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Ciclo de debate y reflexión: En tiempos convulsos ¿queda aún espacio para la ética

 

El próximo día 1 de octubre iniciamos el ciclo "En tiempos convulsos ¿queda aún espacio para la ética" en La Casa Encendida. Un ciclo de debate y reflexión que tendrá lugar los días 1, 2, 8 y 9 de octubre.

 

Cada sesión incluirá un debate estructurado entre dos personas expertas, guiado por un/a moderador/a. Paneles conformados por periodistas, expertos/as académicos/as nacionales e internacionales, políticos/as y ONG. Un espacio de información y reflexión abierto al público en general.

 

El ciclo no pretende profundizar en la amplia y compleja agenda de la ética y la moral. Sino que aspira, tomando como punto de partida las referencias básicas de ese complejo universo filosófico y humano, a centrar la mirada en cuatro ámbitos en los que resulta inmediato detectar que los valores y principios que nos definen como sociedades avanzadas están siendo desafiados directamente por visiones y enfoques que o bien los desprecian o, como mínimo, pretenden subordinarlos a unos intereses corporativos, alejados del bien común.

 

4 interesantes mesas de reflexión:

 

·         1 de octubre. Ética y acción humanitaria: ¿es posible una ayuda basada en principios?

 

·         2 de octubre. Ética y defensa: ¿el fin justifica los medios?

 

·         8 de octubre. Ética y relaciones Internacionales: ¿valores y/o intereses?

 

·         9 de octubre. Ética y política: ¿agua y aceite?

 

 

Cada una de las sesiones tendrá lugar en La Casa Encendida (Ronda de Valencia 2, Madrid) en horario de 19.00h a 20.30h.

 

¡Os esperamos!

 

Programa

 

Para más información haga click

Página web de La Casa Encendida

Entrada libre hasta completar aforo.

 

 

Fuente fotografía: Denys Argyriou, Unsplash

 

 

Afghanistán

 

Para Blog Elcano.

 

Mike Pompeo se resistía a firmarlo, pero Donald Trump lo deseaba y lo sigue necesitando para su campaña electoral. Por eso, aunque el propio Trump acaba de anunciar en el último momento que suspende la reunión en Camp David con los líderes talibán y el presidente de Afganistán, sigue siendo previsible que finalmente se termine por rubricar el principio de acuerdo que el enviado especial estadounidense, Zalmay Khalilzad, anunció el pasado 2 de septiembre tras nueve rondas de negociación directa con los talibán, desarrolladas en Doha desde octubre del pasado año. La cuestión no es, por tanto, adivinar la fecha en la que se dará ese paso protocolario (que también puede ser sustituido por un simple comunicado final conjunto), sino plantearse cómo se ha llegado hasta aquí y qué cabe esperar a continuación.

En el primer plano es bien evidente que el principal impulsor del acuerdo es el propio Trump, necesitado de presentar a sus votantes algún resultado en una errática política exterior que hasta hoy no puede presumir de ningún éxito. Camino de 18 años de implicación militar directa en suelo afgano, centenares de miles de muertos y heridos y ¡billones! de dólares malgastados, nadie puede alegar que Afganistán es hoy un país pacificado y en desarrollo. Por eso, cuando además la presión que ejercen tanto China como Rusia ha hecho girar a Washington hacia la competencia entre potencias globales por el liderazgo mundial, se explica que Trump esté ansiando retirarse militarmente del país, afanándose únicamente por aparentar que llega al acuerdo desde una posición de fuerza.

La realidad demuestra a diario que no es así. Los talibán, que también son conscientes de que no pueden ganarle una guerra a la superpotencia militar por excelencia, han sabido en todo caso administrar inteligentemente su conocido mantra (“ustedes tienen el reloj, pero nosotros tenemos el tiempo”) hasta acabar imponiéndose como un obligado interlocutor. Desde esa posición, que le permite ningunear al gobierno de Kabul –al que solo considera un títere de Washington–, puede permitirse plantear algunas exigencias y, simultáneamente, golpear brutalmente a cualquiera que se oponga a sus designios. Aunque las cifras varían considerablemente en función de las fuentes consultadas, es un hecho que los talibán controlan hoy buena parte del país o, al menos, están en condiciones de cortocircuitar diariamente la vida nacional gracias a su capacidad de castigo y a su efecto disuasorio sobre una población que no se siente protegida ni por EE UU ni por el gobierno del debilitado tándem Ashraf Ghani-Abdullah Abdullah.

En cuanto a lo que cabe esperar a partir del citado acuerdo el panorama es inevitablemente sombrío. En primer lugar, conviene no olvidar que los talibán no son precisamente un grupo homogéneo, con un líder sólido que pueda garantizar que todas las facciones van a acomodarse a lo acordado en Doha. Además, ni aun deseándolo fervientemente (lo que ya supone un ejercicio de autosugestión inaudito) están en condiciones de asegurar que van a lograr que el territorio afgano deje de ser usado por grupos yihadistas (con al-Qaeda y Dáesh en primera instancia). Igualmente ilusorio es suponer que, tras haberlo despreciado abiertamente y percibir la debilidad e inoperancia de sus fuerzas armadas y de seguridad, van ahora a entablar negociaciones serias con el gobierno de Kabul (ya se anuncia la celebración de una primera reunión en Oslo para este mismo septiembre). La experiencia de tantos otros casos, como el que afecta a Israel en su relación con los palestinos, enseña que empezar una negociación no siempre indica un deseo de llegar a un fin, sino que hablar puede acabar convirtiéndose en un fin en sí mismo.

Por lo que respecta a los talibán, no hay nada en el acuerdo –del que solo se sabe a través de rumores y filtraciones– que les suponga una renuncia definitiva. De hecho, no parece que quede garantizado que terminarán los combates contra otros grupos y la comisión de atentados como el que acaba de abortar la reunión convocada por Trump, la continuación de un gobierno afín a Washington (con unas elecciones previstas para el próximo 28 de septiembre que auguran una victoria de Ghani) o el compromiso de permitir la continuación de la presencia en suelo afgano de unidades de operaciones especiales estadounidenses implicadas en la lucha contraterrorista.

Lo que sí establece de manera más clara es que Washington debe retirar en apenas 135 días a unos 5.400 efectivos desplegados hoy sobre el terreno en cinco bases. Unos efectivos a los que se suman otros 2.000 que también deben abandonar el país en no más de un año, sin que quede claro que ocurrirá con los 8.000 más que están integrados en la misión internacional que todavía lleva a cabo labores de instrucción y asesoramiento de las fuerzas afganas. Todo ello sin olvidar que la retirada de todas las tropas internacionales es una exigencia a la que los talibán no van a renunciar fácilmente.

A partir de ahí, en un entorno económico lastrado por la corrupción y un clima político altamente sectario, las dudas se multiplican hasta el infinito. ¿Van a ser capaces las fuerzas armadas y de seguridad afganas de garantizar la seguridad del país? ¿Qué hará Washington si los talibán no cumplen lo acordado? ¿Van los talibán a compartir pacíficamente el poder con otros? ¿Qué repercusión tendrá el acuerdo en la actitud de Pakistán e India?

 

FOTOGRAFÍA: Río Pamir en la frontera entre Afganistán y Tayikistán. Foto: Michael Bamford (CC BY-NC-ND 2.0)

 

Túnez

 

Para Blog Elcano.

 

En el rompecabezas que Benjamín Netanyahu está intentando componer, con el claro objetivo de lograr la victoria en las próximas elecciones del 17 de septiembre, el frente militar exterior cobra aceleradamente una mayor importancia. Para quien es conocido en la sociedad israelí como “Mr. Seguridad”, la aparición de un rival con el perfil militar de Benny Gantz (acompañado de Moshe Yaalon y otros generales) supone una clara amenaza para lograr el que sería su quinto mandato como primer ministro. Si hasta ahora parecía claro que nadie podía hacer sombra a un candidato que ha sabido hacer de su propia figura un sinónimo de seguridad nacional –jugando, cuando lo ha considerado necesario, con la imagen de Israel como un país asediado por doquier–, la emergencia de Gantz parece haberle llevado a forzar la máquina, ampliando las acciones militares más allá de los ya tradicionales escenarios del Territorio Ocupado Palestino y Siria, para hacerse también presente en Irak y Líbano.

Con todas las cautelas a las que siempre obliga una política gubernamental reacia a asumir públicamente sus acciones de fuerza, así hay que interpretar lo ocurrido en estas últimas semanas. El 19 de julio se produjo un ataque aéreo contra la base que las Unidades de Movilización Popular (UMP) –milicias apoyadas por Irán y conformadas fundamentalmente por chiíes que sirven al gobierno de Bagdad, aunque sin estar encuadradas todavía en sus fuerzas armadas– tienen en Amerli (provincia de Salahuddin). Ese ataque fue seguido unos días después por otro contra la base de la misma milicia en Camp Ashraf (cerca de la frontera con Irán). Más allá de las acostumbradas condenas del gobierno iraquí y ante el silencio de Teherán, Tel Aviv decidió proseguir su escalada con un ataque, el 12 de agosto, para destruir un depósito de municiones de la milicia Sayyid al Shuhada (también de las UMP) cerca de la base militar Al Saqr (al sur de Bagdad). Y lo mismo ocurrió el 20 del mismo mes, con el objetivo de destruir un almacén de armas de las UMP cerca de la base aérea de Balad. El último de los registrados hasta ahora ha sido el ocurrido en la ciudad de Al Qaim (provincia de Anbar) el pasado 25 de agosto, en el que resultó muerto un líder y varios miembros de la milicia proiraní Kataeb Hezbolá.

Por lo que respecta al Líbano, el pasado 25 de agosto fuentes gubernamentales y portavoces del grupo chií Hezbolá anunciaron el derribo de dos drones israelíes en el barrio de Dahieh (al sur de Beirut), donde el Partido de Dios tiene uno de sus principales feudos. Al día siguiente, se produjo una nueva acción aérea (presuntamente) israelí, en este caso en el valle de la Bekaa contra una base del grupo palestino (asociado a Hezbolá) Frente Popular por la Liberación de Palestina-Comando General, cerca de la frontera con Siria. Si se confirma la autoría israelí, serían los primeros ataques no encubiertos desde la última confrontación del verano de 2006.

Y todo ello mientras se mantiene el castigo diario a los palestinos y se sigue golpeando en Siria, donde los ataques aéreos se contabilizan ya por centenares en estos últimos siete años. De todo ello la única acción reconocida públicamente por Israel en esta fase es la realizada el 24 de agosto en Aqraba (al sur de Damasco), contra un supuesto preparativo iraní para llevar a cabo un ataque con drones cargados de explosivos contra objetivos israelíes.

Lo que emerge de estas acciones, además de la intencionalidad electoralista, es la decisión de Tel Aviv de incrementar su rechazo a la emergencia de Irán en la región. Si primero el esfuerzo se limitaba a evitar que Irán pudiera suministrar armas a las milicias proiraníes y a su fuerza de élite, Al Qods, desplegadas en Siria; luego se pasó a abortar el plan iraní de consolidar una capacidad manufacturera de armas para sus aliados en Siria y, sobre todo, para el Hezbolá libanés. Con este nuevo paso en Irak (serían los primeros ataques israelíes desde 1981) lo que Israel busca es evitar que Irán pueda reproducir en suelo de su vecino lo que a muy duras penas ha podido lograr previamente en Siria.

Queda por ver en todo caso si Washington termina por avalar este salto, aunque solo sea porque inevitablemente va a tensar sus relaciones con Bagdad, poniendo al gobierno de Abdul Mahdi en una difícil situación para frenar tanto las protestas de los grupos nacionalistas antiiraníes (como el liderado por Muqtada al Sader), que demandan poner freno a Teherán, como el de los proiraníes (como Hadi al Ameri, líder de la poderosa Organización Badr), que exigen una respuesta dura contra Israel y EEUU. Justo lo mismo que anuncia tanto el líder supremo de Hezbolá, Hasan Nasrallah, como incluso el presidente libanés, Michel Aoun, que ha interpretado lo ocurrido como una declaración de guerra por parte de Israel. Un Israel que, de la mano de un Netanyahu que también es ministro de defensa, sabe que ninguno de sus enemigos tiene capacidad antiaérea o aviación de combate capaz de limitar seriamente sus planes. Su verdadero problema, en plena campaña electoral, es saber calibrar la presión militar hasta el punto de que no pierda el apoyo de Washington y no provoque unas represalias iraníes y de sus aliados de entidad suficiente como para obligarle a entrar en una escalada en toda regla.

FOTOGRAFÍA: Cartel con la imagen de Benjamín Netanyahu durant la campaña electoral de las elecciones legislativas en Israel en 2009. Foto: zeevveez from Jerusalem, Israel (Wikimedia Commons / CC BY 2.0)

 

G7

Para elperiódico.com

Hubo un tiempo en el que la voz del G-7, aunque sea informal y solo incluya a siete países industrializados occidentales, tenía la capacidad para marcar la agenda mundial. Hoy, sobre todo tras la creación del G-20 (2008), su influencia ha mermado considerablemente, y si todavía recaba alguna atención mediática es menos por los resultados de sus cumbres anuales que por la fuerza que aún conservan las maquinarias de comunicación/propaganda de sus participantes. A la espera de que algún gesto melodramático de alguno de los convocados acapare los focos, la cumbre que hoy se inicia en Biarritz no parece que vaya a modificar su declinante rumbo.

De hecho, el eco que hasta ahora ha creado la convocatoria tiene mucho más que ver con las formas que con el contenido. De la mano del anfitrión, Emmanuel Macron, las prioridades del encuentro se centran en alcanzar acuerdos para reducir las insoportables brechas de desigualdad que definen nuestro mundo (incluyendo la digital), conscientes de su potencial desestabilizador, y para responder a la amenaza existencial de la crisis climática. Sin embargo, nada apunta a que finalmente se vaya a lograr ningún avance en esos asuntos, dado que las posiciones entre Estados Unidos y el resto de los participantes son cada vez más dispares, con visiones divergentes tanto en el capítulo global (prioridad absoluta de los intereses nacionales o marco internacional definido por reglas) como en el comercial (proteccionismo o multilateralismo) y en el medioambiental (negación del cambio climático o cumplimiento del Acuerdo de París). De ahí que lo más probable es que, por primera vez, no haya ni siquiera un comunicado final o que, si lo hay, sea aún más plúmbeo que de costumbre.

 

A la espera de confirmarlo lo que nos ocupa de momento es el cada vez más desproporcionado montaje de seguridad en torno a la reunión, blindando Biarritz no solo contra terroristas y la contracumbre sino contra las posibles acciones de los 'chalecos amarillos'. A eso se une el repaso a la crítica situación en la que se hallan algunos de los participantes, con Italia políticamente paralizada, Alemania prácticamente en recesión, Reino Unido bordeando el precipicio del 'brexit' y la propia Francia sin fuerza para asumir el liderazgo de la Unión. Si a todo eso se le suma el permanente esperpento de Donald Trump, que será el próximo anfitrión y que ha empleado las dos últimas cumbres para anunciar la salida del Acuerdo de París y para insultar al primer ministro canadiense, solo queda tratar de adivinar qué nuevo exabrupto añadirá a su larga lista.

Entretanto, y sin menospreciar a ninguno de los otros países invitados (entre los que figura España), cabe preguntarse qué llegará antes, si una invitación a Rusia (expulsada en el 2014 por su acción en Crimea) -lo que supondría otro clavo en el ataúd de la ley internacional que condena toda ocupación por la fuerza de un territorio soberano- o a Apple, Facebook o Amazon, tanto o más poderosos que algunos de los participantes.