí hizo en el 2014 ante el ébola), China tratando de hacer olvidar su responsabilidad inicial con una ofensiva de diplomacia pública que busca réditos geopolíticos y una UE que no se atreve a mutualizar el esfuerzo y los sacrificios– no es fácil alimentar la esperanza de que esa imprescindible colaboración externa vaya a ser ni tan siquiera significativa. Y todo eso sabiendo que, si no hay una respuesta en esa línea, los problemas van a ser aún mayores… para todos.

 

FOTOGRAFÍA: ANTHONY GARNER